
«La moda te permite proyectarte hacia el futuro…» — Samuel Ross
Samuel Ross MBE, diseñador y director creativo
- Texto de: Jason Okundaye
- Fotografía: Barney Curran
Samuel Ross me asegura que «no hay otra herramienta social tan democrática como la moda». Es una afirmación curiosa viniendo de alguien que trabaja en el sector del lujo, dada la asociación de la alta costura con precios elevados y una exclusividad intrínseca. Pero, para este polifacético diseñador y artista, la moda se concibe como un medio para que «la gente vea más allá de tus circunstancias inmediatas. Es casi como si pudieras proyectarte hacia el futuro».
Cuando Ross era estudiante universitario, escribió su trabajo de fin de carrera sobre «el poder del traje de dos o tres piezas en pleno movimiento por los derechos civiles, con especial atención a la Nación del Islam y Malcolm X». Habla de cómo quienes aspiran a un cambio, ya sea personal o sistémico, han utilizado la moda para «recurrir en un instante a códigos y símbolos ancestrales». No se trata tanto de hacer ostentación del precio como de utilizar la ropa para comunicarnos y, sobre todo en el contexto británico, para movernos entre distintos estratos sociales. «Eso es lo liberador y emancipador de la ropa», afirma; «la imagen del traje o la imagen del chándal… te presentas ante el mundo sin ser juzgado. O para ser juzgado».


Reflexionamos sobre la clase social y las aspiraciones a través de la moda porque, dos noches antes de que nos reuniéramos en las Peninsula Residences de Londres, Ross había estado viendo un documental de 1998 en cuatro partes sobre la generación Windrush, disponible en BBC iPlayer. Vive en Northamptonshire con su mujer y sus dos hijas, cerca del lugar donde se crio con sus padres caribeños, ambos docentes, tras pasar temporadas en San Vicente y Barbados. Habla de sus abuelos, que habrían formado parte del grupo que vio en el documental. «Aquella generación, las matriarcas y los patriarcas, llegaron como… si tuviera que encuadrarlos en una clase política, la mayoría serían capitalistas liberales con una visión relativamente conservadora del mundo. Por eso llegaron a Inglaterra vestidos de traje de pies a cabeza, para aprender un oficio, acumular beneficios y decidir si quedarse o regresar a casa».
«Veo la sastrería y los trajes como lo que son: una gran puesta en escena».
Esa es solo una de las reflexiones políticas que Ross hace durante nuestra conversación, salpicada con frecuencia de observaciones sobre los negocios, el capital, el gobierno y la ideología. Su educación le inculcó una forma de pensar sobre el mundo desde un marco económico preciso. Él se considera más bien «centrista», pero su padre se definía como «anarquista» o, según Ross, «socialista», y trabajaba como proveedor de vidrieras para la restauración de ventanas de iglesias. «No le interesan en absoluto la rentabilidad fiscal, el crecimiento, los bonos ni la deuda pública. Su mente no funciona así». Ross y su padre estrechaban lazos construyendo cámaras estenopeicas desde cero y, cuando Ross pensó que quizá se dedicaría a la informática o la ingeniería, montaban ordenadores juntos y asistían a ferias de informática. «Hablábamos de cuestiones más amplias, como la política, el sentido de pertenencia, la raza y la religión. Es un pilar fundamental en mi vida».
Aunque se crio en una familia de izquierdas, considera que su infancia lo empujó a buscar el beneficio económico. Afirma que las ventajas de pasar su infancia entre Gran Bretaña y el Caribe fueron «fantásticas», pero que vivió en una situación de relativa pobreza, por lo que tomó decisiones para «aliviar las dificultades económicas del hogar». Ese fue el principal motivo por el que se decantó por el diseño, algo con una salida profesional clara, en lugar de por una opción más centrada en una disciplina concreta, como las bellas artes. También explica por qué su práctica se ha extendido a la moda, el diseño industrial, el diseño de producción y el arte, entre otros ámbitos. «Siempre he sentido cierto rechazo a comprometerme por completo con una disciplina concreta, algo que probablemente tenga su origen en el miedo a la pobreza».
Ross, de 34 años, se inició en la industria desde una posición de partida quizá de las más excepcionales: a los 20 años fue el primer becario del difunto Virgil Abloh y trabajó en la marca que acabaría convirtiéndose en Off-White. «Todo empezó de manera muy formal. Necesitaba un asistente de diseño y conseguí llamar su atención». Abloh había sido nombrado director creativo del álbum DONDA de Kanye West e incorporó a Ross al equipo. «Empezamos a trabajar sin descanso, las 24 horas del día. Ahora Kanye es un paria, lo que hace que resulte extraño, pero desempeñó un papel fundamental. Sin una superestrella de primer orden, no hay un mecenas para las artes negras. Aquella fue nuestra familia Médici, y ese periodo permitió que estas perspectivas culturales negras, diaspóricas y de tercera ola pudieran existir, comercializarse y generar beneficios».
Tres años y medio después, Ross se marchó para fundar la marca de ropa deportiva de lujo A-COLD-WALL*, porque quería crear algo específico de su realidad. «Veía que en la moda, la cultura y el deporte se estaba contando una narrativa afroamericana muy clara, pero no había nada equivalente en el Reino Unido. En esencia, solo podía basarme en lo que veía desde la ventana de mi habitación de la infancia, y eso se convirtió en la paleta, las siluetas, las formas y las referencias de ACW». Aquella visión de la marca tuvo claramente una gran acogida y se convirtió en un éxito extraordinario. Ganó premios —entre ellos, el Hublot Design Prize y el British Fashion Award al Diseñador Emergente de Moda Masculina— y consiguió codiciadas colaboraciones con Nike y Oakley, además de que sus obras pasaran a formar parte de las colecciones permanentes del Victoria & Albert Museum y el Metropolitan Museum of Art. También fue nombrado miembro de la Orden del Imperio Británico por sus servicios a la moda. En 2019 fundó SR_A SR_A, el estudio de diseño industrial que su sitio web describe como «una exploración continua de la belleza industrial de prendas, objetos y espacios valiosos, impulsada por la artesanía». En gran medida, fue su respuesta a los modelos de precios y a la sobreproducción que, a su juicio, eran endémicos en el sector del lujo. En 2023 vendería su participación mayoritaria en ACW y dejaría su cargo de presidente del consejo de administración.
En 2020, Ross puso en marcha la Black British Artists Grant, una beca destinada a artistas negros británicos y otros artistas racializados. Tras convertir A-COLD-WALL* en una empresa rentable «construida sobre los ritmos de la sociedad moderna… lo correcto era asegurarse de reservar una partida económica para devolver algo a las personas que se vieron reflejadas en ese relato». No obstante, sostiene que no se trata tanto de reciprocidad como de garantizar que los recursos «se distribuyan de forma equitativa siempre que sea posible». Después del primer año, en el que se destinaron beneficios de ACW a financiar la BBAG, decidió trasladar su financiación a SR_A, que es totalmente independiente. «Desde entonces, hemos seguido aportando la misma cantidad y hemos incorporado a socios como Apple y Sotheby’s para ayudar a ampliar los fondos disponibles».
Una de las fuentes de inspiración para la Black British Artists Grant fue el movimiento artístico negro británico de la década de 1980, del que surgieron artistas como Lubaina Himid, Sonia Boyce y Donald Rodney, así como la impresión de Ross de que, a menudo, estos movimientos y figuras no habían «recibido la documentación necesaria para gozar de reconocimiento histórico». Por ello, «quería crear un directorio para que la gente pudiera conocer a quienes formaban parte del ámbito de las artes liberales o aplicadas». Así, la lista de quienes han pasado por esta beca para artistas parece un primer borrador de una nueva generación de grandes talentos. La artista Rhea Dillon, cuya exposición de 2023 en la Tate Britain contó con el apoyo de la beca; Nifemi Marcus-Bello, cuyas obras han sido adquiridas, entre otros, por el Design Museum de Londres y el Museum of Modern Art de Nueva York; y el escultor y diseñador Mac Collins, afincado en Nottingham. «Pudimos distribuir parte de los fondos, lo que contribuyó a que Mac fuera seleccionado y ganara el premio de diseño Ralph Saltzman del Design Museum», afirma Ross.

Pero no solo los artistas y creativos convencionales han recibido financiación a través de la subvención. Ross habla con entusiasmo de un hombre llamado Rizzy. «¡Ni siquiera sabemos su nombre legal! Pero vive en Leyton y regentó una barbería durante años, y nosotros le ayudamos con financiación». La idea, por tanto —y una de las ventajas de conceder subvenciones mediante capital privado en lugar de fondos públicos—, es que los beneficiarios pueden participar sin condiciones ni controles destinados a evaluar si «merecen» esa financiación complementaria. «Si creíamos en la persona o en la causa que sustentaba lo que estaba creando, lo financiábamos. Eso significaba que, en cuanto se elaboraba la lista de preseleccionados, me sentaba ante el portátil y transfería directamente todos los fondos. No había ningún tercero de por medio».
Mientras hablamos, hago una pausa para comentar el calzado de Ross —unas magníficas zapatillas de color tostado—, y me cuenta que pertenecen a su primera colaboración de SR_A con Zara, que se presentó el año pasado. Me explica el diseño: «Cuero japonés curtido con taninos vegetales, con pequeños motivos grabados en bajorrelieve por toda la superficie. Evidentemente, están presentes los clásicos diseños y líneas asimétricos y arquitectónicos que llevo años desarrollando».
La segunda temporada de la colección con Zara se lanzó este mes de octubre, y para Ross esta relación es una de las vías con las que espera que otras personas puedan utilizar la moda como medio de movilidad social. «Podemos emplear los mejores materiales y democratizar el precio sin renunciar a ningún detalle». Esto ejemplifica la amplitud de la práctica y el alcance de Ross: por un lado, están los relojes que ha lanzado con Hublot, que, según afirma, pueden alcanzar un precio de venta de 430.000 libras; por otro, las iniciativas con Inditex, la empresa matriz de Zara, que le ayudan a «plantear una visión de futuro en la que el gusto, la sensibilidad y la calidad de la confección estén por encima del precio».
Parte de esa diversificación también está relacionada con lo que Ross augura como «el colapso del sector del lujo discrecional», que, en su opinión, se ha acelerado en los últimos cuatro años. (Ciertamente, hacer previsiones ha sido difícil, pero nadie puede adivinar el futuro y LVMH ha anunciado recientemente que vuelve a crecer). Afirma que la venta de ACW se orquestó en parte porque «veía que el futuro no iba a consistir en inflar el precio de bienes discrecionales sin que tuvieran un uso funcional y profundamente arraigado en la sociedad. Cuando la economía está en horas bajas y la inflación es elevada, hay que prestar mucha más atención a lo que el mundo necesita realmente». Por eso siempre ha sido un defensor tan apasionado de la ropa deportiva y de ocio; de hecho, además de sus excelentes zapatillas, lleva un elegante chándal gris jaspeado (aunque su mujer le dice que «parece que está en una prisión de Su Majestad»). «Hay historias intergeneracionales que contar en torno al baloncesto, el fútbol o el ocio, porque tienen raíces y principios más profundos en la experiencia humana».
«Cuando la economía está en recesión y la inflación es elevada, hay que tener mucho más en cuenta lo que el mundo necesita realmente».
Lo que resuena tanto en la obra de Ross como en su consumo personal es un profundo aprecio por la artesanía. En su casa y estudio de Northamptonshire hay bronces de Benín y otras esculturas de África Occidental que lleva años coleccionando. También hay antiguos bancos de iglesia que encontró en Lincolnshire, Bedfordshire y Northamptonshire y que, según él, «los británicos han desechado… estas increíbles piezas artesanales de arte popular». Ese gusto e interés por la forma y la técnica influye, por supuesto, en dónde compra su ropa. Acude con frecuencia a Drake’s, en Savile Row, y destaca la «sastrería desestructurada en sarga» que encuentra allí; además, cuenta con un sastre especializado del norte de Londres, al que se refiere simplemente como «Peter», que le confecciona ropa. Al igual que sus antepasados caribeños, que se vestían de traje en busca de movilidad social, Ross lo expresa con claridad: «Veo la sastrería y los trajes como lo que son: una gran puesta en escena». En el otro extremo están los chándales y las prendas más deportivas, que es con lo que «se siente más en paz y más cómodo».
¿Qué será lo próximo para Ross? Centrarse principalmente en la «ropa democrática», en lugar del lujo superfluo; apostar por la venta directa al consumidor a través de SR_A; y dar continuidad a la beca Black British Artists Grant, que pronto anunciará su sexta convocatoria de financiación. La obra de Ross está impulsada por un claro principio utilitarista: la idea de que todo el mundo tenga un acceso real a todo. «Me gustaría asegurarme de que el programa no se vuelva demasiado elitista. Quiero adentrarme en las comunidades locales y financiar equipos deportivos u ofrecer ayudas para acceder a la educación superior. A veces hay que tomar la iniciativa y distribuir los fondos, en lugar de limitarse a esperar a que la gente acuda a ti».
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