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Por qué el Ineos Grenadier me conquistó en los Alpes suizos

Por qué el Ineos Grenadier me conquistó en los Alpes suizos

Despreciado por algunos y adorado por otros, el Ineos Grenadier es uno de los recién llegados más controvertidos del mundo del automóvil. Una semana en Suiza reveló por qué esa puede ser su mayor virtud.

Me cuesta pensar en otro coche moderno que haya dividido tanto las opiniones como el Ineos Grenadier.

Desde su lanzamiento, el debate rara vez ha dado tregua. Algunos lo descartan por ser demasiado rudimentario. Otros cuestionan su diseño, su tamaño o si hay sitio para otro todoterreno de verdad en un mercado ya dominado por nombres conocidos. Luego están quienes se limitan a decir: «No se desenvuelve muy bien en Londres». Probablemente tengan razón. Pero, por otro lado, tampoco lo hace un Mercedes Clase G. Ni, en muchos aspectos, un Range Rover de los grandes. Estos coches no están diseñados para meterse en aparcamientos subterráneos ni para deslizarse silenciosamente por Chelsea a la velocidad del trayecto al colegio. Juzgar al Grenadier por su capacidad para circular por King's Road es un poco como criticar a un velero porque no se desenvuelve especialmente bien en la M25.

El Grenadier nunca se diseñó para Londres. Se diseñó para la aventura.

Hace poco tuve la oportunidad de pasar un tiempo con uno en Suiza y, entre puertos de montaña, pistas de grava y pueblos alpinos de una belleza imposible, acabé enamorándome no solo del coche, sino también de lo que Sir Jim Ratcliffe y el equipo de Ineos Automotive están intentando conseguir.

Me alojé en el precioso pueblo de Château-d’Œx, a las afueras de Gstaad, donde el Mercedes Clase G es, sin lugar a dudas, el rey de la carretera. Todos los hoteles de lujo parecían tener una hilera de ellos en la puerta, mientras los Range Rover cumplían discretamente con su cometido. Sin embargo, durante mi estancia solo vi dos Grenadier. En mi opinión, esta rareza no hacía sino aumentar su atractivo.

La gente no lo miraba con desdén. Se paraba, lo observaba y hacía preguntas. Despertaba curiosidad, no críticas. En una localidad donde los coches como símbolo de estatus abundan, el Grenadier consiguió transmitir una imagen gratamente distinta y, me atrevería a decir, hasta molona.

Quizá sea porque, en un mundo en el que tantos SUV prémium se han convertido ante todo en accesorios de moda y solo en segundo lugar en máquinas para disfrutar al volante, el Grenadier transmite una sinceridad extraordinaria. No parece tener el menor interés en seguir tendencias ni en impresionar al aparcacoches. Simplemente quiere cumplir con su cometido.

Las críticas iniciales sobre la dirección están bien documentadas y, en honor a Ineos, han sabido escucharlas. La última versión se muestra notablemente más aplomada, pero sin perder el carácter que la hace única. Y, lo que es más importante, cada trayecto se siente como una ocasión especial.

Los coches de lujo modernos son asombrosamente capaces. Son más silenciosos, más suaves y más avanzados tecnológicamente que nunca. Sin embargo, por el camino, muchos también han acabado resultando bastante impersonales. Te subes, seleccionas la posición Drive y dejas que los ordenadores lo hagan casi todo mientras el asiento te masajea la espalda y una enorme pantalla táctil te pregunta si quieres actualizar el software.

El Grenadier adopta un enfoque muy diferente. La posición elevada al volante ofrece una vista privilegiada de la carretera. Los mandos transmiten una agradable sensación mecánica, casi como los de un avión de combate. Se percibe cada movimiento del vehículo. Exige implicación al conductor y recompensa su atención.

Jeremy Clarkson captured this surprisingly well after driving the Grenadier's sibling, the Quartermaster. "You need to put in a shift," he wrote, before concluding that "after a while you'll begin to rather enjoy it. It was like going back to the olden days." Reading those words after my week in Switzerland, I couldn't help but agree. The Grenadier reminds you that driving can still be an activity, not merely a mode of transport. Above all else, it's fun.

And perhaps that's what Sir Jim Ratcliffe deserves the most credit for. At a time when so much of the automotive industry seems intent on making every SUV feel broadly the same, Ineos has had the courage to build something with genuine personality. That alone is an extraordinary brave achievement.

Lanzar un fabricante de automóviles completamente nuevo en el mercado actual no es tarea fácil. Las barreras de entrada son enormes, las normativas son cada vez más estrictas y los fabricantes consolidados cuentan con décadas de experiencia a sus espaldas. Y, sin embargo, Ineos ha logrado crear un vehículo que no parece una imitación de ningún otro. Tiene personalidad propia.

De pie junto al Grenadier, con los Alpes suizos como telón de fondo, pensé que quizá en el futuro recordemos estos Station Wagon de primera generación de forma muy parecida a como hoy vemos los primeros Land Rover Defender. No porque sean perfectos, sino porque representan algo.

The design is refreshingly free of fashionable gimmicks that will inevitably date. The engineering feels honest, robust and built with longevity in mind. It isn't trying to reinvent the wheel; it's trying to build something that will still be earning its keep in twenty or thirty years’ time and I suspect it will.

El Grenadier no será para todo el mundo. Nunca ha pretendido serlo.

If your life revolves around squeezing through London's narrow streets or spending hours in stop-start traffic, there are probably better options. But if you live in the countryside, the Highlands or the Alps, or simply long for a car that reminds you why you fell in love with driving in the first place, then the Grenadier deserves your attention.

Después de pasar un tiempo con el Grenadier en Suiza, me di cuenta de algo bastante inesperado. No solo había descubierto un coche nuevo que me gustaba, sino uno que me hacía sonreír cada vez que me ponía al volante. Y, hoy en día, eso es cada vez menos habitual.

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