
«Cuanto más bonita es la calle, más esqueletos hay en el armario…». Jack Whitehall habla sobre los suburbios, la cerámica y los psicópatas.
Desde los mitos del patio del colegio hasta los escándalos de las zonas residenciales, Jack Whitehall sigue siendo un maestro a la hora de encontrar lo absurdo en lo cotidiano, con una sensibilidad cómica forjada desde muy joven, perfeccionada sobre los escenarios y que ahora le ha llevado de los circuitos de monólogos a los platós de Hollywood y más allá.
- Texto de: Joseph Bullmore
- Fotografía: Stew Bryden
- Ayudante: Jamie Appleby
- Vídeo: Matthew Scales
- Estilismo: Tim Brooks
- Peluquería: Claire Woods usando Kosas y Larry King
- Dirección artística y producción: Freya Anderson
- Ubicación: Jumeirah Carlton Tower
Jack Whitehall y yo fuimos al mismo colegio, un dato que tardé unos admirables veinticinco segundos en sacar a relucir durante nuestra entrevista. Pero me alegro de haberlo mencionado, y no solo para rememorar a la formidable profesora de arte Gay Fanny Sturt, de quien los prefectos decían que podía disparar rayos láser con sus muletas y que en una ocasión había sido tutora de un joven Enrique VIII. También porque Jack me habló de una visita al colegio que hizo de niño, antes de matricularse, durante lo que nuestros abogados quizá prefieran que describamos ahora como «otros tiempos». A mitad de la visita, el padre de Jack, Michael, detuvo al profesor para hacerle una pregunta. «¿Siguen haciendo aquí la apisonadora Benson?», quiso saber con total inocencia. Se trataba de la antiquísima (y sin duda apócrifa) maniobra mediante la cual un corpulento profesor de historia llamado señor Benson (he cambiado su nombre, aunque no su corpulencia) sometía a los niños revoltosos tumbándolos en fila en el suelo, para después pasarles por encima como una bala de cañón vestida de tweed.
«Hizo esa pregunta delante de un montón de futuros padres, que se quedaron absolutamente horrorizados al ver que el anfitrión tenía que lidiar como pudiera con aquel marrón y reconducir la conversación para hablar de lo increíbles que eran las instalaciones», cuenta Jack. ¿Estaba insinuando su padre que la Apisonadora Benson era un punto a favor o en contra de la inminente educación de su hijo mayor? «No estoy seguro», dice Jack, imitando por un momento la voz de Michael: «Y si el señor Benson se ha jubilado, ¿tienen algún profesor que pueda tomar el relevo y hacer los honores?»
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Este es el tipo de cosas que le pasan a Jack Whitehall, como reconocerá cualquiera que haya visto sus programas o sus monólogos (o, de hecho, los derivados que ahora presentan su padre y su madre, Hilary). Lo absurdo y lo ridículo parecen surgir incluso en la monotonía de una visita al colegio; la apisonadora Benson siempre aguarda entre bastidores. Dicen que solo se aburre la gente aburrida, y quizá las cosas graciosas simplemente les ocurran a las personas graciosas. Jack ha construido una carrera singular y deslumbrante a partir de este orden cósmico.
Empezó joven, como ya sabéis: puso un pie en el caprichoso tobogán de la fama con unos 17 años y salió disparado casi de inmediato. Después de nuestro colegio preparatorio (el mejor del planeta, todo sea dicho), Jack fue a Marlborough, donde su verdadera pasión era «el arte, los bocetos y el dibujo», cuenta. Durante su infancia, su casa de Putney estaba «cubierta de cuadros», porque Michael era coleccionista de arte. «Había acuarelas, paisajes y retratos del siglo XX, pero también viñetas satíricas y caricaturas», explica. ¿Sigue pintando hoy en día? «Creo que es algo que quizá retome más adelante», dice. «O tal vez podría recuperar las viñetas obscenas. Mi padre y yo estuvimos de vacaciones en la isla de Wight el verano pasado y encontramos un museo de postales picantes. Se puso literalmente como un niño en una tienda de golosinas. Las compró todas. Compró absolutamente todas las postales y los anuarios, además de un par de originales», cuenta Jack entre risas. «Así que quizá podría explorar esa vía».
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Jack recuerda que, cuando estaba en el colegio, organizó una emboscada nocturna al pelotón de la CCF con pasamontañas y globos de agua (solo para poner de manifiesto los fallos de seguridad, por supuesto) y publicó una revista clandestina repleta de viñetas subidas de tono sobre los profesores. Según cuenta, no solían darle papeles en ninguna de las producciones teatrales convencionales, así que creó una especie de compañía alternativa de sketches (en la que participaba Freddy Syborn, quien más tarde se convertiría en su compañero de escritura durante muchos años) que no tardó en acudir al Festival de Edimburgo. No eran especialmente buenos, claro, pero a mitad de cada espectáculo Jack tenía la amabilidad de dejar descansar a sus compañeros de reparto mientras él hacía un monólogo de 15 minutos.
«Sin duda tenía mucha confianza en mí mismo», dice ahora. «Tenía la fuerza de voluntad y la determinación necesarias para triunfar y mejorar. Y quería que todo sucediera lo antes posible. Lo recuerdo». Cualquier atisbo de ego quedó rápidamente «un poco rebajado cuando llegué a Edimburgo», afirma. «Vinieron algunos críticos profesionales y me dijeron que aún me quedaba mucho camino por recorrer…»
Aquellas primeras actuaciones de monólogo le valieron a Jack el codiciado premio «Amused Moose Laugh Off» en 2007. Por aquel entonces adoptaba una especie de gruñido con acento del estuario del Támesis y una mueca de hastío vital, en gran medida, según cree, para contrarrestar su acento refinado y su rostro juvenil. «Quienes de verdad me influyeron fueron los cómicos muy sarcásticos e impasibles», afirma. «Gente como Jack Dee, Stephen Wright y Stewart Lee. Así que, durante los dos primeros años, más o menos imitaba a todos ellos. Y también me hacía sentir algo más seguro. Te sentías un poco protegido al subir al escenario y contar chistes a desconocidos, porque adoptabas la personalidad de alguien a quien todo le daba igual; y es mucho más difícil fracasar estrepitosamente en el escenario si estás desesperado por agradar».
Poco después, Jack fue nombrado nuevo presentador de Big Brother’s Big Mouth, un programa que ahora parece totalmente propio de aquella época. «Había mucho pelo», se ríe Jack. «Era la época del New Rave: ese tipo de personalidad indie y chulesca, muy NME: chaleco y camiseta». ¿Qué recuerda de aquella época?
«En cierto modo, ascendí muy rápido», dice Jack, «y acabé teniendo bastante más notoriedad y probablemente apareciendo en televisión mucho antes de lo que debería. Creo que habría sido mejor cómico cuando llegué a la televisión si hubiera tenido cinco o seis años más de experiencia», afirma.
«Pero también estaba ese factor de novedad —el hecho de que fuera tan joven— al que la gente se aferró. Aunque creo que algunas de mis primeras apariciones en televisión y parte del material que hacía quizá no se sometieron al mismo escrutinio al que se habrían sometido si hubiera tenido un poco más de experiencia…»
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El padre de Jack, Michael, era representante, uno de esos trabajos que permiten ver lo bueno, lo malo y lo feo de las industrias creativas, normalmente en el transcurso de una sola comida. ¿Qué le parecía que su hijo se adentrara en ese mundo tan caprichoso? «Siempre me apoyó bastante», dice Jack. «Quiero decir, cuando estaba entre el público era un espectador terrible y nunca se reía de verdad; siempre matizaba todo diciendo que se “reía por dentro”. Pero resultaba bastante desconcertante cuando actuaba, lo invitaba y todos los demás se reían mientras él seguía con esa cara de pocos amigos. Y, para ser justos, eso no ha cambiado hasta el día de hoy».
Desde entonces ha habido muchas risas, interiores o no. La carrera de Jack fue encadenando éxito tras éxito a lo largo de su veintena: Fresh Meat; A League of Their Own; Bad Education; Travels With My Father; una excelente adaptación de la obra de Evelyn Waugh Declive y caída. Ha presentado los BRIT Awards seis veces y dio el salto a Hollywood en 2021 con Jungle Cruise, junto a The Rock y Emily Blunt. Lleva ya quince años siendo un rostro muy conocido en este país. ¿Qué se siente al haber sido tan famoso durante una parte tan grande de tu vida? ¿Es, en fin, agradable, le pregunto?
«No sé si es necesariamente agradable que la gente te conozca. Es bonito saber que valoran tu trabajo, y que la gente se acerque a ti y te reconozca significa que, hasta cierto punto, has calado en la cultura popular. Pero, por otro lado, al final es un arma de doble filo. Depende mucho del contexto. Es estupendo si estás intentando conseguir mesa en un restaurante. Pero si estás de resaca en un parque infantil cubierto con tu hija y no te apetece charlar con otro padre a las ocho de la mañana de un domingo…»
Y, hablando de eso: Jack protagoniza ahora The ‘Burbs, una nueva serie estadounidense de Sky con Keke Palmer, ambientada en una calle residencial inquietantemente perfecta y extrañamente cinematográfica a la que se muda una joven pareja. Por supuesto, nada es lo que parece. Es una premisa rica y familiar. Una especie de revelador espejo de feria de nuestro entorno cotidiano. ¿Acaso no sospechamos todos, de algún modo, que entre nuestras bonitas calles se ocultan oscuros secretos?
«Oh, siempre los hay», dice Jack. «Puede que no se trate de un asesinato, como ocurre en The ‘Burbs. Pero hay escándalos en todas las calles. Y cuanto más bonita es la calle, más esqueletos guarda la gente en el armario y más se esfuerza por mantener las apariencias, por proyectar una determinada imagen ante el resto del vecindario», afirma. «Recuerdo que, cuando era pequeño y vivía en Putney, un barrio residencial bastante elegante, había muchísimos escándalos. Uno de nuestros vecinos se fugó con otra vecina; tuvieron un romance de locos y luego tuvieron que marcharse. A otro lo pillaron en algún tipo de escarceo sexual en Putney Common y su mujer se enteró… Y esos eran solo dos de nuestros vecinos más cercanos».
Un tema similar —la oscuridad que se oculta bajo una superficie alegre— aparece en otro proyecto reciente, Malice, estrenado a finales del año pasado. En él, Jack interpreta, desafiando por completo su imagen habitual, a un niñero elegante y psicópata que cuida de los hijos de David Duchovny en una isla griega bañada por el sol. Le pregunto cómo fue pasar del Jack jovial y afable a algo mucho más siniestro. «Fue una experiencia muy gratificante, pero supuso muchísimo trabajo, fue todo un reto y resultó bastante abrumador. Además, mientras lo rodaba, me absorbía por completo. Cada día me ponía muy nervioso al pisar el plató y, al terminar la jornada, también necesitaba tiempo para desconectar». La han descrito como «White Lotus se encuentra con El talento de Mr. Ripley». ¿Por qué cree que esta vertiente de la sátira contra los ricos sigue vigente?
«Creo que a la gente le produce cierto placer ver sufrir en televisión a personas privilegiadas», dice. «Eso de ver cómo estas personas con vidas perfectas —vidas que quizá parezcan mejores que las nuestras— pasan por un calvario, acaban destrozadas…»
«Del mismo modo, ¿de verdad nos gusta ver cosas sobre parejas felices? Preferimos ver cosas sobre parejas que lo están pasando fatal para sentirnos mejor con nuestra propia situación y nuestra vida», dice. «En Love Island, disfruto mucho viendo las tres semanas centrales, cuando todos están llorando, traicionándose, discutiendo y sus vidas amorosas son un desastre», dice. «Y en cuanto se enamoran y están felices hacia el final, el programa se vuelve muy aburrido. No quiero ver a gente engreída y guapísima en relaciones felices», dice entre risas. Enseguida imagina un nuevo elemento al estilo de Squid Game para el reality. «Pongamos a esa señora gigante en el jardín de Love Island. Y cada vez que uno de ellos formalice su relación, que gire la cabeza…»
Le pregunto a Jack qué cree que estaría haciendo si no hubiera dado aquellos primeros espectáculos en Edimburgo; si no hubiera tenido el valor y la astucia de empezar a hacer monólogos siendo tan joven. ¿Piensa alguna vez en ese universo paralelo? «Creo que habría hecho todo lo que estuviera en mi mano para evitar tener que hacer cualquier cosa que pareciera demasiado seria. No podría tener un trabajo de oficina. Soy bastante disléxico. Así que creo que habría hecho todo lo posible por evitar tener que trabajar en una oficina o depender, por ejemplo, de mis habilidades matemáticas».
Quizá habría sido en las artes visuales, digo. Y así terminamos recordando a la admirable señora Fanny Sturt, la profesora de cerámica, archivera y talismán común de nuestros años en la escuela preparatoria. «Ella es el tejido que nos une. Es la Kevin Bacon de las escuelas preparatorias británicas. Es quien nos conecta a todos…», dice Jack entre risas. «Así que sí, quizá podría haberme dedicado a hacer cerámica picante», bromea. «Tal vez me espere por ahí una carrera paralela como ceramista…»
«Eh, aún estás a tiempo».
Jack Whitehall protagoniza The ‘Burbs, ya disponible en Sky en el Reino Unido y en Peacock en Estados Unidos


