
Veinte años de Whispering Angel: cómo un rosado lo cambió todo
Sacha Lichine no se limitó a elaborar un gran vino. Inventó una categoría. Mientras Whispering Angel celebra su vigésima añada con el lanzamiento de una edición limitada, brindamos por el rosado que reescribió las reglas.
- Texto de: Joseph Bullmore
Había rosados antes de que existiera Whispering Angel, pero solo en el mismo sentido en que había refrescos de cola antes de que existiera Coca-Cola. Sí, hacía mucho que los expatriados trasegaban copas de vino rosado —a menudo al estilo «piscine», con el tintineo de un buen puñado de hielo picado— en sus segundas residencias de la Provenza y el Languedoc. Y sí, los entendidos en vino dirían que algo como un buen Bandol, con sus embriagadores tonos ruborizados, podía rivalizar en belleza y sutileza con muchas denominaciones de mayor alcurnia. Pero la genialidad de Sacha Lichine, hace ya más de un cuarto de siglo, consistió en comprender que el rosado podía ser rosado, por así decirlo. Un vino tan festivo y ligado a una marca como un champán, y tan mineral y refrescante como un borgoña blanco. Un vino cuyos bonitos tonos melocotón —considerados durante mucho tiempo en tierra de nadie entre los majestuosos pilares del tinto y el blanco— bien podían formar parte de su atractivo sensual. Pero, sobre todo, Lichine —un auténtico bon vivant, a quien a menudo se describe, con razón, como «falstaffiano» por su forma de ver la vida— parecía disfrutar sencillamente de lo que representaba: una copa de la buena vida, sin pretensiones y festiva; esa «copa del cálido sur» que tanto anhelaba el bueno de Keats.


