
¡Oh, Danny Boy!
Danny Dyer se acerca poco a poco a la categoría de tesoro nacional, tras recorrer un camino marcado por altibajos, bravuconería y vulnerabilidad
- Texto de: Vassi Chamberlain
- Fotografía: Adam Fussell
- Estilismo: Zak Maoui
- Peluquería: Liz Taw
«Esto es la hostia», dice Danny Dyer mientras contempla el restaurante del hotel Mandarin Oriental de Knightsbridge, donde estamos acomodados en un banco tapizado de terciopelo. «Aquí huele a dinero». Coge un par de palillos que hay sobre la mesa. «A mí me encantan los palillos. ¿Sabes? Mi chófer se mudó a China cuando tenía 16 años. Es de Enfield, pero habla mandarín. Hasta come pasta con palillos. Por lo visto, cuanto más arriba los sujetas, más civilizado eres». Por si no me había quedado claro, me hace una demostración de su destreza con los palillos.
Dyer, de 47 años, es un tipo peculiar. A lo largo de nuestra conversación, este parlanchín con mocasines Gucci y reloj de oro se mostrará alternativamente como un adolescente descarado vestido de adulto (hoy lleva un jersey negro de cuello alto y unos vaqueros negros), un bocazas de tomo y lomo («David Cameron es gilipollas» es solo un ejemplo) y, por encima de todo, como un chico que resurgió de las cenizas de una infancia difícil para convertirse en un hombre que ahora cuenta con el cariño de todo el país y conduce un Bentley.
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Pero también tiene un lado inesperado. Dyer es un sabio elocuente que reflexiona profundamente, entre otras cosas, sobre el clasismo, la salud mental, lo que significa para él la masculinidad y cómo sus años de desenfreno y consumo de drogas afectaron a sus seres más cercanos. Pese a toda su pose de tipo duro, está claro que en el fondo es un pedazo de pan.
«Bien», dice Dyer, dándose una palmada en su muslo fornido, ya sea porque se está preparando para el combate o, más probablemente, porque no le entusiasman las entrevistas. Aunque no se le nota. Pronuncia cada palabra con una contundencia digna de Guy Ritchie.
Estamos aquí para hablar de la recién estrenada segunda temporada de la disparatada comedia Mr Bigstuff (por cuya primera temporada ganó un BAFTA de televisión a la mejor interpretación masculina en una comedia), en la que encarna a Lee, un adorable tarado, junto a Glen, su hermano distanciado, que ha vuelto a su vida y al que interpreta Ryan Sampson, también guionista de la serie. No para de soltar la palabra «coño» con un desparpajo delicioso.
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Le digo que acabo de ver los tres primeros episodios y comento que parece hecho para los papeles cómicos. «Me encanta la disciplina que exige», dice. «Nunca había hecho algo así. En el plató se respira una energía completamente distinta cuando haces reír a la gente». Y desde luego que lo consigue. En una escena, lo vemos corretear desnudo por una calle, con el trasero al aire dando alegres botes. «Me lo taparon con un calcetín. No querrías verme correr de frente con un calcetín cubriéndome, ya sabes, la polla y los huevos. Intentaron que fuera del mismo color que mi piel, pero se soltó y se cayó». Los vecinos del barrio de viviendas sociales donde se rodó la escena empezaron a grabarlo.
En otra escena, el personaje de Dyer está sentado en un sillón con una bata rosa, una botella de vodka en la mano y unos auriculares puestos, escuchando a Barry Manilow mientras llora desconsoladamente. Es un momento de una ternura conmovedora.
La masculinidad y el trauma (del que sufrió bastante durante su infancia) son los dos temas recurrentes a los que volverá una y otra vez durante nuestra conversación, en concreto, cómo el uno alimenta al otro. «Como actor, necesitas tener algún trauma», afirma, «cierto desprecio por ti mismo. Y tienes que ser muy sensible para poder conectar con todo eso. Los actores somos un grupo peculiar. Somos seres humanos realmente extraños».
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Teniendo en cuenta su facilidad natural para expresarse, ¿se ha planteado alguna vez escribir su propia serie? «Cuando eres un actor joven, no te apetece una mierda», dice. «A medida que te haces mayor, empieza a fascinarte. Si alguna vez dirigiera algo, tendría que ser algo escrito por mí. Ya sabes, muy de clase obrera. Me gustaría contar con actores jóvenes sin pulir que nunca hayan trabajado. Pero ahora mismo no tengo tiempo. Estoy demasiado ocupado».
No bromea. Para documentarme, indago en sus apariciones más recientes: su divertidísima participación en Desert Island Discs a principios de este año, en la que charla distendidamente con Lauren Laverne sobre la vida. Pero son sus elecciones musicales las que de verdad destacan por su autenticidad y por no parecer fruto de una selección premeditada: «Slave to Love», de Bryan Ferry; «Rebel Yell», de Billy Idol; y «Wicked Game», de Chris Isaak, entre otras.
Después veo su intervención, de una vulnerabilidad conmovedora y entrañable, en el programa de la BBC «The Assembly», un nuevo formato en el que una celebridad se somete a las preguntas de 35 personas autistas y neurodivergentes con discapacidad intelectual, que le plantean toda una serie de preguntas sin guion sobre temas como la clase social, la terapia, el dinero y su kebab favorito. El programa termina con él llorando desconsoladamente.
Al igual que su hija Dani Dyer, que saltó a la fama en «Love Island», Dyer padre también se ha pasado recientemente a los realities, participando en «Celebrity Bake Off», «Celebrity Gogglebox», «Who Do You Think You Are?» (donde descubrió, como es bien sabido, que desciende de Thomas Cromwell, consejero de Enrique VIII, y, remontándose aún más, de Eduardo III), «Danny Dyer’s How To Be a Man», además de presentar el concurso «The Wall».
Pero fue su papel en la serie de Disney+ del año pasado, «Rivals», basada en la novela superventas homónima de Jilly Cooper de 1988, el que cautivó al país y consiguió que, por fin, la industria se fijara en él. Y, aunque no es uno de los personajes principales, es, con diferencia, la gran revelación de la serie.
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«Mi personaje se llevó todo el protagonismo», dice, mientras lanza otro puñetazo de satisfacción. «Freddie Jones [su personaje] es un osito de peluche que sabe morder, con algo de barriga, un par de papadas y una mirada bondadosa». ¿Le sorprendió la reacción del público? «Rivals demuestra que me tomo en serio mi oficio. Me alegra que mi personaje, de clase trabajadora, no sea el tonto. Soy el más listo y, con diferencia, el más rico».
Se endereza y recita su frase favorita, la que le soltó al irascible y narcisista personaje de David Tennant, Tony, un rico empresario que vive en una mansión señorial. «Odio a los esnobs, Tony —empieza con tono amenazante—, y tú eres el peor de todos porque has olvidado de dónde vienes». Hace una pausa y niega con la cabeza. «Y pensar que no me dieron un premio por eso. Pero espera a la próxima temporada. La estoy rodando ahora mismo». Eso explica el bigote que luce hoy.
Teniendo en cuenta el tiempo que lleva presente en el imaginario colectivo, el reconocimiento general ha tardado mucho en llegar, sobre todo porque lo han encasillado en diversos papeles de tipo duro. Empezó a actuar de adolescente tras dejar el colegio, donde sufría acoso, y se matriculó en una escuela de arte dramático del norte de Londres. Su primera aparición fue en Prime Suspect en 1993.
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Su gran oportunidad llegó con Human Traffic en 1999, una película iniciática centrada en la cultura de las drogas y las discotecas de la época, cuya trama transcurre durante un fin de semana en Cardiff, seguida de Mean Machine en 2001 y, en 2004, Football Factory, repleta de hooligans. En todas ellas interpreta el arquetipo con el que más lo asociamos como actor: el de un joven bocazas, rudo y delincuente del este de Londres. Se encasilló aún más cuando se convirtió en un rostro habitual de nuestras pantallas en EastEnders entre 2013 y 2022 (tras haber rechazado inicialmente el papel en 2009), interpretando a Mick Carter, el propietario del Queen Vic. Después llegaron los años de Pinter —o, como él los llama, «mis años con Harold»—, en referencia al dramaturgo y premio Nobel Harold Pinter. Ambos congeniaron de inmediato, entre otras cosas porque Pinter era originario de Hackney. «Le fascinaban mi forma de ser, mi crudeza y lo mucho que digo palabrotas», cuenta. «Harold imponía cierto respeto, pero yo nunca le tuve miedo».
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En 2000, Dyer protagonizó la obra de Pinter Celebración en el Almeida, que después se trasladó a Broadway. Eufórico por encontrarse en la Gran Manzana, y posiblemente también aterrorizado, se dio un atracón de drogas la noche antes de su debut sobre el escenario. «Tomé crack», cuenta. Cuando llegó el momento de decir sus frases, se quedó paralizado en escena, demasiado colocado para recordar el texto, y sufrió un ataque de pánico. El reparto intervino y le sacó del apuro. ¿Cómo reaccionó Pinter? «Me di cuenta de que estaba cabreado conmigo, pero me rodeó con el brazo y me dijo: “No puedes meterte putas drogas y subir a un escenario. O sí puedes, pero acabarás dándote una hostia de cojones”. Aprendí la lección por las malas».
Estaba claro que no había rencor, porque un año después Pinter le dio un papel en Tierra de nadie en el National Theatre. Con el tiempo perdieron el contacto, sobre todo porque Dyer había perdido el rumbo. Una mañana de 2008, tras una noche de excesos, estaba comprando cigarrillos en una gasolinera cuando vio en el periódico el titular «Pinter ha muerto». «La verdad es que esto me sumió en una espiral de locura», contó en Desert Island Discs. «La culpa por haberme alejado de él y por estar completamente perdido: era un alma un tanto perdida y estaba enfadado con el mundo».
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Su consumo de drogas alcanzó su punto álgido durante sus años en EastEnders. «Tardé mucho tiempo en darme cuenta de que tenía que bajar el puto ritmo». Sabía que necesitaba ingresar en un centro de rehabilitación, pero no en Inglaterra. «No quería ir al Priory [el centro de rehabilitación de Putney], así que me fui a uno de Sudáfrica».
Comenzó de forma memorable sus memorias de 2010, Straight Up, con estas palabras: «Siempre he tomado drogas y probablemente siempre lo haré, pero hay una diferencia entre meterse de vez en cuando una discreta raya por la nariz como recompensa por un trabajo bien hecho y dejar que controle tu vida». Le pregunto si sigue siendo así —si aún toma drogas—, pero se va por las ramas y ofrece una especie de respuesta. «Me gusta pasármelo bien», dice. «Me gusta un buen vino. Un Gavi. Me encanta una cerveza bien fuerte, joder. Una Stella bien fría, siempre de barril, o una Heineken. Un buen vino blanco fresco. Toda esta charla me está dando…». Como también dice en el libro: «Creo que todo con moderación».
La angustia, si es que puede llamarse así, se remonta, como suele ocurrir, a sus años de formación. Se crio en una vivienda de protección oficial en Custom House, una zona conflictiva del este de Londres, en el seno de una familia de matriarcas. «El peligro se respiraba en el ambiente», afirma. Recuerda que, de pequeño, un día alargó la mano para coger la de su padre mientras cruzaban la calle. Le dijeron que no volviera a hacerlo nunca. Su padre, que trabajaba como albañil y decorador, abandonó a la familia cuando Danny tenía nueve años, después de que se descubriera que tenía otra familia en secreto. Atribuye a su abuelo materno, con quien mantenía una relación especialmente estrecha y que le mostraba afecto, el haberle enseñado que se podía ser hombre y tener un lado vulnerable.
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Aunque ahora se ha reconciliado con su padre, la única constante en su vida es su esposa, Joanne Mas (se casaron en 2016 y viven en Debden, Essex), que evita la atención pública. La conoció cuando tenía 13 años y tienen tres hijos: dos hijas, Dani y Sunnie, y un hijo, Arty.
«Me pasaba el día mirándola, pero ella ni siquiera reparaba en mí», dice sobre su yo adolescente. «Era la chica más guapa del instituto y yo, el más desaliñado». Levanta la vista hacia el techo y se queda pensativo un instante. «Con todo esto de la fama, la he arrastrado a una aventura de locos», continúa. «Ella no eligió nada de esto ni, ya sabes, que yo perdiera un poco la cabeza durante una temporada. Tiene que tener mucha paciencia conmigo».
De momento, Dyer se está preparando para la boda de su hija, que se celebra dentro de cuatro días. ¿Sabe ya qué se va a poner? «Un precioso traje azul marino cruzado de Savile Row», dice, como si estuviera describiendo su curry favorito. «El único problema es que en todas las fotos de la boda saldré yo con un puto bigote».
¿Al menos le parece bien con quién se casa? «Quiero muchísimo a la persona con la que se va a casar. Juega en el West Ham [el delantero Jarrod Bowen]. Creo que soy el padre de la novia más afortunado de la historia. Estoy más enamorado de su chico que ella. Se casa con la Dani Dyer equivocada».
Hablando de hijos: ¿qué opina de todo el revuelo actual en torno a los «nepo babies»? ¿Intenta protegerlos de ello? «Es una locura», dice. «No está mal visto en el ejército, ni entre médicos y dentistas; solo en el mundo del arte. Les abriré a mis hijos todas las puertas que pueda. ¿Por qué no iba a hacerlo? Quiero darles una vida de puta madre. Siempre les he dicho: si tenéis algo de talento [su hija Sunnie también es actriz] y sois muy amables, llegaréis lejos. Porque te das cuenta de que mucha gente de este sector tiene muchísimo talento, pero son unos putos gilipollas. Tienen buenos relaciones públicas a su alrededor, así que nadie lo sabe, o el público no lo sabe, pero todos los del sector sí».
¿Y qué será lo próximo para Danny Dyer? «Me encantaría interpretar a un aristócrata gay», dice, contra todo pronóstico. «No, de verdad. Solo tendrán que darle a mi bigote una forma un poco más de manillar». De momento está ocupado promocionando su papel en Marching Powder, una película sobre la adicción a la cocaína.
«Sabes, ahora ya tengo suficiente dinero para vivir y viajar», continúa. «Y para cuando tenga 55 años y mi hijo pequeño tenga 19, estaré en una edad en la que mi mujer y yo querremos irnos por ahí a explorar mundo y mandar todo a la mierda, y luego quizá volver y hacer alguna obrita de teatro. Quiero decir, mira a Ray Winstone. Es uno de mis ídolos. Se ha largado a Sicilia. Vive allí. Cultiva olivos».
Su asistente personal, sentada cerca, anuncia que se nos ha acabado el tiempo. Dyer se levanta de inmediato y se cruza el bolso bandolera. «Bien —anuncia—, vamos a acabar con esta puta mierda». Me da un abrazo y se dirige con paso firme hacia donde lo espera el equipo de maquillaje y peluquería. Mientras me alejo, veo a uno de los miembros del equipo sosteniendo una pinta de cerveza. «Esto es para Danny», dice. Por supuesto.
Este artículo se publicó originalmente en nuestro número de verano de 2025. Más información aquí.
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