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«La música nos da orden en un mundo caótico»: la alegría inevitable de Jon Batiste

«La música nos da orden en un mundo caótico»: la alegría inevitable de Jon Batiste

Coincidiendo con el lanzamiento esta semana de tres nuevos y extraordinarios álbumes, el cantante y compositor habla sobre el sentido, el ego y el poder de escuchar.

  • Texto de: Joseph Bullmore
  • Fotografía: Noah Sapon
  • Asistente: Jethro Sapon
  • Director de fotografía: Max Kessell
  • Estilista: Tim Brooks
  • Peluquero canino: 5ive
  • Ubicación: KOKO London

Jon Batiste crea una nueva lista de reproducción casi todos los días: una selección de canciones que, de algún modo, capta el estado de ánimo del momento, tal como es o como a él le gustaría que fuera; una banda sonora para una mañana en casa, para salir corriendo a coger un vuelo durante una gira o, quizá, para justo antes de una entrevista por Zoom con una revista en la que vuelven a pedirle que exprese con palabras lo que, francamente, ya ha explicado mil veces con sus propias canciones. ¿Quién fue el que dijo que escribir sobre música es como bailar sobre arquitectura?

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Mientras hablamos, Batiste selecciona algunos temas de su lista de reproducción para hoy: «Human Nature», de Miles Davis; varias canciones de una cantante llamada Jackie Evans; prácticamente un álbum entero del clarinetista de jazz de Nueva Orleans Alvin Batiste (sin parentesco). Y podría seguir. Batiste cuenta con un vastísimo repertorio de referencias musicales del que nutrirse. Como corresponde, sus propias actuaciones no entienden de géneros. Hay un vídeo viral en internet que aparece en mi feed prácticamente todas las semanas, en el que Batiste toca el piano en la CNN para el presentador Chris Wallace y transforma «Para Elisa», de Beethoven, de su forma clásica al blues, después al góspel y de nuevo a la forma original, con el centelleo de sus dedos. Tan llamativa como la música es su forma de reírse justo al terminar el truco, mientras Chris Wallace dice, con los ojos como platos: «Es increíble». «Oh, solo estaba jugando», responde Batiste, con un acento de Nueva Orleans que ya está lleno de musicalidad. Pero es precisamente por este genio espontáneo por lo que Batiste es conocido y querido: como antiguo director de la banda de The Late Show with Stephen Colbert; como cocompositor de la increíble banda sonora de Pixar Soul; y como intérprete y pianista ganador de varios Grammy; el favorito de la industria que, aun así, encarna una historia de éxito tan libre de cinismo como quepa imaginar.

Este genio se manifiesta en toda su plenitud en un trío de nuevos álbumes extraordinarios, publicados este viernes, en los que Batiste adopta la personalidad de dos precursores musicales: Mozart y Thelonious Monk, uno de sus eternos ídolos. En ‘Black Mozart’, Batiste reinterpreta el canon del gran compositor a través de un ciclo de música afroamericana que incorpora de forma conmovedora elementos de blues, ragtime, góspel y jazz. ‘Monk Meditations’ y ‘Monk Movements’, por su parte, más que álbumes son dos composiciones únicas, envolventes, cautivadoras e hipnóticas: la primera, una interpretación meditativa e introspectiva de las piezas de jazz de Monk; la segunda, un extenso, sincopado y festivo recorrido a ritmo de swing por sus distintos estilos. En conjunto, muestran la inagotable inventiva y creatividad de Batiste, así como su capacidad para deslizarse por el espectro de 500 años de composición y sintonizar sin esfuerzo, como con el dial de una vieja radio, distintos momentos y movimientos a voluntad.

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Quizá se diría que es camaleónico, pero no es exactamente la palabra adecuada: los camaleones cambian en función de su entorno; Batiste parece seguir siendo exactamente el mismo, mientras que somos los demás quienes cambiamos a su alrededor. La gente que conozco habla de sus conciertos —una embriagadora mezcla sinfónica de piano clásico, improvisación jazzística y una participación del público cargada de emoción— con la voz a menudo entrecortada. Batiste cuenta, con cierto asombro, que al terminar sus conciertos algunos asistentes le han dicho que «ha sido la experiencia más importante de su vida». No la experiencia musical ni el concierto, sino la experiencia sin más. Muchos de ellos hablan de una extraña y repentina sensación de conexión con familiares, vivos y muertos, a través de las generaciones. Dice que les responde cuando puede. «No puedo dejar sin respuesta algunas de las historias increíbles que comparte la gente».

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Un viernes por la tarde de finales de junio, en plena e inquietante ola de calor, Batiste ofreció la tercera actuación de una residencia de cuatro conciertos en KOKO, la histórica sala de conciertos de Camden, que estaba abarrotada hasta sus barrocas vigas de gente que, de vez en cuando, se balanceaba, sonreía e interactuaba —de una forma muy poco londinense— con quienes tenía alrededor. Hacia la mitad de la actuación principal, cuando Batiste sacó la melódica —ese extraño juguete infantil, mezcla de flauta y piano, que ocupa un lugar central en tantas de sus actuaciones—, me di cuenta de que nadie sostenía el móvil en alto para intentar capturarlo todo. Aquello me pareció un pequeño milagro en sí mismo.

La residencia llegó a la ciudad para celebrar el 125.º aniversario de este local de la época victoriana, con una fiesta continua que se prolongó hasta bien entrada la noche con una serie de jam sessions nocturnas y actuaciones improvisadas, dirigidas por Batiste y el vocalista Michael Mwenso. Estas tuvieron lugar en Ellen’s, el íntimo bar de jazz escondido en algún rincón de House of Koko, el maravillosamente esotérico club privado del local. Daban la sensación, muy apropiadamente, de estar celebrándose en una década completamente distinta.

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Abajo, en el recinto principal, el escenario estaba muy concurrido. Junto a la numerosa banda habitual de Batiste —cada uno de cuyos integrantes interpretó un solo arrollador bajo los focos—, actuaron con él Corinne Bailey Rae (que cantó a su lado un sublime dúo de «Moon River»), el Autistic Adult Choir y Jamison Ross, el excepcional multiinstrumentista, que en un momento dado se lanzó a interpretar un hipnótico «Yesterday» acompañado por el público.

¿Qué unía a todas aquellas personas sobre el escenario del KOKO? «Todos tienen una gran generosidad de espíritu y un alma verdaderamente profunda», dice ahora Batiste. «Pero también poseen una auténtica maestría, fruto de estudiar lo que yo llamo música “piedra de Rosetta”: música que no está necesariamente presente en el imaginario cultural». Pero, sobre todo, afirma, «no son esnobs ni egocéntricos al respecto. Es un grupo de personas con una maestría y un talento propios de genios y que, aun así, saben transmitirlos a cualquiera que conozcan. Eso es muy difícil de encontrar». Quizá uno de los curiosos trucos de un concierto de Batiste sea que, a mitad de la actuación, uno empieza a sentir que también canta mejor.

Le pregunto a Batiste por la cita con la que comienza el documental de Netflix de 2022 sobre él, American Symphony. La película retrata un momento extraordinario de su vida: un periodo de doce meses en el que se convirtió en el artista con más candidaturas de la edición de los Grammy de aquel año, con once nominaciones, de las que ganó cinco. Pero también fue una época en la que a su esposa, la escritora Suleika Jaouad, volvieron a diagnosticarle leucemia y tuvo que someterse a un durísimo trasplante de médula ósea. La cita en la que pensaba es esta: «La música no nos gusta porque suene bien; nos gusta porque suena inevitable».

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«Lo que quería decir con eso —explica ahora— es que suena como lo único que podría haber sido; siempre ha estado ahí y se expresa de una forma que parece inevitable; y eso es emocionante, porque nos aporta orden en un mundo caótico; pone orden en nuestra vida interior».

Un científico te diría, en la misma línea, que la música satisface la obsesión del cerebro humano por reconocer patrones: nuestro amor por los temas y motivos recurrentes, que ha marcado la existencia de nuestra especie desde siempre, desde el cambio de las estaciones hasta el ciclo de las mareas. (El instrumento musical más antiguo que se conoce es una flauta fabricada con un hueso de buitre hace unos 40.000 años). También te explicaría cómo cierta sensación de «inevitabilidad» en las piezas musicales activa poderosamente nuestros afinados sistemas de anticipación y recompensa. En 1956, un musicólogo llamado Leonard Meyer escribió un libro titulado Emoción y significado en la música, en el que explicaba cómo la naturaleza intrínsecamente repetitiva de la música predispone a nuestro cerebro a percibir que algo está a punto de cambiar, que sin duda llegará una variación sobre un tema. «Creemos que el compositor no es tan ilógico como para repetir la figura indefinidamente», escribe. Así, cuando el cambio finalmente llega, sentimos una inmensa recompensa. «Cuanto mayor es la acumulación de suspense, de tensión, mayor es la liberación emocional al resolverse». Cualquiera que haya experimentado un «subidón» catártico que eleva el alma sabrá en qué consiste esa «liberación emocional» concreta.

Pero Batiste también da a entender que la música va más allá de los meros sistemas químicos de recompensa, de simples patrones y resoluciones. Para él, parece imitar, expresar o canalizar (estas palabras no son del todo adecuadas, y quizá ahí radique parte de la cuestión) nuestras emociones más íntimas mejor que casi cualquier otra cosa. El compositor del siglo XVII Marc-Antoine Charpentier decía que fa menor es «oscuro y lastimero». Beethoven describía si menor como «negro o sombrío». Mahler escribió que una tríada de fa sostenido mayor estaba marcada por «un dolor y una angustia profundos y desgarradores». Mi profesora de piano de la infancia me dijo una vez que la mayoría de los ríos fluyen en tonalidades mayores y que, por eso, asociamos estas tonalidades con la esperanza y la felicidad, del mismo modo que asociamos el agua con la vida.

«Es como esas cosas que te hacen llorar cada vez que las oyes; esas cosas que te hacen bailar cada vez que las oyes», declaró Batiste a NPR en 2024. «Simplemente hay algo en el ADN de ese sonido».

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«Y de eso es de lo que habla la música: del lenguaje de lo invisible», dice ahora Batiste. «Habla del mundo que llevamos dentro, del lenguaje del alma y del lenguaje de las cosas que forman parte de nuestra manera cotidiana de entender cómo nos desenvolvemos por el mundo, cómo vemos a los demás y cómo procesamos las emociones y los sentimientos». (Mi madre siempre ha tenido pegada en la nevera una cita de la bailarina Margot Fonteyn: «Lo expliqué cuando lo bailé»).

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Y así, quizá, el verdadero poder no surge simplemente cuando una canción expresa algo inexpresable que llevamos dentro, sino también cuando parece poner cierto orden en eso que no se puede expresar, afirma Batiste. «Que algo permita percibir orden en ese ámbito es muy poderoso. Es también una de las pruebas más claras de la existencia de Dios. ¡Vaya, hay un sentido! Te hace sentir que, en medio de todo el caos, hay un sentido».

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Batiste cuenta que, cuando crecía en Nueva Orleans, «siempre estaba escuchando» y que prácticamente no habló hasta los diez años. Cree que esto le permitió conocerse a sí mismo de una forma mucho más profunda y sincera de lo que la mayoría de nosotros tenemos ocasión. «No pasamos ni de lejos suficiente tiempo en silencio», opina, ni nos permitimos escuchar lo que realmente queremos. Batiste ha trabajado mucho con Rick Rubin, el legendario productor y gurú creativo, en sus estudios Shangri-La. Una parte de la extensa filosofía de Rubin sostiene que debemos limitarnos a escuchar lo que realmente quiere una noción superior de la creatividad —o Dios, o el universo, o como quiera llamarse— y, después, canalizarlo sin más en la obra, sin obstáculos ni ideas preconcebidas y con el menor ego posible. Cuando Batiste entra en «ese estado de flujo», asegura que de verdad siente que algo o alguien más lleva las riendas. Puede pasar días enteros en ese estado de receptor, conducto, «o recipiente, aunque esa no es exactamente la palabra adecuada», dice; «a veces tienes que acordarte de comer». Le pregunto qué les dice a sus compañeros de banda justo antes de salir al escenario. «Más de Dios, menos de mí».

Batiste parece capaz de conectar con ese gran algo más con una facilidad y una fluidez extraordinarias. Mientras piensa y habla, a veces sus dedos empiezan a tocar música en el piano o a tamborilear sobre cualquier superficie que tenga a mano. «Cuando te llega la inspiración de esa manera, es como una pista», dice en aquella entrevista de CNN mientras sus manos recorren las teclas con glissandos ascendentes y descendentes. «Eso me va revelando cada vez más lo que quiere llegar a ser. La clave está en escuchar y limitarse a ser el vehículo de lo que surge».

Esas ideas iniciales, dice, surgen cuando «estás leyendo o caminando por la calle, o puede que estés dormido y se te aparezcan en un sueño». O quizá al escuchar algo de su lista de reproducción de ese día. No creo que sea tan sencillo como que el arte inspira al arte, aunque sin duda aquí también ocurre eso. Más bien parece que las cosas que son de algún modo verdaderas, puras o sencillamente extraordinarias suelen provocar algún tipo de reacción en el cerebro de quienes son realmente receptivos a ellas. Pienso en la historia de Haruki Murakami, el gran novelista japonés, que no sentía ninguna inclinación por escribir libros hasta que, un día de abril, a los 33 años, estaba sentado al sol viendo un partido de béisbol y uno de los bateadores logró un espectacular home run. «El satisfactorio chasquido del bate al golpear la pelota resonó por todo el estadio Jingu», contó Murakami más tarde. «A mi alrededor se alzaron aplausos dispersos. En aquel instante, sin motivo ni fundamento alguno, me asaltó de pronto un pensamiento: Creo que puedo escribir una novela. Todavía recuerdo con exactitud aquella sensación. Fue como si algo hubiera bajado revoloteando del cielo y yo lo hubiera atrapado limpiamente entre las manos». Me pregunto, entre todas las historias que Batiste oye sobre las extraordinarias reacciones de la gente a sus conciertos, cuántas serán del tipo: «De pronto me di cuenta de que debía escribir ese poema, aprender carpintería, hacerme arborista o desempolvar mis pinceles».

Me gusta esa historia de Murakami porque transmite una extraña sensación de inevitabilidad, quizá gracias a la forma tan sencilla y realista que tiene de contarla. La improbable secuencia (jonrón, novela) parece, de algún modo, lógica en ese momento. Batiste dice que la música es hermosa porque es inevitable y, al hablar con él, uno tiene la sensación —como ocurre a veces con las personas dotadas de un talento sobrenatural— de que su carrera también era completamente inevitable. Hay en ella un bonito, gratificante y recurrente patrón: el estudiante de Juilliard al que tomaban por loco por tocar la melódica regresa para formar parte del consejo de la institución. Pero también una atractiva variación sobre un mismo tema: el director de una banda en una estación de metro que acaba dirigiendo la banda de uno de los programas más importantes de la televisión. El pianista clásico que gana los premios más importantes del pop. ¿Qué hará Batiste a continuación? ¿Y tú? Tendremos que seguir escuchando para descubrirlo.

La extraordinaria nueva trilogía para piano solo de Jon Batiste —Black Mozart, Monk Movements y Monk Meditations— se publicará el 14 de agosto.

Jon Batiste llevó su residencia de cuatro noches a KOKO como parte de la celebración del 125.º aniversario de este histórico recinto. Descubre más sobre KOKO y su club de socios, House of KOKO

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