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Javier Bardem’s home truths

Javier Bardem’s home truths

Photographed exclusively by his wife, Penélope Cruz, the Spanish actor and star of recent Netflix crime drama, Monsters, talks fatherhood, Formula 1 and addressing his flaws

  • Texto de: Jonathan Wells
  • Fotografía: Penélope Cruz
  • Estilismo: Zak Maoui

Cuando Javier Bardem se muestra más amenazador, lanza a la cámara una mirada muy particular. Con la barbilla inclinada hacia el pecho y la leve sombra de un surco en el entrecejo, la boca se le tensa en una línea implacable y los ojos se le hunden bajo los párpados. Suele aparecer tras un largo suspiro o varios chasquidos de desaprobación amenazantes, emitidos en un staccato entre dientes. Es algo verdaderamente siniestro.

You’ve seen it a few times. It’s there in No Country for Old Men, in the role for which Bardem won his first Oscar, in 2008. It’s there in Skyfall, in which Bardem’s blond-coiffed bad guy gave us perhaps the best Bond villain of the past 50 years. It’s even there in Monsters: The Lyle and Erik Menendez Story, the recent Netflix series in which Bardem plays slain patriarch José Menendez – a man accused of assaulting his two sons – in harrowing flashback.

También está aquí, en la pantalla de mi portátil. El actor español se conecta por Zoom desde su casa y resulta inquietante, por decirlo suavemente, vislumbrar en primera persona a El Bardem™. Sobre todo porque esos ojos penetrantes y esos labios fruncidos habían estado grabados a fuego durante los días anteriores (y a lo largo de los nueve retorcidos episodios de Monstruos) en este mismo portátil.

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Por suerte, el actor no está de un humor amenazador ni monstruoso. Su expresión responde, más bien, a una pregunta —o a varias— sobre la moralidad y la responsabilidad. Bardem recuerda el tormento interior que sintió al aceptar el papel de Menendez y las complejidades éticas que entraña interpretar a una persona así. Y es que, después de que José Menendez y su esposa, Kitty, murieran tiroteados por sus hijos, ya adultos, en 1989, durante el posterior juicio por asesinato —que la serie de Netflix retrata de forma descarnada y exhaustiva— los jóvenes afirmaron que su padre había abusado de ellos física, psicológica y sexualmente desde que eran niños.

«Si me lo preguntas», dice Bardem, relajando el ceño, «tengo mi propia opinión sobre lo que ocurrió y lo que no. Se basa en mi investigación. Pero es mi opinión y, como actor, es lo único que puedo aportar al público, a quienes estén interesados en ver mi trabajo. Puedo ayudarles a sentir y experimentar quién era esta persona, para que entendamos mejor que, más allá de los actos horribles, hay un ser humano con el que compartimos muchísimas cosas. Y podríamos ser nosotros, a menos que prestemos atención a aquello a lo que debemos prestársela».

Monstruos, la segunda entrega de una serie antológica que arrancó con un retrato del asesino en serie Jeffrey Dahmer, no es un trabajo fácil. Evan Peters, que interpretó a Dahmer en 2022, ganó un Globo de Oro por su encarnación del asesino, pero la serie recibió duras críticas desde diversos sectores. Así pues, Bardem no aceptó el papel a la ligera. En su lugar, se comprometió a interpretar a Menéndez con todos sus matices, presentando al personaje como un vehículo cuestionable pero ambiguo a través del cual abordar y analizar los devastadores efectos del trauma.

«En este caso, terribles sucesos de la infancia de los que nunca se habló ni se compartieron con nadie», dice Bardem. «Un trauma que nunca se permitió sentir. Así que no se trata de justificar ni excusar las acciones de nadie. Se trata, más bien, de intentar comprender un poco mejor por qué actúan así y de dónde vienen. Creo que esa es la única herramienta que tiene cualquier artista: transmitir la experiencia, no las ideas, ni los razonamientos, ni las teorías. Transmitir al público la experiencia de ser otra persona, hacer que se sienta —aunque solo sea por un segundo— como ella, para que amplíe su perspectiva».

«Me da menos vergüenza trabajar en inglés que en español. Porque, en tu propia lengua, las palabras tienen mucho peso»

Monstruos supone el primer papel televisivo recurrente de Bardem en 38 años y el primero en inglés. Como la mayoría de nosotros, probablemente conociste al actor por primera vez como Anton Chigurh, el implacable asesino de los hermanos Coen en No es país para viejos. Esta interpretación, que la revista Journal of Forensic Sciences destacó en 2014 como la representación más realista de un psicópata en el cine, fue el primer gran proyecto de Bardem en Hollywood. Su carrera en el cine español había comenzado años antes, con papeles muy diversos en Días contados, Boca a boca y Éxtasis, una película que comparte con la historia de los Menéndez los temas de la disfunción familiar y la venganza. Bardem también participó en la banda sonora de Éxtasis tocando la batería. El actor siempre ha llevado la música —en especial el heavy metal— muy dentro y lleva años atribuyendo a las letras de AC/DC parte de su aprendizaje del inglés. Pero dominar un nuevo idioma requirió tiempo y paciencia. En ocasiones, durante los primeros años de su carrera en inglés, incluso en Skyfall, Bardem llegó a encargar la traducción al español de guiones completos.

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«Tuve que esforzarme mucho para hacer una especie de cirugía con las palabras», explica el actor, juntando las manos para formar figuras y patrones precisos. «Necesitaba ser capaz de conectar las emociones y la organicidad con la pronunciación, para que la gente entendiera de verdad lo que decía. Hoy hablo mejor inglés. No es perfecto, pero es mejor que hace 25 años. Aun así, hay un vacío y, cuando todo empieza a fluir y las emociones comienzan a aflorar, tengo que lanzarme desde una especie de pequeño precipicio —un pequeño abismo— hacia la nada. Porque tengo que saltar hasta donde están las palabras. En español, en cambio, es un camino recto y las palabras te acompañan».

«Aunque, curiosamente —dice encogiéndose de hombros—, me da menos vergüenza trabajar en inglés que en español porque, en tu propio idioma, las palabras tienen muchísimo peso. Los recuerdos y las experiencias que asocias a esas palabras, y las imágenes a las que te transportan. Y, como he vivido mi vida en inglés durante mucho menos tiempo que en español, no tengo tantas asociaciones de ese tipo. Eso significa que me resulta más fácil expresar ciertas palabras cargadas de peso, pensamientos intensos o reflexiones profundas en inglés que en español».

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Es un golpe de suerte profesional que Bardem comparte con su esposa, la también actriz española (y ganadora de un Óscar) Penélope Cruz, con quien ha protagonizado más de media docena de películas. Para esta portada de Gentleman’s Journal, Cruz fotografió a Bardem en su casa de Madrid, captando la misma química creativa que surgió entre ambos por primera vez en la tragicomedia de 1992 «Jamón, jamón».

«Ella tenía 17 años y yo, 22», recuerda Bardem. «Era su primera película y una de las primeras para mí. Una gran película. Nos conocimos durante la prueba de vestuario, nos miramos y supongo que algo ocurrió. Algo que no tiene explicación y que va más allá de la lógica y la razón. Pero, por aquel entonces, teníamos vidas distintas, objetivos, aspiraciones y metas diferentes. Aun así, había algo: una energía, una química, una forma de apoyarnos el uno en el otro como seres humanos. Y eso perduró durante mucho tiempo, aunque pasamos muchos años sin vernos ni hablarnos».

«Tengo un montón de defectos y hay cosas que debo corregir para mejorar como ser humano»

Cuando la pareja volvió a encontrarse, ambos actores ya habían traspasado las fronteras del cine español y se habían convertido en estrellas internacionales. Y, en 2007, durante el rodaje de Vicky Cristina Barcelona, de Woody Allen, finalmente retomaron su relación sentimental.

«Nos dimos cuenta de que el sentimiento seguía vivo. Muy vivo», dice Bardem entre risas. «¡Para nuestra sorpresa! Pero dio la casualidad de que los dos estábamos solteros en aquel momento, así que, naturalmente, pasó lo que tenía que pasar: dos personas volvieron a conectar porque compartían muchísimas cosas, muchas más de las que esperaban. Pero también compartíamos el hecho de habernos conocido y de conocernos desde antes de todo el ruido, antes del éxito y antes de que nadie nos mirara con otros ojos por quienes éramos ahora, por aquello en lo que nos habíamos convertido. Y esa es una base importante para confiar en alguien: saber que lo conoces de verdad y que esa persona te conoce de verdad. Tú me ves a mí y yo te veo a ti. Eso es importante».

Cada observación, cada reflexión de Bardem está impregnada de solemnidad. No es difícil cuando pronuncia sentencias como esta, claro, pero hasta sus comentarios más fugaces y sus anécdotas sin importancia suenan más trascendentes de lo que deberían. Probablemente se deba a esa voz tan singular, que reviste cada palabra de aplomo y fuerza. El acento ayuda, desde luego, pero hay algo único en la riqueza de su tono y su timbre: cada cadencia cruje y se quiebra como un gran árbol al caer. Es la rotunda base de su arsenal interpretativo y el don que lo hace tan perfecto para dar vida a villanos fascinantes.

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El pelo también es otro rasgo distintivo de los villanos de Bardem. El inconfundible corte a lo paje de No es país para viejos se hizo con el propio pelo de Bardem, al igual que las púas de erizo de su narcotraficante en la siempre incomprendida película de Ridley Scott El consejero. Sin embargo, en la quinta película de Piratas del Caribe, su antagonista maldito y cazador de piratas lucía una melena generada por ordenador y, en otras aguas, su autoritario rey Tritón del remake del año pasado de La sirenita llevaba peluca. En Skyfall también era una peluca. Y en Monstruos, una peluca llega incluso a desempeñar un papel clave en la historia: en uno de los primeros episodios, José Menéndez, interpretado por Bardem, obliga a su hijo Lyle, que se está quedando calvo, a llevar un peluquín. Este es quizá el único aspecto de Menéndez que Bardem pudo aceptar sin reservas. «¡Me encantan los postizos!», dice el actor entre risas. «Creo que el pelo siempre es una parte muy importante del disfraz».

Pero el papel más destacado de Bardem en Hollywood en los últimos años, el del líder tribal Stilgar en Dune y Dune: Parte dos, mantiene su cabello prácticamente protegido del sol bajo un pañuelo del desierto ceñido a la cabeza. Elegido para las películas por el director Denis Villeneuve —a quien Bardem describe como «adorable» y «¡Encantador! ¡Atento! ¡Supergeneroso! ¡Y graciosísimo!»—, el actor solo tuvo unas pocas escenas en la primera entrega de la saga. Y cuando regresó para rodar la secuela en 2022, fue la primera vez en su carrera que retomaba un papel.

«Fue una experiencia muy extraña —asiente—, pero también muy gratificante. En la primera película solo trabajé dos semanas, un par de escenas. Así que fue una especie de aperitivo, pero sentí la fuerza, la alegría y la grandeza de estar en el plató con Denis. Al mismo tiempo, no tuve realmente la oportunidad de saborearlo. Por eso, cuando confirmaron que habría una segunda parte, me la tomé como si fuera mi primera película de Dune».

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Bardem está dispuesto a regresar para la tercera película de la franquicia de ciencia ficción, aunque «me temo que sé exactamente lo mismo que vosotros al respecto». Sin embargo, antes volverá a la gran pantalla el próximo verano en la película de carreras protagonizada por Brad Pitt, F1, dirigida por Joseph Kosinski, director de Top Gun: Maverick. Al igual que Monstruos, que tiene un pie en la ficción y otro en la realidad, el drama deportivo combinará ambos mundos. Bardem interpreta al propietario de una escudería de Fórmula 1 en apuros que se ve obligado a pedir ayuda al expiloto encarnado por Pitt, y rodó varias escenas durante carreras reales del Campeonato Mundial de 2023.

«También compartíamos el hecho de habernos conocido y tratado antes de todo el revuelo»

«Íbamos a lugares reales, a carreras reales con pilotos reales», afirma el actor. «Todos nos apoyaron mucho, porque Lewis Hamilton es productor y trabajó en el guion. Así que el proyecto ha tenido muy buena acogida en el mundo de la F1, y eso quedó patente cuando llegamos a Silverstone, por ejemplo, y rodamos durante cinco días seguidos en boxes o en la pista. Antes de que empezara la carrera, Brad tuvo la oportunidad de salir a la pista y conducir su coche mientras miles de aficionados gritaban y enloquecían. ¡Porque era Brad!»

Ruben, el propietario del equipo de F1 interpretado por Bardem, puede estar inspirado en varios directivos reales, pero no representa directamente a ninguna persona en concreto, a diferencia de varios de los papeles anteriores del actor. Bardem ha interpretado a Pablo Escobar (de nuevo junto a Penélope Cruz), al artista cubanoamericano Desi Arnaz (otra nominación al Óscar) y al marinero español Ramón Sampedro (otra peluca excelente).

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El papel del que quizá se sienta más orgulloso es uno que probablemente nunca lleguemos a ver. Durante 11 años, Bardem trabajó con Steven Spielberg para llevar a la pantalla la historia del conquistador español del siglo XVI Hernán Cortés. El proyecto, concebido como una miniserie de cuatro episodios para Amazon (rodada tanto en español como en náhuatl, la histórica lengua azteca), se filmó durante apenas dos semanas a principios de 2020. Entonces estalló la pandemia y, tras varios meses de incertidumbre, fue cancelado.

«Me quedé destrozado», dice Bardem. «Todo ese trabajo, de tantos años y con tanta calidad, con tanto significado… se esfumó. Oí que quizá existía la posibilidad de recuperarlo y rescatar el proyecto, pero le dije a Steven: “Más vale que nos demos prisa; si no, ¡acabaré interpretando al abuelo de Cortés!”»

Bardem tiene 55 años —aún no está precisamente en edad de ser abuelo—, pero él y Cruz tienen dos hijos, Leo y Luna. El actor revela que actualmente está leyendo la exitosa guía de la doctora Shefali Tsabary, El mapa de la crianza, con el propósito de ser el mejor padre posible. «Y esto cierra el círculo de lo que empezamos hablando», afirma el actor. «Así de importante es la infancia. Todos lo sabemos, pero debemos cuidar a nuestros pequeños y ser muy sensibles con ellos para que crezcan de forma saludable. Es una inversión en la sociedad. Cada niño es una inversión en la sociedad».

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Bardem llama a su familia su «tribu», pero, a diferencia del patriarcal Stilgar de las películas de Dune, o del autoritario rey Tritón de La sirenita, el actor no tiene tan claro qué clase de padre es. «Tengo más claro qué clase de padre no quiero ser», afirma, «y es uno que está constantemente encima de sus hijos, diciéndoles qué hacer, cómo hacerlo y sometiéndolos a una presión que no necesitan. No quiero hacerme expectativas sobre en quién quiero que se conviertan solo por mi propio bien o para mi propia satisfacción».

Otra dosis de decencia y sabiduría, y otro motivo por el que sorprende que Bardem sea capaz de interpretar tan bien a los villanos. Porque, desde presuntos maltratadores hasta sicarios ficticios y muertos vivientes sedientos de venganza, de algún modo ha explorado las profundidades de la depravación humana y ha salido de ellas convertido en un hombre mejor. Pero aún queda trabajo por hacer, afirma el actor, sobre todo en lo que respecta a la paternidad.

«Tengo defectos», explica. «Tengo muchísimos defectos y hay cosas que debo corregir como ser humano. Pero educar a alguien es la responsabilidad más importante que tendrás jamás. Estás ayudando a guiar y formar a una persona, y ¿cómo puedes hacerlo si no te educas a ti mismo? ¿Si no analizas de verdad quién eres como ser humano?»

«¿Quién eres? ¿Y qué has conseguido?», continúa Bardem, mientras en su rostro reaparecen matices de esa expresión inconfundible y siniestra. «¿Cuáles son nuestros defectos? ¿Cuáles son nuestras virtudes? Porque todos debemos trabajar en nuestras virtudes, prestar atención a nuestras virtudes. Pero debemos prestar verdadera atención a nuestros defectos».

Gracias a:

Asistente de fotografía: Lorenzo Profilio

Peluquero: Pablo Iglesias

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Este artículo se publicó originalmente en nuestro número de otoño de 2024. Más información aquí.

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