
The power lunch is dead; long live the power lunch
¿Qué fue del arte de las largas sobremesas? Algunos de los empresarios más sociables de Londres dan su opinión.
- Texto de: Joseph Bullmore
«Ahora mismo estoy haciendo justo lo contrario de una comida de negocios», comentó Ben Elliot recientemente a la hora de comer. «Estoy comiéndome un sándwich en mi escritorio». Hace diez años, semejante confesión por parte del hiperconectado Elliot, siempre solicitado para comer (cofundador de Quintessentially, por supuesto), habría parecido una señal de socorro, un grito de auxilio, una bengala roja silbando desde los confines de Mayfair. Algún amigo preocupado podría haberse pasado por allí con sales aromáticas y un discurso preparado; los maîtres de toda la ciudad se habrían preguntado si habían hecho algo mal. Pero, en 2025, comer «al desko» (una expresión bastante repelente) es una opción perfectamente válida para el almuerzo de cualquier amo del universo de a pie, al igual que pedir comida por Deliveroo para tomarla en el sofá mientras se teletrabaja o dejarse caer por un gastropub de las afueras para comerse a solas un pastel de carne y echarse una siesta.
El almuerzo de negocios —esa gran institución en la que capitanes de la industria, empresarios teatrales, maestros de la política y toda suerte de periodistas carroñeros entraban con garbo en un comedor cuatro mediodías a la semana para combinar negocios y placer bajo la atenta batuta de un gran restaurador— ya no es lo que era. Y, según desde dónde se mire, esto forma parte del orden natural de las cosas —como el declive del bombín y el maletín— o supone un triste desmantelamiento de las tradiciones de nuestra capital; un lamentable síntoma de la covid, la recesión, el fanatismo por el bienestar, la zoomificación y el aburrimiento generalizado.

The Wolseley.
O quizá sea simplemente que The Wolseley ya no existe. Bueno, cuando digo no existe. El establecimiento que lleva ese nombre sigue abriendo sus puertas en Piccadilly a la misma hora cada mañana y continúa sirviendo su cangrejo aliñado y su steak tartar a los ingenuos estadounidenses que se adentran en sus salones de mármol porque el Ritz está lleno. Pero el verdadero Wolseley —el que Jeremy King y Chris Corbin convirtieron en un teatro de poder y aplomo— ha desaparecido, arrancado de este mundo terrenal cuando Minor International, los amos financieros de Corbin & King, les arrebató el negocio a los restauradores mediante diversas artimañas en febrero de 2022.
«Allí era donde todo el mundo iba a comer», dice Giles Coren, crítico gastronómico de The Times, «ya fueras un gestor de fondos de cobertura de Mayfair, un agente teatral o Lucian Freud, a la hora de comer estabas en el Wolseley; y ahora ya no puedes ir porque Jeremy se ha marchado», explica. «Así que ¿adónde van todos ahora? Eso los deja en una situación un tanto crítica…». La dirección ha sustituido las toallas de papel de los baños por un secador de manos eléctrico: una señal inequívoca, sin duda, del fin de los tiempos.
«Un cliente habitual quedaba con un invitado a las 12 y con otro a las 2, y almorzaba dos veces...»
The Wolseley fue como echar sal en la herida. Pero la decadencia había comenzado años antes. Según se cuenta, el momento álgido llegó a finales de la década de 1990, cuando Londres se convirtió en un crisol de empresas de nuevos medios (Fitzrovia, Soho), una animada clase de famosos (el West End), trotamundos de la Cool Britannia (Notting Hill, The River Cafe), además de los financieros y políticos de siempre (la City, Mayfair) y el mundillo de las casas de subastas y las bellas artes (St James’s), que por aquel entonces disponían de cuentas de gastos más generosas y apenas tenían conexión telefónica a internet, y mucho menos adicción a Google Meets.
«Antes me hacía muchísima ilusión ir a comer al Caprice», recuerda Elliot, en alusión al influyente restaurante de Corbin & King de las décadas de 1990 y 2000. «Había una mezcla de gente de lo más variopinta. Me encantaba entrar en un comedor lleno de agentes, gente del mundo del arte, capitanes de la industria y políticos. Ahora mismo no veo aquí un ambiente así». David Moore, propietario del Pied-a-Terre de Fitzrovia, galardonado con una estrella Michelin, habló el verano pasado con el Times de un cliente al que en los años noventa solía llamar «Timmy Dos Comidas». «Quedaba con un invitado a las doce y con otro a las dos, y comía dos veces. Decía que cerraba todos sus negocios más importantes durante la comida». Tras la pandemia, el Pied-a-Terre dejó de abrir a mediodía entre semana, salvo los viernes.
The old interiors of Le Caprice (now rightfully resurrected as Arlington).
«Antes, las largas comidas regadas con alcohol se celebraban todos los días de la semana», cuenta Will Woodhams, hasta hace poco consejero delegado de la casa de apuestas de lujo Fitzdares. «Luego pasaron a los viernes y ahora, como todo el que es alguien trabaja desde casa los viernes, se han trasladado a los jueves y, por algún motivo, quizá también a los martes», explica. «Pero no es lo mismo». Le pregunto a Woodhams en qué consistía el menú por aquel entonces, esperando que empiece a enumerar sashimi, bacalao negro y chateaubriand. Pero su respuesta, reveladoramente, es toda bebida. «Primero un martini, luego borgoña blanco y burdeos tinto; después te ibas a pasar unas horas de pie frente al Guinea Grill [en Bruton Place, Mayfair]», dice entre risas. «Te dabas una gran comilona bien regada y luego te ibas a plantar delante del pub. ¡Terrible!»
Visto desde una era de ultraoptimización y pulcritud californiana, todo esto resulta, para muchos, demasiado Nigel Farage como para digerirlo; demasiado traje de raya diplomática y gota. De hecho, al estilo Farage, la globalización bien pudo marcar el principio del fin del almuerzo de negocios, explica Ed Cumming, columnista gastronómico de Telegraph Magazine. «En otros tiempos, en la época de los trajes de raya diplomática y los reservados de asientos profundos, se tomaba burdeos con un filete, se cerraba el trato y luego uno se emborrachaba durante toda la tarde», afirma. «Obviamente, eso está totalmente desfasado. El problema fue que, cuando la City de aquí creció enormemente, recibió a todos los estadounidenses, que eran la antítesis de los almuerzos de negocios porque no les gustaba beber durante la jornada laboral».
George, in Mayfair.
También está la cuestión de la necesidad, o de la falta de ella. Cuando todo el mundo iba a la oficina cinco días a la semana por norma, había que buscar motivos para salir de vez en cuando, aunque solo fuera para romper la rutina. (Los cigarrillos, también en declive, cumplían una función similar). «Antes, la razón de ser de los almuerzos de negocios era que pasabas todo el día en la oficina, pero en realidad no había diez horas de trabajo que hacer al día», afirma Coren. «Así que te ibas a celebrar una reunión estupenda durante un largo almuerzo y decías que era trabajo. Ahora, la gente que conozco con trabajos de verdad termina sus tareas por la mañana y pasea al perro por Hampstead Heath por la tarde. No necesitan ir a la oficina y luego pasar la tarde en Rules».
«Los verdaderos almuerzos de negocios tienen lugar en restaurantes apartados y fuera de las horas punta...»
Pero, por supuesto, a todo movimiento le corresponde un movimiento contrario. Y, al igual que llevar corbatas de Hermès o saber cómo lustrar correctamente los zapatos, el almuerzo de poder ha pasado de ser una práctica generalizada a convertirse en un arte reservado a las élites, una afición minoritaria, una insignia de honor que desafía tendencias que quizá importen al público en general, pero no a nosotros. Y, como las células disidentes del bloque soviético, los verdaderos defensores del almuerzo de poder se refugian cada vez más tras puertas cerradas, quizá en la seguridad de los salones alfombrados de los clubes privados de Mayfair, donde aún pueden salir de fiesta como si fuera 1999.
Giles Coren cree que esto puede deberse en parte a una cuestión de «imagen», como diría Kendall Roy. «Piensan que ahora mismo no conviene que te vean atiborrándote de caviar», afirma. «Así que quizá tengas que hacerlo todo a puerta cerrada». Woodhams coincide. «Ahora en Nobu solo se ven mesas de dos y de cuatro», dice; principalmente gente de fuera que se desplaza hasta el centro o quizá influencers, que tienen en mente otro tipo de imagen. «Pero antes eran grupos de diez tíos en camisa». Un bróker de petróleo y veterano de estas comidas asegura que en su sector siempre ha sido así, sobre todo por motivos de confidencialidad. «Las verdaderas comidas de negocios se celebran en restaurantes apartados, algo fuera de los circuitos habituales, y principalmente a horas de poca afluencia», explica. «O vas a Franco's, en Jermyn Street, y a Scott’s, en Mayfair, donde en la terraza hay un buen metro de separación entre las mesas, con el placer de estar al aire libre pero sin peligro de que nadie escuche la conversación». Esto también vino bien justo después de la pandemia. «Nosotros ya guardábamos las distancias de todos modos».
Mount St. Restaurant — a true power room with a room with a royal seal of approval.
Elliot menciona los clubes de Robin Birley. «Voy mucho a Oswald’s y a Hertford Street, y siempre parecen estar llenos de gente cerrando negocios. En esos sitios, la actividad me sigue pareciendo bastante intensa». (También cena habitualmente en Din Tai Fung, según cuenta, la magnífica cadena de restaurantes de dumplings de la que es copropietario). Woodhams coincide. «Oswald’s está lleno de gente celebrando almuerzos de negocios. No conozco a nadie que vaya allí a cenar, pero es el mejor sitio de la ciudad para un almuerzo de trabajo», afirma. «Sirven Krug por copas de una botella magnum».
George, el local para socios de Mount Street que pasó de Birley a Caring, sigue viento en popa tras un rápido lavado de cara en 2023. «Probablemente sea uno de los mejores sitios de Londres para comer», afirma Woodhams, mientras que Coren dice que, siempre que va, está lleno de hombres de negocios cerrando acuerdos, con traje azul marino y la camisa desabrochada. «George y Hertford Street son sitios peculiares. Luigi va paseando el carrito y Gerald Ronson dice: “Ah, lo de siempre”, y luego ni siquiera les llevan la cuenta. Y la comida está muy buena, pero unos espaguetis a la carbonara cuestan 93 libras. Pero allí está todo el mundo, desde Charles Dunstone hasta Simon Cowell».

Al otro lado de la calle, frente a George, Mount St. Restaurant —inaugurado a finales de 2022 y honrado de inmediato con la visita de nuestro recién coronado rey— parece haberse convertido ya en un auténtico centro de poder. Situado en la primera planta, su ubicación elevada le confiere cierto aire de club exclusivo y distante. En las paredes cuelgan obras de Picasso y Matisse, mientras que quien mueve los hilos es Ewan Venters, amigo de todos. A la vuelta de la esquina, en South Audley Street, Harry’s Bar sigue siendo el destino predilecto de «las damas internacionales que quedan para almorzar», afirma Woodhams; «y probablemente sean ellas quienes celebran los almuerzos más influyentes de todos», según Elliot.
Entre los aficionados a las bellas artes y los financieros más continentales, Maison François, en St James’s, es un nombre que sale a relucir con frecuencia. «En cierto modo, ha sustituido al Wolseley», afirma Coren. Es habitual ver a Jeremy King almorzando allí: el equivalente, en una brasserie, a la imposición de manos bíblica. «Frank es un anfitrión excelente», dice Woodhams sobre el fundador, François O’Neill; además, la comida mantiene siempre un nivel excelente y su magnífica carta de vinos satisface los gustos de antaño por el borgoña blanco y el clarete tinto. También se mencionan locales más «de barrio». «Los ejecutivos de la industria musical que antes iban a J Sheekey o Kettner’s ahora van a Gold, en Notting Hill», señala Woodhams. «Es más discreto. Siguen gastándose la misma cantidad de dinero, pero, de algún modo, resulta menos ostentoso».
The River Cafe, Hammersmith.
Por último, está el River Cafe, en la zona fronteriza entre Hammersmith y Fulham: un desafiante vestigio de los días de gloria de los años noventa, cuyo pódcast propio, presentado por su formidable propietaria, Ruth Rogers, da fe de sus numerosos e influyentes adeptos. Bob Iger, Dame Judi Dench, Matthew Barzun, Mark Carney, Afua Hirsch, Stella McCartney, Iwan Wirth, Victoria Beckham, Nancy Pelosi, Norman Foster, Salman Rushdie y Al Gore fueron algunos de los primeros invitados de «Ruthie’s Table 4». «Si consigues una mesa fuera en verano, sigue siendo el último “que os jodan” que queda en un mundo donde ya quedan muy pocos», afirma Woodhams. «Si hubieras firmado un contrato con una discográfica o una productora cinematográfica, probablemente irías a celebrarlo al River Café con un gran almuerzo de negocios». Caro pero magnífico, es, en definitiva, «un sitio estupendo para comer con cargo a la empresa», dice Cumming.
«Parece que ahora la gente va mucho más al gimnasio a la hora de comer, sobre todo los gestores de fondos de cobertura...»
Así pues, el almuerzo de negocios ha muerto; larga vida al almuerzo de negocios. «Ahora parece que la gente va mucho más al gimnasio a la hora de comer, sobre todo los gestores de fondos de cobertura», se lamenta Elliot. «Y la covid lo jodió todo, y sé que la gente ya no se arregla tanto». Aun así, afirma: «Tengo la sensación de que todo está volviendo. Creo que comer fuera parte bien el día; sé que hay quien piensa que te deja cansado. Pero es una forma estupenda de iniciar o mantener una relación. El desayuno no sirve igual porque la gente no está tan relajada». Y la cena es sencillamente poco práctica, o se reserva para los amigos. Así que el almuerzo sigue estando muy vigente, aunque ya no sea tanto una costumbre cotidiana como una declaración festiva, quizá una demostración de poder, según Cumming.
«Quienes regentan restaurantes me dicen que esos grandes almuerzos entre semana, en los que al principio se trabaja un poco y luego se celebra una comida por todo lo alto, por fin están volviendo con fuerza. La gente va menos a la oficina y al centro, así que necesita una buena razón para hacerlo», afirma. «Y nadie —me recuerda mi amigo, que trabaja como bróker de petróleo— ha cerrado jamás un gran acuerdo haciendo cola en Pret».
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