En defensa de los ceniceros robados
«Los coleccionistas son personas felices». — Johann Wolfgang von Goethe
- Texto de: Fred Castleberry
- Fotografía: Fred Castleberry
Tengo 38 años y mi apartamento de Nueva York está atestado de un sinfín de ceniceros antiguos de hoteles europeos. Entre mis favoritos se encuentran un colorido platito pintado a mano del Hotel Astor de París, una bandeja de porcelana de Richard Ginori del Ciga Hotel italiano y una preciosidad verde esmeralda con forma de escudo del Hotel Condestavel portugués. Los mejores recuerdos no se compran. Ni se venden. Se birlan. Algunos los he mangado yo mismo, mientras que otros los he cazado en eBay. Todos juntos forman una colección como Dios manda, aunque un tanto improvisada.
La gente siempre querrá coleccionar objetos físicos como forma de mostrar quién es. Ese impulso es universal. La idea de acumular objetos por el mero placer de hacerlo se remonta al año 4000 a. C., cuando los hombres primitivos creaban colecciones de herramientas de piedra sin utilidad práctica.
Comprender la naturaleza del coleccionismo nos revela algo tanto sobre nosotros mismos como sobre la naturaleza de las cosas. Coleccionamos para medir el paso de nuestros días, demostrar nuestro gusto e introducir una sensación de orden, disciplina y control en nuestras vidas. Entre las colecciones más destacadas de mi infancia se encontraban los cromos de béisbol de la temporada de debut de Mark McGwire, las figuras de acción de G.I. Joe y las rocas y gemas de los distintos estados a los que íbamos de vacaciones.
Me falta la disciplina de un coleccionista de pura cepa. No tengo ningún interés en reunir una exposición exhaustiva de todos los ceniceros de hoteles europeos con un diseño exquisito fabricados en el siglo XX, sino solo de aquellos que me dicen algo. Reconozco que no fumo (a menudo… y desde luego no en interiores), pero estos ceniceros honradamente robados son mucho más que simples recuerdos de viajes propios (o ajenos): conmemoran por casualidad noches lisboetas que acabaron al amanecer, una persecución a pie por un error de identidad en Bucarest o a aquella encantadora persona del lugar con quien no compartiste nada salvo un beso.
Estos platillos de porcelana encuentran fácilmente una segunda vida como vaciabolsillos y jaboneras. En el dormitorio, el momento de ponerse unos gemelos queda ahora realzado por el recuerdo de las aventuras vividas en el extranjero. Monedas sueltas, anillos y llaves de casa se reúnen en un platillo reconvertido en vaciabolsillos. La joya de mi colección es un platillo verde jade, redondo aunque algo irregular, del Palace Hotel Cæsar Augustus de Roma, con el perfil divinizado de Cæsar en bajorrelieve. Cada vez que voy a coger el jabón, obtengo unas manos limpias y un pícaro recordatorio: cuanto mejor vistes, peor puedes portarte.
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