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El Land Rover Defender OCTA combina una presencia imponente con un carácter atlético

El Land Rover Defender OCTA combina una presencia imponente con un carácter atlético

Más allá de sus sutiles retoques estéticos y su imponente presencia, a muchos les costaría distinguir esta bestia de su hermano convencional; pero, si se profundiza un poco, se descubre una estructura profundamente reforzada y revisada.

Desde hace casi 80 años, el Land Rover ha sido la solución para cualquier desafío todoterreno. Cuando salió por primera vez a la carretera en 1948, el vehículo apostaba por una mecánica práctica y un diseño funcional, y en un principio se fabricó en aluminio debido a la escasez de acero tras la Segunda Guerra Mundial. Desde entonces, los Land Rover han conquistado tanto los lugares más extremos del planeta como el trayecto al colegio Hurlingham Academy con total impunidad y cierto grado de leve incomodidad que sus propietarios más incondicionales jamás admitirán. Pero siempre ha sido un vehículo discreto, poco dado a presumir de sus prestaciones (en gran medida inexistentes). Hasta ahora.

Antes de que se supiera que Land Rover estaba sopesando crear un Defender con motor V8 y especificaciones de rally, resultaba ridículo pensar que aquel querido mastodonte pudiera estar a la altura de algo tan atlético como, por ejemplo, un Ferrari o un Porsche. Pero ahora estoy ante un coche con el emblema de Defender capaz de plantar cara sin problemas a un Ferrari F50 en una salida desde un semáforo, gracias a su aceleración de 0 a 100 km/h en 3,8 segundos. Otra diferencia es que también puede atravesar a toda velocidad terrenos que reducirían de inmediato a su rival italiano a pedazos del tamaño de un fusilli.

El vehículo en cuestión es el Defender OCTA y, aparte de sus sutiles mejoras estéticas y su imponente presencia, a muchos les costaría distinguirlo de su hermano convencional. Pero, bajo sus molduras de fibra de carbono cortada, sus pasos de rueda más anchos, su parrilla más profunda y sus robustas ruedas, se esconde una estructura considerablemente reforzada y revisada, que incluye un avanzado sistema de suspensión neumática «6D Dynamic». En cuanto a su enigmático nombre, deriva de la forma octaédrica de un diamante, que es a la vez duro y codiciado: dos cualidades que este coche sin duda posee.

Pero, para entender cómo este coche puede atravesar a toda velocidad terrenos por los que preferirías no caminar, primero hay que comprender esa suspensión 6D. Para quienes no tenemos un título de ingeniería, se trata de un sistema que bombea líquido hidráulico entre las cuatro esquinas del vehículo en una fracción de segundo para eliminar cualquier balanceo y cabeceo de la carrocería. En la práctica, esto se traduce en un coche capaz de absorber baches, irregularidades y rocas sin transmitir al habitáculo las sacudidas y molestias resultantes. En carretera, mantiene la carrocería estable en las curvas y garantiza que sus 626 CV se transmitan al suelo a través de las cuatro ruedas. Es algo que agradezco especialmente en este viaje, que me llevará desde Ciudad del Cabo hasta un oasis en plena naturaleza sudafricana llamado Bushmans Kloof, pasando por carreteras de asfalto perfectamente liso, pistas de tierra onduladas y dunas de arena. Seguro que hay formas más rápidas de llegar, pero ¿qué gracia tendría conducir un Defender de 160.800 libras por la autopista durante cinco horas?

De camino a las montañas de Cederberg, el ritmo del OCTA y su capacidad para avanzar con contundencia cuando hace falta son innegables, aunque algo más discretos que en anteriores generaciones de Land Rover, equipadas con aquel estridente y bronco V8 sobrealimentado. El nuevo V8 biturbo de 4,4 litros del OCTA procede de BMW. Tanto la entrega de potencia como el sonido que produce son más refinados, pero sigue siendo contundente, sobre todo en combinación con el sofisticado software del OCTA y una cremallera de dirección más rápida, que permiten al coche superar sin esfuerzo los sinuosos puertos de montaña que encontramos.

Con toda esa tecnología a bordo, el OCTA pesa 2,5 toneladas, una cifra elevada se mire por donde se mire. A pesar de ello, es capaz de abrirse paso entre rocas del tamaño de pequeños edificios antes de lanzarse a toda velocidad por el aparentemente interminable paisaje lunar al norte de las espectaculares montañas de Cederberg. Esa agilidad se debe a los cortos voladizos del Defender, muy útiles para afrontar y superar pendientes pronunciadas, mientras que su potente motor proporciona el empuje necesario para vencer cualquier desafío todoterreno.

Tras esquivar una manada de cebras, nos adentramos en una pista que se asemeja mucho a un tramo de rally raid en un rincón remoto de la reserva natural. Con roderas, saltos y abundante maleza espinosa contra la que podríamos acabar precipitándonos, es la ocasión perfecta para pulsar el botón situado en la parte inferior del volante y activar el «modo OCTA».

En un instante, el coche está listo para afrontar el caos fuera del asfalto, reduciendo la intervención de los controles de estabilidad y enviando más potencia a las ruedas traseras. Es una combinación embriagadora de capacidad todoterreno, fuerza y aceleración que permite al OCTA recorrer el pequeño circuito de rally a un ritmo difícil de igualar incluso en una pista perfectamente lisa. Solo el estruendo ensordecedor de las piedras al golpear la carrocería y el rugido del V8 a pleno rendimiento dan una idea del caos que se desata en el exterior.

Quien esté buscando un Defender mutante, robusto y preparado para todo, tendrá que desembolsar 145.300 £ por el OCTA «normal», dado que la First Edition, de 160.800 £, ya se ha agotado. Aunque pueda parecer un precio elevado por un Defender modificado y puesto a punto, en un mundo en el que ya hemos superado el techo de las prestaciones en carretera, quizá merezca la pena un coche capaz de subir el listón fuera del asfalto.

Land Rover Defender OCTA

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Este artículo se publicó originalmente en nuestro número de primavera de 2025. Más información aquí.

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