
La historia repleta de estrellas del Hotel Du Cap-Eden-Roc
En 2018, nos adentramos entre bastidores en el hogar espiritual de la jet set internacional y preguntamos a casi 30 miembros del personal qué significa el hotel para ellos
- Texto de: Joseph Bullmore
- Fotografía: Greg Funnell
«Recuerdo que, cuando era adolescente, iba con mis padres en coche por esta carretera», me cuenta Gilles Bertolino desde un sofá azul empolvado en el vestíbulo de mármol. «Doblamos la esquina y nos detuvimos ante las puertas. En ese momento supe que estaba en el Hotel du Cap», dice. «Y supe que me había enamorado».
Lleva aquí 32 temporadas (desde que tenía cuatro años, supongo, a juzgar por su piel bronceada que no parece envejecer) y acabo de preguntarle si alguna vez se imaginaría trabajando en otro lugar. «No podría. Mi abuelo trabajó aquí», dice. «Llevo el Hotel du Cap en la sangre».

Una vez que se te mete dentro, es difícil sacarlo. Durante tres días en el Hotel du Cap, el hotel más famoso del mundo, pregunté a casi 30 miembros del personal qué significaba aquel lugar para ellos. Todos, tanto quienes regresaban para su segunda temporada como quienes lo hacían para la 42.ª, hablaron de la institución con la misma mirada nostálgica, como si describieran a un viejo amigo o a un amor de juventud.
Los huéspedes, por su parte, describen este refugio como si hablaran de su infancia: un lugar donde siempre es verano, donde las mañanas huelen a hierba recién cortada y a brisa marina, donde todos sus deseos se satisfacen antes incluso de que los expresen y donde los embates de la vida moderna son nimiedades de las que deben ocuparse otros —los adultos, se supone—.
«En la agradable costa de la Riviera francesa se alza un hotel grande, imponente y de color rosa» – F. Scott Fitzgerald
Si todo esto le parece demasiado literario, mejor que mejor. Al fin y al cabo, el Hotel du Cap abrió sus puertas en 1870 como refugio para escritores y artistas. Marc Chagall hacía bocetos junto a la piscina; Picasso dibujó el menú del restaurante en 1955; Ernest Hemingway y Ezra Pound frecuentaban los bares del hotel, bañados por el sol.
De hecho, F. Scott Fitzgerald se inspiró para el establecimiento de Suave es la noche (no, tampoco llegué a leer ese) en la evocadora villa de tonos pastel del Hotel du Cap. «En la agradable costa de la Riviera francesa, aproximadamente a medio camino entre Marsella y la frontera italiana, se alza un hotel grande, imponente y de color rosa», escribe Fitzgerald, siempre tan preciso con la geografía. «Últimamente se ha convertido en lugar de veraneo de personas célebres y distinguidas».
Bueno, hay cosas que nunca cambian. El Hotel du Cap es quizá el hotel predilecto de las celebridades entre todos los hoteles frecuentados por famosos y, al mismo tiempo, el que menos las trata como tales, si se entiende lo que quiero decir. «Creo que a estos famosos les gusta el hotel porque es el único lugar donde la gente se comporta con normalidad con ellos», me cuenta Gilles. «Los tratan como a clientes de carne y hueso, no como los tratan en Hollywood o en otros lugares».
¡Ay, si estas rocas pudieran hablar! Se dice que el romance entre Rita Hayworth y Aly Khan floreció en los pasillos del hotel, mientras que, según cuentan, la actriz Monica Bellucci pasó la noche en una cabaña junto al mar, normalmente reservada exclusivamente para su uso durante el día.
Marlene Dietrich inició su romance con Joseph P. Kennedy durante el tórrido verano del 38, justo cuando los duques de Windsor emprendían su periplo por el mundo tras la abdicación, alojándose en la suite principal.
Entre los huéspedes del Hotel du Cap circula un lema extraoficial: «Por favor, no cambiéis nunca». Y aunque esta petición se refiere a los terrenos, las cabañas aferradas a la roca, los antiguos jardines serpenteantes, las fragantes glicinias, la piscina luminiscente y la propia casa de color gris paloma, en realidad va dirigida al personal. Somerset Maugham describió la Riviera francesa como «un lugar soleado para gente turbia».
Pero en este tramo de costa de 52 acres, tendido a medio camino entre Niza y Cannes, hay un lugar soleado que, invariablemente, está lleno de las personas más radiantes que uno pueda imaginar.
Puede que el encanto del Hotel du Cap resida en que es glamuroso y, al mismo tiempo, tremendamente sencillo; en que pertenece a la era moderna y, sin embargo, también a una época mucho más sencilla. «Nos pidieron que no cambiáramos nunca», dice Gilles. «Pero el secreto está en que sí cambiamos, solo que lo hicimos con tanto cuidado que ni siquiera se dieron cuenta».
Mientras tanto, la decoración de las habitaciones traza una línea directa desde los Fitzgerald hasta la era moderna: cretona francesa, techos altos, óleos originales, delicados escritorios de caoba y libros en las estanterías que realmente apetece leer. Y, sin embargo, el hotel funciona con la moderna precisión de un equipo de boxes de Mónaco. Las llaves siguen siendo objetos sólidos, pesados y ornamentados (nada de tarjetas: ¡sacre bleu!), pero las prestaciones que se esconden tras las puertas se han actualizado e incluyen minibares bien surtidos y modernos baños de mármol. Incluso hay wifi, por si quiere recordar que existe un mundo exterior.
Pero plus ça change, etcétera, etcétera. Cuando hace poco hubo que trasladar nueve metros un pequeño jardín para ampliar una terraza junto a la piscina, se numeraron todas y cada una de las piedras en un plano a escala y se volvieron a colocar exactamente en el mismo sitio. Por la mañana, uno sigue despertándose con el suave golpeteo de las pelotas de tenis en las pistas de tierra batida que descienden hacia el mar, un sonido que Taki Theodoracopulos, heredero de una naviera griega y cronista de la alta sociedad, me cuenta que recuerda de su infancia en la década de 1950.
Las «palmeras reverentes» de Fitzgerald aún se mecen por la noche ante las luces flotantes de la Riviera. Y el personal sigue recibiéndote y tratándote como a un miembro de la familia que regresa feliz al hogar: «Bienvenido a casa».

Hotel Du Cap, France, 27 April 2018. Photo by Greg Funnell
El servicio del Hotel du Cap nunca resulta servil ni agobiante, como ocurre en algunos establecimientos, sino atento, desenfadado, intuitivo y cercano a la vez. Todo el personal parece mantener una amistad sincera y transmite un afecto y un sentido del humor contagiosos tanto hacia el lugar como entre ellos. La experiencia es como pasar un fin de semana en el campo con tus amigos más divertidos, educados y generosos.
Pero ni siquiera tus amigos más distinguidos y queridos tienen cocineros o sumilleres ni pasteleros como estos. Arnaud Poette, el chef ejecutivo del hotel, lleva aquí 36 años. En las contadas ocasiones en que se permite tomarse un día libre para comer en la resplandeciente terraza de aires mediterráneos del restaurante Eden Roc Grill, elige la lubina, capturada ese mismo día y preparada sencillamente a la parrilla.

Hotel Du Cap, France, 25 April 2018. Photo by Greg Funnell
Hay algo absolutamente maravilloso en salir trepando de las aguas turquesas por una pequeña pared de roca blanca, acercarse tranquilamente a una tumbona arropada con las toallas en tonos pastel del Eden Roc y luego ir a paso ligero hasta el comedor (creo que cerca de los comedores siempre hay que ir a paso ligero) para tomar un sándwich club y, sí, por qué no, un poco más de Chablis (y juraría haber oído a alguien decir algo sobre un sorbete).
El encanto tampoco pasa desapercibido para el personal. «Tenemos la mejor oficina del mundo», me dicen Christopher y Stephane, dos de los miembros más jóvenes del equipo de piscina, mientras recogen la escala de cuerda que cuelga sobre el mar.

Hotel Du Cap, France, 26 April 2018. Photo by Greg Funnell
Hay otros encantos, por supuesto: la grandeza de otra época del ascensor de madera y cristal situado en el centro de la escalera de caracol; el hecho de que el paseo después de comer desde la parrilla del Eden Roc hasta la escalinata trasera del hotel tenga la distancia perfecta para terminarse un Gauloises; la contagiosa risa de Michel, el jefe de porteros, mientras lleva a los huéspedes en un carrito de golf por los recovecos de los antiguos jardines.
Pero lo cierto es que debería descubrir estos encantos por sí mismo. No hay ninguna prisa: todo apunta a que el hotel seguirá funcionando a su propio y feliz ritmo durante muchos años. Desde luego, aquí nadie tiene demasiada prisa por cambiar este peculiar estilo de vida ni por abrir las puertas a los vientos del cambio. Hotel du Cap-Eden-Roc: un lugar radiante para gente radiante.
«Llevo aquí 42 años», me cuenta Michel mientras me da una palmada en la espalda una noche fresca. «¡Pero 42 años en el paraíso no son mucho tiempo!»
Este artículo se publicó por primera vez en nuestro número de mayo/junio de 2018. Suscríbete aquí…


