Whisky de la semana: One Cask at a Time «Ledaig 1993»
Procedente de una de las destilerías más antiguas de Escocia, este whisky de cuerpo ligero recoge la esencia de la destilería Tobermory… y le da la vuelta por completo.
- Texto de: Jonathan Wells
En la isla de Mull, en las Hébridas, la localidad más septentrional es Tobermory. Es un lugar de clima tempestuoso, conocido por su clásico clima marítimo, sus inviernos ventosos y sus lluvias durante todo el año. Y el whisky que se produce en la destilería Tobermory suele ser un reflejo de todo ello. Aunque los maestros whiskeros extraen agua blanda de las colinas de la isla, el resultado tiene mucho más carácter: intensamente turbado, impregnado de humo y lo bastante potente como para satisfacer a un marinero cuando regresa a su hogar junto al puerto.
Pero este whisky no es así. Se trata de un Ledaig de 1993 —el whisky de malta ahumado de la destilería Tobermory—, un embotellado descubierto por esos proveedores de rarezas y joyas ocultas, One Cask at a Time. Tras madurar durante 30 años en una sola barrica, este whisky de malta se ha suavizado y ha sustituido su habitual turba de las Hébridas y su potente carácter salino por algo un poco más sutil.


Por eso One Cask at Time es una propuesta tan interesante. El embotellador es muy selectivo: ofrece siete whiskies de malta de barrica única procedentes de algunas de las mejores destilerías de Escocia, divididos en tres series inspiradas en la relojería: Chronograph, Pendulum y Grandfather. Cada barrica es una instantánea única de una destilería que, a menudo, muestra características conocidas y consolidadas, pero que también depara sorpresas.
Porque, según el embotellador, cada barrica puede seguir su propio camino. Esta —perteneciente a la colección Grandfather y limitada a solo 74 botellas— deja de lado el carácter ahumado, que se ha vuelto más tenue y delicado durante sus tres décadas en roble. Embotellado a graduación de barrica y sin filtrado en frío, este es el veredicto de Gentleman’s Journal sobre el «Grandfather Ledaig 1993» de One Cask at a Time…

A la vista: Cuando los whiskies Ledaig alcanzan una edad tan avanzada como este, suelen presentar un color oscuro. El de 18 años, por ejemplo, acabado en barricas de jerez español de primera calidad, luce un ámbar intenso que roza el marrón rojizo. Pero ¿este? Tiene casi el doble de edad, pero la mitad de tonalidad cobriza. Al sostenerlo a contraluz, se aprecia en todo su esplendor ese tono dorado pálido, de un fresco color pajizo. Naturalmente, no contiene colorantes añadidos y, al hacerlo girar en la copa, se forman lentamente unas lágrimas que desmienten su 42,3 % vol., una graduación relativamente baja para un embotellado a fuerza de barrica.
En nariz: Esto irá cambiando. Una primera olfacción revelará ese salino rocío marino que evoca a la propia Tobermory. Pero déjalo respirar un momento, vuelve a acercarlo a la nariz y habrá evolucionado. Y eso es algo bueno: resulta apropiado que un whisky tan alejado del carácter habitual de su destilería atraviese su propia y leve crisis de identidad. Además, esto permite que afloren más aromas. Siempre ligero y fresco, despliega un carrusel de fragancias que van desde las fresas frescas hasta la hierba recién cortada y, si puedes esperar un poco más, un toque de sencillas galletas de mantequilla.
En boca: Aquí es donde ese color pálido y la ligereza de los aromas dan sus frutos. Lo primero que notarás es una clara ausencia de turba; en una cata a ciegas, te costaría deducir que se trata de un Ledaig. Sin embargo, lo que sí encontrarás es un dulzor delicado, con ligeros matices amaderados y un toque de caramelo suave, similar al dulce de leche. Y ese no es el único rasgo meloso. Entre las demás características acarameladas del whisky, se perciben un chorrito de sirope dorado y un par de onzas de chocolate, todo ello combinado con una sensación en boca cerosa, con notas de lino.
En el final: Al igual que ocurre en nariz, cuanto más tiempo lo dejes reposar, más matices descubrirás. Al principio, el final es suave, con persistentes notas de roble y un toque de heno que evocan ese color ligero. Pero después reaparecen un par de los aromas percibidos en nariz, entre ellos el intenso dulzor vegetal de la hierba recién cortada y esas fresas carnosas y sabrosas. Luego vuelve el azúcar moreno, esta vez aderezado con algunas especias otoñales de repostería menos conocidas, como el clavo y la corteza de casia. Tras un toque de pimienta negra, estamos casi al final, pero no sin que un último susurro de limón, o quizá de su pariente más aromático, el yuzu, nos lleve a la meta con intensidad, pero también con suavidad.
¿Quieres descubrir más de esta embotelladora? Descubre el whisky de malta de Jura de 15 años de One Cask at a Time…
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