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La imparable colaboración en champán de Louis Roederer y Philippe Starck

La imparable colaboración en champán de Louis Roederer y Philippe Starck

«Brut Nature es el escaparate de nuestros experimentos más innovadores, pero también un laboratorio de futuro ante unos patrones meteorológicos que pronto se convertirán en la norma»

Cuando Frédéric Rouzaud, propietario familiar y consejero delegado de la casa de champán Louis Roederer, conoció a Philippe Starck, el prolífico diseñador se mostró tajante en una cosa. «Por favor, no me pidas nunca que diseñe una etiqueta para vosotros», dijo Starck. «Seríais la décima casa de champán en pedírmelo. Jamás lo haré».

Rouzaud no se lo pidió. Pero, a medida que ambos entablaron amistad y el diseñador fue conociendo mejor la estética de Roederer, Starck empezó a preguntarse si podría hacer algo más que limitarse a diseñar una etiqueta. Tal vez podría ayudar a crear un champán completamente nuevo.

Starck le contó a Rouzaud que su espumoso favorito era el entonces relativamente minoritario y extremadamente seco «brut nature». Este estilo se consigue prescindiendo del «dosage» de licor dulce que tradicionalmente se añade al champán antes del embotellado para contrarrestar su marcada acidez natural (recuerde este dato; lo necesitará más adelante). Y quiso la casualidad que, justo cuando empezaba a florecer la amistad entre ambos, Roederer estuviera experimentando con este estilo en un conjunto de viñedos que reunían las condiciones idóneas para ello. 

Jean-Baptiste Lécaillon, Philippe Starck and Frédéric Rouzaud

Roederer es una casa de champán poco común, no solo porque sigue siendo una empresa familiar (Rouzaud pertenece a la sexta generación que sucede al fundador que dio nombre a la casa), sino también porque posee la mayoría de los viñedos que proporcionan la materia prima para sus vinos (la mayoría de las casas recurren a uvas compradas; el 70 % de las de Roederer procede de sus propios viñedos). Con semejantes recursos a su disposición, su bodega es una especie de laboratorio de I+D. Y durante el abrasador verano de 2003, Roederer hizo un descubrimiento.

En medio de una ola de calor sin precedentes, 10 de sus 250 hectáreas de viñedo resistieron especialmente bien. En las laderas del premier cru de Cumières, con vistas al río Marne, estas cuatro parcelas produjeron uvas carnosas pero equilibradas, con una vibrante combinación de refrescante salinidad y gran intensidad. Semejante opulencia constituye la base ideal para elaborar un brut nature, que necesita una madurez pronunciada para compensar la ausencia de «dosage». Así que Rouzaud, animado por sus conversaciones con Starck, dio luz verde a su jefe de bodega, Jean-Baptiste Lécaillon, para elaborarlo. 

El concepto supuso en cierto modo un acto de fe, y Rouzaud admitió que la «visión emocional y creativa… de Starck nos impulsó a ir mucho más allá de lo que habíamos imaginado».

«Hicimos exactamente lo contrario de lo que solemos hacer con una nueva cuvée», explica Lécaillon. «Partimos de la idea del producto acabado y luego trabajamos hacia atrás para conseguirlo».

Tras una serie de pruebas en 2003, 2004 y 2005, la añada de 2006 dio lugar al primer Louis Roederer Brut Nature —«En colaboración con Philippe Starck»—. Lanzada en 2014, fue la primera nueva cuvée de la casa desde el lanzamiento de Cristal Rosé 40 años antes y, como valor añadido, Starck diseñó la etiqueta.

La colaboración ha demostrado ser duradera, y Starck ha participado en todas las añadas desde entonces. Debido a su composición, esta cuvée solo se elabora en años cálidos y secos que permiten alcanzar una madurez plena y óptima: 2006, 2009, 2012, 2015 y, más recientemente, 2018, cuyas versiones blanca y rosada se presentaron en mayo en una fiesta convenientemente discreta celebrada en el Grand Palais de París. Allí, Starck explicó que su visión original era crear un champán «reducido a lo esencial: directo y auténtico». Su último diseño para la botella refleja esa filosofía de «menos es más», con la que, según afirma, intenta eliminar todo lo superfluo.

El diseñador afirma que rechazó otras casas porque consideraba que había algo engañoso en una botella con la marca «Starck» si el contenido no contaba con la aportación de «Starck». «Tenía que participar en el propio proceso de elaboración del vino para que la botella final fuera fruto de un proceso honesto y de una colaboración integral».

Ese mismo enfoque intransigente se aplica también al vino. No hay margen para ocultar nada en un champán procedente de tan solo cuatro parcelas. Pero todo forma parte de la adaptación continua al aumento de las temperaturas, afirma Lécaillon. «Brut Nature es a la vez una respuesta al cambio climático y un reflejo de este», señala. «Es el escaparate de nuestros experimentos más innovadores, pero también un laboratorio para el futuro, en un contexto de patrones meteorológicos que pronto se convertirán en la norma».

Aunque Brut Nature puede ofrecer un modelo práctico desde el punto de vista climático, también constituye un referente estilístico en consonancia con las tendencias predominantes. El champán en sí es fresco, vibrante y más «incisivo», en palabras de Rouzaud: un estilo por el que muchos consumidores se decantan ahora en todo tipo de vinos. Rouzaud afirma que su éxito, junto con la evolución del clima, ha dado a Roederer la confianza necesaria para apoyarse en la naturaleza, en lugar de intervenir en exceso, en toda su gama.

¿Recuerda ese importantísimo «dosage» o, en el caso del Brut Nature, su ausencia? Desde que Roederer empezó a elaborar esta cuvée, ha reducido la cantidad de este añadido azucarado en sus demás champanes, pasando de 12 gramos por litro a siete u ocho. Según Rouzaud, se trata de una decisión estilística propiciada por unas vendimias cada vez más maduras, gracias a las cuales la casa ya no necesita compensar la falta de madurez de las uvas.

«Hace cincuenta años, el reto de mi padre era lograr la madurez», afirma Rouzaud. «Hoy, mi reto es preservar la frescura».

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