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A comer con Jamie Laing

A comer con Jamie Laing

El exconcursante de Made in Chelsea Jamie Laing quiere que compartamos nuestros sentimientos y seamos más sinceros. He aquí por qué es una buena idea.

Antes de que tenga ocasión de hacerle una pregunta a Jamie Laing, él me hace una a mí. Nuestra charla inicial había derivado de algún modo hacia el confinamiento de 2021 y lo increíblemente tedioso, gris y desmoralizador que me había resultado. «¿Sentías ansiedad?», pregunta Jamie. «¿Estabas deprimido?»

Este tipo de preguntas ocupa un lugar central en el nuevo libro de Jamie Laing, Boys Don’t Cry: una obra sobre salud mental estructurada alfabéticamente que va saltando entre historias, triunfos y dificultades de la propia vida de Jamie. En el centro se encuentra un capítulo titulado «H de honestidad», probablemente el lema que mejor define todo el libro.

No es que le saliera de forma natural. «De niño, no era sincero», cuenta ahora Jamie, sentado en la elegante sala de reuniones de la sede de su imperio, en una callejuela adoquinada de Marylebone. «Mentía sobre todo. No eran grandes mentiras, pero sí muchas mentirijillas». Así que tuvo que practicar la sinceridad para este libro y para su trabajo en general. «Pero me he dado cuenta», continúa, «después de hacer pódcast, de que cuando empiezas contando una anécdota sobre ti, la otra persona se abre. Así que pensé: vale, si voy a hablar de salud mental, primero tengo que hablar de mí».

Y así lo hace, aunque reconoce (en un momento de sinceridad sobre su propia sinceridad) que, aun así, resulta un poco «agotador» mostrarse tan abierto con tanta frecuencia.

El libro gana mucho gracias a esta franqueza. Aunque, según cuenta, algunos capítulos fueron muy difíciles de escribir, como el capítulo de la «W», que trata sobre el peso y sus problemas pasados con la bulimia y la imagen corporal. Relata cómo se provocó el vómito después de una comida copiosa y cómo su esposa, Sophie, lo encontró en el suelo del baño. «Nunca, jamás había hablado de eso y todavía me avergüenza», dice ahora. «Pero, una vez que hablas de algo, resulta mucho más fácil aceptarlo».

A Jamie se le da bien hablar de las cosas. Se dio a conocer como una de las grandes revelaciones de Made in Chelsea, un programa que, en esencia, era una larga y glamurosa charla en la que la conversación y los rumores lo eran todo (aunque quizá la sinceridad no tanto). Aprovechó aquel éxito inicial para crear lo que hoy es un próspero imperio empresarial que abarca desde las golosinas (Candy Kittens) hasta el entretenimiento, a través de sus diversos pódcast. En mi opinión, el éxito de estos últimos se debe a la franqueza y la curiosidad natural con las que Jamie aborda los temas y las conversaciones, ya sea con Sophie mientras se preparan para el inminente nacimiento de su primer hijo (Nearly Parents), o con una ecléctica selección de famosos en Great Company. «Es la única forma que conozco de conectar», afirma. «No soy un gran pensador, ¿sabes? No creo que sea lo bastante inteligente como para escribir cosas que la gente quiera leer y estudiar. Pero creo que mi fuerte es que sé contar historias y conectar con la gente».

«Me ha llevado 10 años conseguir cierta credibilidad en este campo»

Me encantó el episodio de Great Company en el que el presentador Amol Rajan habló sobre la muerte de su padre antes de dirigir delicadamente la atención hacia Jamie y preguntarle por su propia relación con su padre. Jamie, claramente sorprendido por la pregunta, intenta responder, pero titubea.

«Y entonces me golpeó de lleno», escribe en el capítulo «La D de papá». «Una oleada incontrolable de emoción que no había previsto. De repente sentí una culpa inmensa. Culpa por no haberle pedido nunca perdón, por no haberle dicho suficientes veces “te quiero”, por no haberle dicho nunca lo buen padre que era. Y las lágrimas, lágrimas grandes y ardientes, empezaron a resbalarme por la cara».

«Y entonces Amol me dijo —me cuenta Jamie—: “Tengo algo mágico que puedo darte: tiempo, nada más. Aún estás a tiempo de decirle todo eso”». Jamie llamó a su padre nada más terminar el episodio. «Le dije: “Siento haber sido un gilipollas”. De niño, tomé partido durante el divorcio de mis padres. Y mi padre cometió muchos errores, pero es una persona increíble. Todos vamos un poco a ciegas. Es la primera vez que vivimos esto».

Le pregunto a Jamie cómo se siente respecto a las decisiones que ha tomado en su vida y en su carrera. Casi todos sus conocidos le desaconsejaron participar en Made in Chelsea cuando estaba terminando la universidad en Leeds: le dijeron que nunca volvería a conseguir un trabajo de verdad, sin darse cuenta, quizá, de que eso era parte del atractivo. «Made in Chelsea fue genial», dice. «Hice tonterías, a veces me porté mal, pero también hice cosas estupendas y pasé muy buenos momentos». Y añade entre risas: «¡De todas formas, nadie me habría contratado!». Lo vio como un atajo para llegar a lo que realmente quería hacer: trabajar en el mundo del entretenimiento. «Pero cuando tomas un atajo para llegar a algún sitio, al final acabas dando un largo rodeo», dice. «Me ha llevado diez años conseguir cierta credibilidad en este sector, y ha sido gracias al trabajo duro y a haber madurado».

Le leo una cita del libro. «Durante demasiado tiempo, creí sinceramente que, si me hacía rico y famoso, todas mis inseguridades y problemas se resolverían como por arte de magia». ¿Qué piensa hoy de la fama, después de llevar más de 15 años siendo conocido? «La fama resulta útil en muchos sentidos. Te abre puertas. Puede darte dinero y seguridad. Así que ser famoso tiene muchas ventajas, pero desear la fama plantea un verdadero problema. Si lo único que te mueve es hacerte famoso, acabarás en una situación bastante espantosa», afirma. «Es una droga. En cuanto te haces famoso, básicamente avanzas sin parar hacia la irrelevancia y, en tu cabeza, eso es malo. Así que empiezas a hacer cosas para intentar seguir siendo relevante. Y esa es una situación complicada».

Por un lado, Jamie reconoce los aspectos alienantes de las redes sociales: «Estamos tan conectados que estamos desconectados», escribe. «Estamos constantemente conectados con cientos de personas, desplazándonos por publicaciones y selecciones de momentos destacados, pero eso nos está alejando unos de otros». Las comparaciones nos roban la alegría —y, a veces, la cordura—, afirma. «Pierdes de vista lo que vales porque te comparas constantemente con un flujo interminable y cuidadosamente seleccionado de “éxitos”».

Por otro lado, el éxito de Jamie, de gran alcance y fruto de mucho esfuerzo —del que este precioso edificio constituye un imponente monumento: una especie de vibrante, contagioso y bullicioso espacio de juego repleto de proyectos, ideas y creaciones—, se ha visto catapultado por las redes sociales. La razón por la que tantos sentimos simpatía por Jamie y creemos conocerlo —y, por tanto, quizá queramos escuchar las conversaciones de su pódcast, siguiendo esa moderna dinámica parasocial— es que siempre se ha mostrado muy abierto y presente en las redes sociales. Algo que también debe de resultar agotador o hacerle sentir expuesto, en cierto modo.

«Ha sido una herramienta tremendamente útil», afirma. Pero cuanto más la usas, más arriesgado se vuelve. «Es importante publicar lo que quieras publicar. Tienes que mostrar tu verdadero yo, lo que piensas de verdad, porque, de lo contrario, estarás viviendo una vida que no es auténtica y acabarán pillándote un poco».

La «conexión» impostada e inquietante de las redes sociales quizá ponga de manifiesto otro fenómeno de nuestro tiempo. «Los hombres tenemos un grave problema con la soledad cuando llegamos a la treintena», dice Jamie. «Nuestro tiempo se reparte entre la pareja, el trabajo, quizá, y la vida social suele ser la primera sacrificada». Por eso pasamos menos tiempo en persona con nuestros amigos, explica, y tradicionalmente los hombres solo sabemos relacionarnos cara a cara: «Normalmente hablando de tonterías, ¿sabes?». Algo que está muy bien durante los años más despreocupados y universitarios de la veintena. «Pero, a medida que te haces mayor, pasas menos tiempo con tus amigos y te resulta más difícil hablar de tonterías con desconocidos, porque no son tus amigos», dice. «Así que empezamos a distanciarnos».

«Los hombres deberíamos aprender a cotillear mucho mejor», concluye. «A las mujeres se les da muy bien cotillear y ponerse al día». Señala que probablemente su mujer haya hablado por teléfono con seis amigas esa mañana, mientras que él no ha hablado con nadie. «Así que, si entre tanta charla intrascendente podemos intercalar algunos momentos de sinceridad, como: “¿Cómo te sientes últimamente? ¿Qué tal te va la vida?”, eso es algo bueno».

Siguiendo esa línea: ¿cómo está él? En el momento de esta conversación, está a punto de tener un bebé (su hijo Ziggy finalmente nació el 4 de diciembre). Sin embargo, Jamie sigue ocupándose de casi todo lo demás, incluida la promoción de este libro. «Si soy sincero, no estoy compaginándolo todo demasiado bien», dice. «Pero lo intento. Y voy a tomarme libre todo diciembre, cuando nazca el bebé, lo cual será increíble. Estoy muy ilusionado con esta nueva etapa. Solo tendré esta oportunidad una vez en la vida para estar con el bebé. Por mucho que quiera trabajar y hacer cosas, voy a esforzarme al máximo para no distraerme. Me aseguraré de estar presente».

Para conocer mejor la forma de pensar de personalidades inspiradoras, descubre nuestra conversación con Dom Hamdy.

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