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¿Cómo deben quedar realmente unas zapatillas de running?

¿Cómo deben quedar realmente unas zapatillas de running?

El ajuste es el factor silencioso que determina si correr se convierte en un hábito o en una molestia. Unas zapatillas que permitan que el pie se hinche, se flexione y se acomode te llevarán más lejos que cualquier promesa de velocidad.

La forma más rápida de saber si un hombre corre no es preguntarle cuántos kilómetros hace a la semana, sino echar un vistazo a los dedos de sus pies cuando se quita las zapatillas de running. Las uñas ennegrecidas, las ampollas en carne viva y las tiritas colocadas como vendajes de campaña suelen indicar que el caballero se ha comprado unas «buenas zapatillas de running» y luego ha considerado que elegir la talla adecuada era algo opcional.

Lo trágico es que acertar con el ajuste de unas zapatillas de running no tiene ningún misterio. Simplemente, la cuestión ha quedado sepultada bajo la jerga, la mitología de las marcas y esa tendencia masculina a dar por sentado que, si uno sufre en nombre del deporte, es que lo está haciendo bien. En realidad, unas zapatillas de running tienen una misión bastante prosaica: sujetar bien el pie, dejar espacio suficiente para que los dedos estén a sus anchas y permitirte salir de casa sin volver maltrecho. Todo lo demás es marketing.

Considérelo, pues, el Departamento del Calzado Sensato. Sereno, ligeramente autoritario y dedicado a salvarle de sus propias heroicidades.

La cuestión de la longitud | Una pequeña república entre el dedo y el zapato

La cuestión de la longitud: una pequeña república entre el dedo del pie y el zapato

Empecemos por el hecho más impopular de la moda masculina: tu «talla habitual» es, en gran medida, una ficción. Puede servirte para mocasines y zapatos Oxford, pero cuando se trata de zapatillas de running, tus pies imponen sus propias condiciones.

Ponte de pie con la zapatilla puesta y el talón suavemente ajustado contra la parte trasera. Debe quedar un espacio moderado pero suficiente entre el dedo más largo y la punta de la zapatilla, aproximadamente el ancho de un pulgar, ni más ni menos. Puede que el dedo más largo sea el gordo, pero también podría ser el segundo; en ese caso, debes fiarte más de tu anatomía que de tu ego y tomar la medida desde este último.

Ese pequeño margen no es un capricho. Es el espacio que permite que el pie se alargue y se desplace mientras corres, sobre todo cuesta abajo o hacia el final de una carrera larga. Si lo eliminas, cada pisada se convierte en un pequeño choque entre la uña y la puntera. El resultado es bien conocido: hematomas, uñas negras y, finalmente, ese espantoso momento en la ducha en el que media uña decide que ya no quiere seguir unida al dedo.

Para muchos hombres, esto significa elegir media talla más que en su calzado habitual, y en ocasiones una talla entera si corren distancias considerables o si sus pies tienden a hincharse especialmente. Uno puede aferrarse, si quiere, al consuelo psicológico de «usar un 42»; sin embargo, sus dedos presentarán una moción multipartidista a favor de un 42,5.

Si tiene dudas, es preferible pecar por un número ligeramente mayor que por uno menor. Un zapato apenas holgado de largo puede ajustarse con calcetines y los cordones. Un zapato que de verdad queda demasiado corto solo tiene un destino posible: la basura.

Anchura y volumen | Sujeción firme, sin oprimir

Una vez que la longitud está bajo control, la cuestión es cómo se adapta el calzado al resto del pie. El principio general es sencillo: sujeción en el talón y el mediopié, libertad en la parte delantera. Una dictadura discreta atrás y una democracia cortés en los dedos.

Átate los zapatos como de costumbre y ponte de pie. En la zona del mediopié, el empeine debe sentirse como si abrazara suavemente el pie, no como si lo estuviera interrogando. Deberías poder deslizar un dedo por debajo de los cordones sin necesidad de una palanca; cualquier sensación de quemazón u hormigueo, o que la parte superior del pie clame por tener voz, indica que el zapato es demasiado bajo o que te has entusiasmado demasiado al apretar los cordones.

En la zona del antepié, hay más libertad. Los dedos deben poder moverse por separado, levantarse y separarse. El meñique no debería sentirse como si estuviera siendo sometido a un interrogatorio contra el lateral de la zapatilla. Un ligero contacto está bien; una presión constante, no. Si el empeine queda tenso como un tambor sobre el antepié, la zapatilla es demasiado estrecha; si se abomba como una vela de repuesto, es demasiado ancha o tiene demasiado volumen, y pasarás tus carreras deslizándote elegantemente de un lado a otro.

La mayoría de las marcas de renombre ofrecen ya distintas opciones de anchura, aunque ocultan esta información como si fuera materia reservada. Un hombre que se haya pasado toda su vida adulta pensando «los zapatos siempre me aprietan un poco en la parte delantera» puede descubrir, para su asombro, que existen modelos de horma ancha y que usarlos no supone ningún defecto moral. Del mismo modo, quienes tienen los pies más estrechos pueden comprobar que una horma estrecha específica les evita tener que apretar los cordones como si fueran cabos de repuesto solo para impedir que el zapato se les vaya de paseo.

El volumen importa tanto como la anchura. Algunos zapatos tienen más altura en la zona del mediopié y el antepié, mientras que otros presentan un perfil más bajo. Si notas una presión constante sobre el empeine, incluso con los cordones flojos, el zapato tiene muy poca altura interior. Si tienes que juntar casi por completo los ojales para sentir que el pie queda sujeto, el zapato tiene demasiado volumen y acabarás luciendo una elegante colección de ampollas.

El talón | Cómo evitar que se escape

El talón que contiene el intento de escape

La parte trasera de la zapatilla es donde las ampollas se previenen o se gestan silenciosamente. El cuello del talón debe envolver la parte posterior del pie con la firmeza suficiente para que, al caminar o trotar unos pasos, no se levante de forma evidente. Un ligero movimiento es aceptable; que el talón intente salirse por completo, no.

Y, lo que es más importante, esto no se soluciona comprando una zapatilla más corta. Eso solo traslada el problema a las uñas de los pies. Si la longitud es correcta, pero el talón se desliza, tienes tres opciones. Puedes ajustar los cordones, por ejemplo, haciendo un nudo de corredor en los ojales superiores para sujetar mejor el tobillo. Puedes probar con un calcetín de running ligeramente más grueso que rellene un poco mejor el cuello de la zapatilla. O puedes aceptar que la forma de ese contrafuerte en particular y tu anatomía son incompatibles.

Seguir con una marca por lealtad es encomiable, pero tiene tanto sentido como volver a nombrar a un ministro que ya ha dimitido dos veces. Cuando la zona del talón de una zapatilla realmente no se adapta a ti, por mucho que quieras creer lo contrario, no evitarás las ampollas. Otro modelo de la misma marca, o una marca completamente distinta con un talón más estrecho o más ancho, suele resolver el problema con muchas menos complicaciones de las que imaginas.

Pies diferentes, hormas diferentes

Es tentador pensar que, en líneas generales, todos los pies son iguales. Durante muchos años, las empresas de calzado actuaron como si así fuera. En realidad, entran en juego una compleja combinación de genética, deporte, trabajo e historia personal. Arcos plantares bajos o altos, antepiés anchos, talones huesudos, juanetes de sastre desarrollados tras años usando zapatos formales: todo ello influye en cómo te sienta un modelo.

Un pie con el arco alto suele sentirse más cómodo con un calzado que tenga un empeine más holgado y un volumen ligeramente mayor. Si intentas encajarlo en una pala de perfil bajo, los cordones se clavarán mucho antes de que el pie quede bien sujeto dentro del calzado. Un antepié más ancho puede adaptarse mejor a marcas y modelos conocidos por tener punteras más amplias, como determinadas hormas de New Balance o Altra, que a siluetas más estrechas y deportivas, diseñadas para antepiés de gacela.

La única forma de descubrir cuál te va mejor es probártelos. Algunos hombres descubren que todo lo que fabrica una determinada marca les sienta como un pequeño reproche. Otros comprueban que un modelo de una gama les va perfecto, mientras que su hermano más caro parece un impuesto. Considera a los fabricantes como opciones, no como tribus. No tienes por qué jurar lealtad eterna a ninguno de ellos.

El cordón como ajuste de política, no como revolución

El «lacing» como ajuste de políticas, más que como revolución

Los cordones suelen considerarse un elemento puramente decorativo. En realidad, son una herramienta muy útil para ajustar el calce con precisión. No reescribirías un documento normativo entero cuando bastaría con retocar un párrafo. Aquí ocurre lo mismo.

Si notas los dedos comprimidos por arriba, saltarte uno de los ojales inferiores para dejar más espacio sobre el antepié puede aliviar la presión. Si necesitas una mayor sujeción en el mediopié, empezar a atar los cordones desde más abajo y utilizar todos los ojales hasta arriba puede proporcionarte ese «abrazo» de sujeción sin que la lengüeta te haga daño.

Merece la pena dominar el nudo de corredor en los dos ojales superiores. Este crea un pequeño bucle adicional a cada lado por el que pasa el cordón, ajustando la zona del talón alrededor del tobillo sin apretar demasiado el resto de la zapatilla. Este sencillo ajuste evita mejor que cambiar de talla una y otra vez que el talón se deslice y que aparezcan ampollas en el tendón de Aquiles.

Existen formas alternativas de atarse los cordones para empeines altos, talones estrechos, antepiés anchos y cualquier combinación de estas características. Ninguna de ellas servirá para corregir unas zapatillas cuya forma sea, sencillamente, inadecuada. Sin embargo, sí pueden convertir un ajuste casi perfecto en uno impecable, una de esas pequeñas mejoras que importan más que otros dos milímetros de espuma.

Ortesis, plantillas y otras complicaciones

Hoy en día, muchos caballeros llegan a la tienda de running con sus plantillas como si fueran documentos legales. Las ortesis a medida y las plantillas de venta libre pueden resultar sumamente útiles, pero alteran el ajuste del calzado de formas que deben tenerse en cuenta.

Si utiliza una plantilla ortopédica prescrita, retire la plantilla del fabricante del calzado y sustitúyala por la ortopédica. A continuación, vuelva a comprobar la longitud y el volumen. Una plantilla más gruesa que la original elevará más el pie dentro del empeine, reduciendo la sensación de espacio en la parte superior y alrededor del tobillo. Una más fina puede hacer que el calzado se note algo más holgado.

Las plantillas ortopédicas también ocupan parte de ese valioso espacio en la puntera. La regla de dejar un pulgar de margen sigue siendo válida, pero debes comprobarlo con la plantilla puesta. Si no lo haces, acabarás con el arco del pie perfectamente sujeto y el dedo gordo destrozado, lo que desvirtúa bastante el propósito de todo esto.

Las zapatillas comercializadas como «con sujeción» a veces pueden resultar incompatibles con las plantillas ortopédicas. Combinar ambas estructuras puede hacer que una zapatilla resulte rígida como un ladrillo y poco flexible. Si corres siempre con plantillas ortopédicas, un modelo neutro suele ser una mejor base. La plantilla ortopédica aporta el control. La zapatilla proporciona protección y agarre. Cada una cumple su función.

Cómo comprar zapatillas de running por internet sin perjudicarte

Comprar por internet sin sabotearte a ti mismo

En un mundo ideal, todo el mundo acudiría a una tienda especializada en running, recibiría el asesoramiento personalizado de alguien con criterio y saldría de allí con las zapatillas adecuadas. En realidad, la gente trabaja hasta tarde, vive lejos de este tipo de tiendas o acaba sucumbiendo a los códigos de descuento que aparecen a altas horas de la noche.

Si no le queda más remedio que comprar por internet, siga un pequeño procedimiento. Mídase los pies de pie sobre una hoja de papel, marcando el talón y el dedo más largo, y compare después la distancia con la guía de tallas de la propia marca, no con una genérica. Recuerde que cada fabricante tiene su propia idea de cómo es una talla «10».

Pide dos tallas si tu presupuesto y la política de devoluciones lo permiten: la que crees que es la tuya y media talla más. Pruébate ambas a última hora del día, con tus calcetines de correr y en los dos pies. La mayoría tenemos un pie ligeramente más grande o más exigente que el otro. Quédate con el par que le resulte cómodo al pie más exigente, no al que se adapta a todo.

Camina con ellas dentro de casa sobre una superficie limpia. Trota sin moverte del sitio. Aprovecha cualquier periodo de prueba para ser implacable. Si tienes la más mínima duda, notas alguna zona incómoda o cierta holgura que esperas que desaparezca, devuélvelas. La falacia del coste hundido es responsable de muchísimas lesiones. Las zapatillas no mejoran porque haya vencido el plazo de devolución.

Cómo domar las zapatillas de running sin hacerte daño

Unas zapatillas de running modernas apenas necesitan rodaje en comparación con las de antaño. A diferencia de las antiguas botas de cuero, no necesitan semanas de crujidos y ampollas antes de empezar a adaptarse. La espuma de la mediasuela se ablandará un poco durante las primeras salidas. El empeine se amoldará al pie. Eso es todo.

Si unas zapatillas te resultan claramente inadecuadas en la primera o segunda salida, si te aprietan, te rozan o te hacen volver a casa cojeando y convencido de que quizá la solución sea pasarte al ciclismo, no van a acabar convirtiéndose en tu media naranja. El periodo de adaptación sirve para que las zapatillas se amolden ligeramente a tu pie, no para que tu pie se resigne a un ajuste deficiente.

Introduce las zapatillas nuevas de forma gradual. Altérnalas con tu par anterior durante una o dos semanas. Así, tu cuerpo tendrá tiempo para adaptarse a cualquier diferencia en la amortiguación, el drop o la sujeción. También podrás comprobar de forma fiable si el nuevo modelo supone realmente una mejora o es simplemente un cambio. Las articulaciones son conservadoras: prefieren las reformas graduales a las revoluciones bruscas.

Señales de alarma en las zapatillas de running que no debes ignorar

Señales de alarma que no deberías ignorar

Los corredores son sorprendentemente buenos a la hora de normalizar el sufrimiento. Sin embargo, ciertas formas de incomodidad no son una muestra de estoicismo, sino una señal de que tus zapatillas no son las adecuadas.

Si los dedos de los pies chocan repetidamente contra la puntera en los descensos, o incluso en llano al acelerar, la zapatilla es demasiado corta o tiene muy poca altura. La solución no es usar apósitos más gruesos. Necesitas más espacio.

Si notas entumecimiento o ardor en el empeine, especialmente alrededor de los cordones, probablemente el calzado te esté oprimiendo. Afloja los ojales superiores, prueba formas alternativas de atarte los cordones y, si eso no funciona, acepta que el volumen interior de la zapatilla no es adecuado para ti.

La aparición persistente de ampollas alrededor del talón o en la parte posterior del tobillo, pese a llevar unos calcetines con una amortiguación adecuada y un cordón medianamente bien ajustado, indica que la forma del cuello de la zapatilla no se adapta a tu tendón de Aquiles. Puedes seguir aguantando estoicamente. O también puedes dejar de castigar tus tendones y probar otra marca.

Y si, después de cambiar de zapatillas, de repente notas molestias extrañas en las rodillas, las caderas o la zona lumbar, conviene pararse a analizar la situación. Un cambio drástico en el drop, el nivel de sujeción o la geometría general puede alterar la distribución de la carga. A veces el cuerpo se adapta. Otras veces te manda un aviso. Hazle caso.

Entonces, ¿cómo deben quedar realmente unas zapatillas de running?

Entonces, ¿cómo deben quedar realmente las zapatillas de running?

Unas zapatillas de running que se ajusten bien son un lujo poco común, pues se definen por la ausencia de molestias. Nada de presión, rozaduras ni golpes en los dedos, ni la sensación de que hay que «domarlas» como a un caballo indómito. Tras los primeros minutos de carrera, deberías dejar de notar que las llevas puestas.

Ese es, en última instancia, el objetivo. No tener la combinación de colores más llamativa ni el modelo que lleva en ese momento alguien increíblemente rápido en televisión, sino atarse los cordones, salir a correr y descubrir que, durante media hora o una hora, lo más interesante de la carrera es todo menos los pies.

Elegir esas zapatillas depende menos de la mitología de la marca y más de seguir una breve y rigurosa lista de comprobación. Longitud adecuada. Anchura suficiente. Talón bien sujeto. Mediopié cómodo. Elegir el momento oportuno. Calcetines adecuados. Y estar dispuesto a descartar cualquier modelo que roce, apriete o se deslice desde el primer día, por muy persuasivo que sea el texto publicitario o por muy atractivo que resulte el color.

Para el caballero moderno, ese es el verdadero lujo discreto. No tener un armario lleno de exóticos artilugios con placa de carbono, sino unas zapatillas de running que le queden tan bien que se olvide de que las lleva hasta que se las quite y compruebe, con cierta sorpresa, que no le duele absolutamente nada que no le doliera ya. Llegado ese momento, podrá bajar la mirada, contemplar las uñas de sus pies completamente intactas y sentir un pequeño y justificable orgullo por haber hecho bien los deberes.

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