
The Mercer sigue siendo el hotel más seductor de Nueva York
Enclavado en un esplendor de ladrillo rojo en pleno corazón del SoHo, The Mercer es un templo de sobriedad y poder sutil
- Texto de: Joseph Bullmore
- Fotografía: Chelsea Neff
La primera vez que oí hablar de The Mercer fue gracias a Jay-Z. No directamente. Es sorprendente lo poco que hablamos últimamente. Fue a través de la canción «Otis», del álbum «Watch the Throne», que llegó a mi iPod Touch en el vertiginoso verano de 2011, justo después de que yo (y todos los demás habitantes del universo conocido) cumpliera 21 años; aquel verano en el que pasaba al menos una noche a la semana durmiendo a trompicones en el asiento trasero del Volvo familiar de un conocido, enfundado en un esmoquin que no me sentaba bien, en algún campo de los Home Counties. Jay-Z no dormía en Volvos familiares; eso lo tenía claro incluso entonces, mientras aquel mes de julio escuchaba prácticamente en bucle la canción y su estridente sample de Otis Redding. Él dormía en un lugar llamado «The Mercer», que mencionaba con júbilo a voz en grito en la letra de la canción: un hotel, según descubrí, situado en el SoHo del Downtown de Manhattan, un lugar con la misma resonancia mítica que «la Atlántida» o «El Dorado». (Más tarde descubriría que Jay-Z, Kanye West y su equipo ocuparon seis habitaciones del hotel durante varios meses mientras grababan y terminaban el álbum, y que incluso celebraron la fiesta de presentación que lo catapultó al éxito en la Suite 208).



Es increíble la intensidad con la que tres sílabas pueden quedar grabadas a fuego en la mente de alguien de 21 años. Visto desde el centro de Oxfordshire, The Mercer sonaba a un lugar de aventuras imposibles y de lo más moderno. Miraba fotos del hotel por la noche. Sus enormes muros de ladrillo rojo, pulidos y suavizados por el paso del tiempo, transmitían una solidez y una seguridad que la piedra de los Cotswolds sencillamente no tenía. Los adoquines de la calle, ante sus altas puertas, parecían vibrar con todos los seductores clichés de Nueva York: taxis amarillos con conductores furiosos y vapor que ascendía desde las entrañas de la ciudad.



Da gusto ver cumplido un sueño de la infancia. No suele merecer la pena conocer a nuestros héroes, pero una soleada tarde de mayo bajé feliz de un taxi amarillo (la novedad, incluso después de tantos viajes a Nueva York a lo largo de los años, no pierde su encanto), entré en el tranquilo y discreto vestíbulo de The Mercer y al instante me sentí eufórico. Son los pequeños detalles los que le dan a uno la razón. Como el hecho de que el conserje no te entregue una tarjeta de plástico, sino una llave de metal maciza, reluciente y de ancha empuñadura, con una rotunda tipografía estadounidense grabada. Encaja con un clic firme en la cerradura de la puerta de la habitación, revestida de acero cepillado y de un grosor y un peso reconfortantes. (¡Vaya, piensas, aquí se podría grabar un álbum de rap que marcara una época!)
En el interior, la habitación recibe una luz diáfana a través de dos puertas francesas de doble hoja que llegan hasta el techo y ofrecen una agradable vista urbana de escaleras de incendios de hierro y cornisas art déco. El mobiliario es elegante, sofisticado y discreto. Predominan los blancos y los tonos claros, a los que las luminosas pantallas de lámpara de color ámbar y el lujo absoluto de la ropa de cama aportan calidez y suavidad. La bañera es absurdamente espaciosa.


En la planta baja, los restaurantes son un febril y embriagador sueño de elegancia neoyorquina. Sartiano’s, el restaurante italiano donde se reúne la élite, se encuentra bajo cubierta, con un esplendor imponente y rotundo: un espacio íntimo y en penumbra de mármol de Carrara, ladrillo visto y madera digna de una embarcación Riva. La comida es exactamente lo que cabría esperar: fusilli con un contundente ragú de ternera toscana; agnolotti bañados en una sedosa reducción de umami; una enorme fuente de paccheri con «salsa de domingo» para compartir; y bistecs a la florentina gruesos como biblias.



The Mercer es un lugar lleno de misterio. Una mañana, animado por ese agotamiento eufórico del primer día que siempre provoca el desfase horario, atravesé el vestíbulo y salí a la luz del sol con mi atuendo predilecto: gorra de béisbol, gafas de sol y papada. Durante un instante me cegó la vibrante luz de Nueva York, pero, un segundo después, vi un semicírculo de paparazzi apostados sobre los adoquines, acompañados por un coro de turistas que se habían detenido para ver a quién esperaban. Las posibilidades debían de parecer infinitas. ¿Qué gran celebridad o deslumbrante personalidad se alojaría en The Mercer aquel martes en concreto? Pues todas, sin duda. Aunque quizá no un inglés con una sonrisa ridículamente radiante, feliz de haberse quitado una espinita clavada desde hacía quince años. Los objetivos de las cámaras bajaron con visible decepción mientras yo salía por la puerta. Los taxis tocaban el claxon, los adoquines retumbaban y la hermosa promesa de The Mercer perduraba.
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