Poniendo las cartas sobre la mesa, creo que tengo un pequeño problema con el juego. Nada demasiado grave: todavía no temo por mis rótulas. De hecho, mi problema no tiene nada que ver con el dinero. Ahora que lo pienso, probablemente ni siquiera sea un problema de verdad. Simplemente me he vuelto adicto a un juego de cartas en concreto.
Y ni siquiera uno especialmente bueno. Ojalá fuera que no pudiera dejar de contar cartas jugando al blackjack, o que pasara la mayoría de las noches en partidas clandestinas de póquer en áticos de lujo. Pero no. De entre todos los juegos exigentes y arriesgados a los que podría haberme enganchado, elegí el gin rummy.
Puede que eso no suene tan mal. Al fin y al cabo, para algunas personas, los juegos de cartas se reducen al Snap. Pero yo tengo un montón de barajas. Más de las que debería tener cualquier fanático del gin rummy que se precie (si es que existe tal cosa).

La última vez que hice recuento, perdí la cuenta de cuántas barajas y mazos tengo. Pero los naipes me resultan fascinantes. Sí, con ellos puedes jugar a infinidad de juegos distintos, pero también son colecciones de arte en miniatura, herramientas para hacer trucos y pequeñas bibliotecas repletas de motivos distintivos y peculiaridades históricas.
En 1940, por ejemplo, cuando los nazis invadieron Noruega y se interrumpió el suministro de cartón a Gran Bretaña, Winston Churchill exigió que se mantuviera a toda costa la fabricación de naipes. Bien por él.
Mi primera baraja, si no recuerdo mal, la compré casi como algo de última hora, junto con un juego de fichas de póquer de recuerdo en un casino de Las Vegas. Tenía 11 años y estaba desesperado por dominar la floritura Sybil Cut después de haberla visto en una película. (Todavía no sé hacerla).

Pero eso no me ha quitado las ganas de comprar barajas, y he coleccionado cartas de todo el mundo: de un bar de Nueva York, de un puesto callejero de Marrakech, de una galería de arte de Ámsterdam y de una estación de esquí de St. Moritz. Mi baraja Smythson tiene los cantos dorados, las cartas Purdey muestran a aristócratas armados con escopetas y mi baraja Purling está decorada con corazones de color rosa intenso y artísticas salpicaduras de pintura. La última que busqué expresamente acabó siendo un regalo de mi novia: una rompedora baraja de la empresa estadounidense Best Made Company, con figuras abstractas y rayos en los ases.
Y cada baraja tiene una historia diferente que contar. Los reyes suelen ser los que más enigmas plantean. El rey de corazones, por ejemplo, es el único rey sin bigote debido a un error de impresión de hace siglos. También se le conoce como «el rey suicida» porque parece estar clavándose su propia daga en la cabeza.
El as de picas también guarda un buen secreto bajo la manga. Suele ser más grande y ornamentado que los demás ases debido a un impuesto sistemático sobre los naipes establecido en 1711. Cada baraja debía llevar un sello en la carta superior para demostrar que se había pagado el impuesto, lo que llevó a la mayoría de los impresores a incorporarlo al diseño del as de picas.
También me encantan los nombres que reciben las distintas barajas. Según el tipo de cartulina, las ilustraciones, las marcas y los diseños del reverso, se les dan nombres tan peculiares y extrañamente elegantes como los de las variedades de manzana. Algunas de mis favoritas son: Red Fontaines, Gold Venexianas, White Centurions y Scarlett Tally-Hos. Suenan tan apetecibles que dan ganas de comérselas.

Pero quizá lo más extraordinario de las cartas sea su incomparable ubicuidad. Están en todas partes; son una de las grandes constantes del mundo.
Piénsalo. Puedes encontrarlas tanto en tiendas de barrio como en hoteles de cinco estrellas. Puedes comprar barajas plastificadas o revestidas con pan de oro de 24 quilates. Yo, personalmente, he jugado a las cartas tanto en lúgubres pisos de estudiantes como en las mesas de Baccarat Chemin de Fer de Montecarlo. Y creo que esa versatilidad merece celebrarse.
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