Breve historia de los cotilleos
Cómo la palabra susurrada se convirtió en la herramienta más poderosa
- Texto de: Sam Leith
«Si no puedes decir nada bueno de alguien», se dice que Alice Roosevelt Longworth mandó bordar en un cojín, «siéntate aquí, a mi lado». Eso sí que sí es un sentimiento imperecedero. El gusto por los cotilleos maliciosos bien podría ser el segundo instinto humano más antiguo, y probablemente solo ocupa el segundo puesto porque necesita al primero para tener de qué hablar.
La reciente aparición por partida doble de unas memorias ha dado mucho juego al cojín de Roosevelt Longworth. Primero llegó Sasha Swire —esposa del exdiputado conservador sir Hugo—, que sacó a relucir los trapos sucios de la camarilla de Cameron y Osborne en Diario de la esposa de un diputado. Después, en su libro Amigos y enemigos, la veterana periodista Barbara Amiel relató la espeluznante historia de su carrera profesional y su vida sentimental, antes de ajustar cuentas con quienes le dieron la espalda cuando su marido, lord Black, ingresó en prisión.
Puede que estos dos libros sean, en efecto, importantes aportaciones al registro histórico. Pero si acapararon tantos titulares fue, sin duda, porque eran mordaces, indiscretos y estaban repletos de historias fabulosas sobre los ricos y poderosos.
Los más puritanos, como siempre, fingirán desdeñar este tipo de material por considerarlo trivial. ¿A quién le importa cómo la joven Barbara Amiel satisfacía sexualmente a George Weidenfeld cuando no acababa de decidirse a acostarse con él? ¿A quién le importa que David Cameron le dijera a Sasha Swire que sentía la tentación de arrojarla entre los arbustos y «echarle un polvo»? ¿Qué relevancia tiene todo esto?

Pues, cariño: esto son cotilleos, y los cotilleos importan. Siempre ha sido así. Son lo que mantiene en activo a periodistas y peluqueros. Unen a los grupos de personas y —como ha descubierto Sasha Swire— hacen que se enemisten. Y, en muchos sentidos, son más importantes que los asuntos supuestamente serios, porque dejan huella. Y quien piense que todo esto es un producto deplorable del declive de la era de la deferencia puede estar seguro de que ya habría gente mostrando la misma desaprobación cuando la obra de Suetonio Los doce césares se publicó por entregas en el equivalente romano del Mail on Sunday.
Como demuestra ese ejemplo, los cotilleos son, en apariencia, algo efímero dentro de la cultura; sin embargo, vaya si perduran. Muchas personas que nunca han leído un libro de Martin Amis podrían contar con todo lujo de detalles sus disputas, sus antiguas novias y sus problemas dentales. Y lo mismo ocurre con muchos otros. Son los detalles humanos —la anécdota extravagante o el escándalo apócrifo— los que quedan grabados en la memoria. ¿Marianne Faithfull? Una chocolatina Mars. ¿Freddie Starr? Un hámster. ¿Ozzy Osbourne? Un murciélago. ¿Richard Gere? Un jerbo.
«Los cotilleos son lo que mantiene en el negocio a periodistas y peluqueros...»
Quizá el mejor ejemplo sea el del conde de Oxford de la época isabelina, que se tiró un pedo sonoro mientras hacía una profunda reverencia ante la monarca. Se sintió tan avergonzado que abandonó el país de inmediato y no regresó hasta siete años después. Cuando volvió y se encontró de nuevo en presencia de Su Majestad, ella le dijo con un brillo pícaro en los ojos: «Milord, ya había olvidado el pedo».
Aquel único pedo —gracias al prodigio de los cotilleos— ha perdurado durante unos 400 años. Quedó inmortalizado en Vidas breves de John Aubrey —quizá la obra pionera de la biografía de comienzos de la Edad Moderna, y un libro que sigue vivo precisamente por su carácter chismoso—. Los diarios de Samuel Pepys también perduran por sus detalles humanos: sus escarceos con las criadas, su preocupación por su rueda de parmesano durante el Gran Incendio, sus cálculos renales y su interés por la comida. Victorianos eminentes, de Lytton Strachey, causó sensación porque dirigía una mirada irreverente e indiscreta a la vida privada de sus protagonistas. Lo mismo ocurre en nuestra época.
Los diarios y las memorias políticas —la mayoría respetables y solemnes— acumulan polvo en las estanterías de las bibliotecas. Los que perduran son los que contienen comentarios mordaces y revelan confidencias. La mayoría de nosotros no leemos las memorias de los primeros ministros, pero sí leemos a Alan Clark, Chips Channon, Chris Mullin, Alastair Campbell, Kenneth Rose y Piers Morgan. Y quien afirme que prefiere leer las memorias de Margaret Thatcher antes que los diarios de Alan Clark miente como un bellaco.
Los cotilleos tienen una larga historia, y quienes escribían sobre ellos eran conscientes de esa tradición. No es casualidad que tantas columnas de sociedad de los periódicos —Ephraim Hardcastle, William Hickey, Mr Pepys, John Evelyn— llevaran nombres de diaristas del siglo XVII. En las fiestas de presentación y los bares de moda del Londres de los años noventa se intercambiaban los mismos tipos de cotilleos que en los cafés y las sociedades científicas de tres siglos antes. Y no hay que dar por sentado que los columnistas de sociedad sean gente de mala vida. Puede que Walter Winchell fuera un sinvergüenza, pero Bill Deedes, el venerado Michael Foot e incluso el poeta John Betjeman trabajaron en alguna que otra columna de sociedad.
¿Por qué tienen tanta fuerza los cotilleos? Pues porque, basándonos en ellos, juzgamos instintivamente a las personas. Todos sabemos que los poderosos proyectan una determinada imagen ante el mundo, y ansiamos saber qué hacen cuando creen que nadie los observa. Aquí se aplica el viejo dicho de que noticia es todo aquello que alguien no quiere ver publicado. Nadie es un héroe para su ayuda de cámara, y los cotilleos son los que nos ofrecen el punto de vista de este. La máscara cae, o eso nos gusta pensar, y vemos el verdadero yo. La suela del zapato se levanta y vislumbramos los pies de barro. En este sentido, los «chismes ociosos» distan mucho de ser ociosos.
La llamada «apelación al ethos» —uno de los tres recursos persuasivos identificados por Aristóteles— se centra en la impresión que nos formamos de una figura pública. Y esa impresión, como sabe cualquier novelista, depende de los pequeños detalles. La idea de que John Major se metía la camisa por dentro de los calzoncillos se convirtió en una imagen definitoria de aquel primer ministro; y, según la mayoría de las versiones, fue una invención malintencionada. Lo mismo ocurrió con la historia de que, en una tienda de fish and chips de su circunscripción del norte, Peter Mandelson señaló el recipiente de puré de guisantes y pidió «un poco de ese guacamole».

Y por eso, entre otras cosas, la historia de que una vez introdujo sus partes íntimas en la cabeza de un cerdo muerto —aunque casi con toda seguridad sea inventada— perseguirá al pobre David Cameron hasta la tumba. Incluso quienes, con razón, no dan crédito a esa historia tendrán grabadas en la memoria otras perlas de Cameron: las «cenas informales en la cocina» y el «relax» jugando a Fruit Ninja; aquella vez que se dejó a su hija en el pub; la «cabaña de pastor» hecha a medida; la máquina lanzapelotas de tenis a la que apodó «The Clegger».
Con Theresa May probablemente le cueste recordar una sola de sus políticas, pero sí recuerda el ataque de tos, el campo de trigo y los zapatos de estampado de leopardo. ¿Y Boris Johnson? Pues bien: ahí está el primer primer ministro creado enteramente a base de cotilleos. Nadie ha descubierto aún en él un trasfondo ajeno a los cotilleos.
«La máscara cae, o eso creemos, y vemos el verdadero yo...»
Cuando empecé en el periodismo, trabajaba en columnas de cotilleos: el Londoner’s Diary del Evening Standard; Ephraim Hardcastle en el Daily Mail; y la columna Peterborough del Daily Telegraph. Eran pequeños espacios de recreo dentro de los periódicos impresos de corte tradicional, de tono jocoso y separados de las noticias serias que ocupaban el grueso del diario. Allí tenían cabida los cotilleos sobre famosos, los rumores sin confirmar y las especulaciones políticas: el comentario malicioso hecho en una fiesta, la historia sobre quién se acuesta con quién, la enemistad o la información anónima.
Desde entonces, las columnas de cotilleos han perdido importancia. No porque de pronto nos volviéramos todos más elevados. Todo lo contrario. Quedaron relegadas no porque la gente perdiera interés en lo que hacían, sino porque se volvieron innecesarias al llevar a cabo una especie de absorción inversa de los propios periódicos. Ahora, el rumor político sin fuentes ocupa la portada. Las frivolidades del mundo del espectáculo están en la página tres. Y en la cinco. Y en la siete. Hoy las noticias son, más o menos, cotilleos.
Internet ha acelerado ese proceso de forma desmesurada. Los medios tradicionales, con sus encorsetadas normas editoriales, tendían al menos en parte a mantener los cotilleos confinados en aquel pequeño espacio acotado. Pero ahora compiten directamente por nuestra atención con la incesante máquina de parloteo de internet. Y tienen que seguirle el ritmo o morir. Los cotilleos son sencillamente más atractivos que las noticias serias y se propagan más rápido. Vivimos en una época en la que este antiquísimo apetito se satisface con creces.
Y lo que es más, esto importa: los rumores y las especulaciones crean las realidades que describen. La epidemia de lo que ahora se denomina «noticias falsas» no suele ser más que una forma de cotilleo con consecuencias especialmente importantes.
I write this on the eve of the US elections, and unconfirmed stories —about Trump’s finances and sex-life and relationship with Moscow; about Hunter Biden’s business dealings and Joe Biden’s cognitive capacities; about the doings of the Deep State and George Soros — are the things that are making the weather. It doesn’t much matter whether something is true — the lie is halfway round the world before the truth has got its boots on, of course — it matters, rather, how many people believe it.
Es algo muy nuevo y, al mismo tiempo, muy antiguo. El Rumor de Shakespeare declara: «En mis lenguas cabalgan continuas calumnias, / que pronuncio en todos los idiomas, / llenando los oídos de los hombres de falsos rumores».
Como siempre. Acerca una silla. Ven, siéntate aquí a mi lado.
Want more gossip from the past? Here’s the mysterious, salacious history of The Dorchester Hotel…
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