Josh Glancy vuelve a casa
Ha vuelto de Estados Unidos y ya nada es exactamente igual
- Texto de: Josh Glancy
The 20th century has crumbled. That was my first impression upon returning to Britain after five years living in America. The world of my childhood has gone and it isn’t coming back. Sometimes in life change creeps up on you slowly, and sometimes it rushes at you all at once. Coming home this spring somehow felt like both. I left Britain in the summer of 2016. I missed Brexit. I missed the pandemic. So much has been washed away. And no one seems sure what comes next.
Regresé a Gran Bretaña a finales de abril y me encontré a mis padres, famosos por su aversión a la tecnología, reunidos frente a Zoom para tomar algo y compartiendo memes de YouTube. Mamá se ha hecho con una Alexa, a la que pide que ponga guitarra flamenca mientras trajina por la cocina. Papá se ha convertido en un entusiasta de Microsoft Teams. Hasta los reticentes miembros de la generación del baby boom se comportan ahora como nativos digitales, dejándose llevar por el tsunami algorítmico junto con el resto de nosotros.
Recorrí la calle comercial de mi barrio, en el norte de Londres, convertida en un paisaje zombi, donde ya nadie repone las letras que se caen de los rótulos de las tiendas y la gasolinera se ha transformado en un bloque de pisos. Creo que incluso vi rodar una auténtica bola de maleza. La panadería donde de pequeño compraba dónuts rellenos de crema estaba vacía y sin personal. Las estanterías del supermercado cooperativo parecían abandonadas. Las calles comerciales tampoco van a volver, ¿verdad? Estas arterias vitales de la era del consumo de masas no tienen ninguna posibilidad en la Gran Bretaña de las compras con un solo clic.

Los economistas suelen hablar de un «largo siglo XX», que normalmente sitúan entre aproximadamente 1870 y 2012. El economista estadounidense Brad DeLong sostiene que la aparición, en torno a 1870, del barco de vapor transoceánico, el cable telegráfico submarino y el laboratorio de investigación industrial marcó el inicio de una era que seguirá estudiándose en los siglos venideros; una época en la que la riqueza material de los seres humanos se disparó, las economías crecieron de forma desmesurada y la tecnología se extendió como un cáncer, a menudo acompañada de desarraigo social y tiranía. «El largo siglo XX fue el eje sobre el que giró la rueda de la historia», afirma DeLong.
Sostiene que este largo siglo llegó a su fin entre 2008 y 2015, cuando la crisis financiera provocó el colapso del ciclo económico mundial. Otros apuntan al 11-S como el primer punto de inflexión, el principio del fin de la hegemonía estadounidense. El revolucionario año 2016 también es un firme candidato: fue entonces cuando la política posterior a la crisis se afianzó de verdad, Trump y el Brexit conmocionaron a una élite decadente y nació una nueva realidad política. Sin duda, marzo de 2020 será otra de las fechas que podrían marcar el final del largo siglo XX: el momento en que una pandemia mundial de una fuerza verdaderamente asombrosa soltó las amarras del mundo y nos dejó a la deriva en las rápidas corrientes de una nueva era.

Dondequiera que decidas trazar esta línea, no cabe duda de que se ha cruzado. Ver Gran Bretaña con nuevos ojos me lo dejó meridianamente claro. Verla con ojos ancianos reforzó aún más esa idea. La semana pasada vi a mi querida abuela de 95 años por primera vez en casi dos años, lo que me pareció un gran privilegio. Nos saludamos chocando los codos.
Para escapar de la monotonía de nuestro presente confinado, me contó historias maravillosas de la década de 1940: cómo fue evacuada de Londres a Cambridge durante la guerra; cómo se abrió la rodilla con la gravilla mientras bailaba con sus amigas el Día de la Victoria en Europa; cómo conoció a mi abuelo, recién desmovilizado, durante un almuerzo en uno de los hoteles kosher de Bournemouth, olvidados desde hace mucho, antes de que los viajes al extranjero arrasaran con el turismo costero británico. «Ahora formo parte de la historia —dijo—, soy mayor que la reina». Para mi abuela, el largo siglo XX es una colección de recuerdos.
Durante mis primeros seis días en casa, guardé cuarentena en casa de mis padres. El Gobierno rastreaba mi teléfono y me llamaba a diario. Al cuarto día, un tipo bastante apocado con un portapapeles llamó a nuestra puerta para comprobar que me estaba comportando como un buen ciudadano durante la pandemia. Encerrado en el dormitorio de mi adolescencia, dediqué un tiempo a revisar el archivo de toda mi vida, fruto de años de acumular cosas que por fin estaba dispuesto a tirar.

Los restos de una adolescencia en los años dos mil. Cuántas cosas: CD de Oasis y Eminem, juegos de PlayStation 2 y preservativos con décadas de antigüedad, comprados más con esperanza que con expectativas reales. Cintas de casete de rock de padres robadas al mío: Dire Straits, The Eagles, The Moody Blues. Un sinfín de trabajos, desde la secundaria hasta el bachillerato y la universidad, muchos escritos a mano con letra ilegible: el deseo sexual en Panorama desde el puente, el papel del Medio Oeste en El gran Gatsby, la Reforma protestante una y otra vez. En la era del orden de Marie Kondo y el minimalismo digital, toda aquella interminable acumulación de cosas parecía un derroche, aparatosa y anticuada. Los trabajos resultaron decepcionantemente malos. Tiré la mayoría.
Sin embargo, hubo un ensayo que sí me llamó la atención: trataba sobre el sufragio de la clase trabajadora y el auge del Partido Laborista. Referencias conocidas para cualquier estudiante de la política británica del siglo XX: Ross McKibbin y su análisis de cómo el Partido Laborista pasó de ser un movimiento de protesta a convertirse en un partido de gobierno; George Dangerfield y su obra La extraña muerte de la Inglaterra liberal, sobre cómo una gran institución del siglo XIX fue cayendo en la obsolescencia; de pronto, todo aquello resultaba bastante conmovedor.
¿Estamos presenciando ahora el mismo fenómeno en el Partido Laborista? Como hijo del cambio de milenio, criado bajo Blair y Brown y lo que por un momento pareció una mayoría laborista natural, hasta planteármelo me resulta surrealista. Pero la sociedad industrial basada en las clases sociales que el Partido Laborista nació para representar se ha desmoronado, al igual que el tan cacareado Muro Rojo. El individualismo del siglo XXI ha sustituido a las identidades colectivas del XX.

Cuando por fin me permitieron salir de casa, intenté ver el Manchester United-Liverpool con unos amigos. Pero el partido se vio interrumpido y finalmente fue suspendido debido a las protestas contra la Superliga europea y la propiedad del club por parte de la familia Glazer. Aunque fracasó, de algún modo toda la maniobra de la Superliga también pareció marcar un punto de inflexión. Fue el momento en que los clubes más poderosos del fútbol hicieron por fin explícito lo que llevaba décadas siendo implícito: que las exigencias del capital global dominan nuestro deporte rey. El siglo XXI quiere algo distinto del fútbol y, con el tiempo, probablemente lo conseguirá.
Al cabo de un rato silenciamos la justa indignación de Gary Neville y la conversación derivó hacia China y la cantidad de dinero chino que hay ahora en Gran Bretaña, comprando propiedades, infraestructuras y empresas. Al fin y al cabo, si los Glazer venden el United, puede que no nos guste lo que venga después. Comentamos lo recelosos de China que se han vuelto los medios británicos. Este debate sobre China —impulsado por la elección de Donald Trump— se generalizó de verdad en Washington hacia 2016, cuando pasé allí una temporada por primera vez. Pero la gran batalla geopolítica del siglo XXI también ha llegado ya con toda su fuerza a Londres, mientras Gran Bretaña se aleja de la UE y se ve zarandeada por las corrientes de la historia.
En 2018, cuando le preguntaron por Trump, Henry Kissinger especuló que quizá fuera «una de esas figuras históricas que aparecen de vez en cuando para marcar el final de una era y obligarla a renunciar a sus viejas pretensiones». Cuando echemos la vista atrás hacia la era Trump, que ya empieza a desvanecerse, una vez olvidados los disparates y aplacada la indignación, sospecho que así será como la recordaremos: como un turbulento cambio de página. Cuando eche la vista atrás hacia esa etapa de mi vida, creo que recordaré mi regreso a Gran Bretaña entre los rescoldos de una pandemia y cómo por fin me deshice de todos mis equipos de alta fidelidad, mis lámparas de lava y mis ensayos sobre Macbeth. Cómo mi vida cambió de rumbo justo cuando lo viejo moría y lo nuevo nacía ante nuestros propios ojos.
¿Qué leer a continuación? ¿Qué tal la breve historia del cotilleo de Sam Leith?…
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