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El rey ha muerto, viva el rey: los eternos minutos finales de Roger Federer

«Cada golpe que daba Roger, cada movimiento que hacía, era elegante, precioso y emocionante. Nunca resultaba aburrido, ni por un instante»

Fue el regreso más breve, fugaz y conmovedor: la última aparición de Roger Federer como jugador profesional de tenis. En un momento en el que, al menos en Gran Bretaña, se daba por hecho que todo el mundo estaba sumido por completo en el duelo por la reciente muerte de la reina Isabel II, el anuncio de que Roger se retiraría tras la Laver Cup* de Londres causó una sorpresa tan discreta como devastadora. Nos habíamos acostumbrado a no verlo, a que las fechas de su regreso al circuito ATP se aplazaran una y otra vez, pero siempre dimos por sentado que, como muy tarde, estaría en Wimbledon en 2023. Habría sido un escenario apropiado para su regreso, aunque también supusiera una despedida en primera ronda. Pero no: al final no sería la pista central en julio, sino el O2 Arena en septiembre, el lugar que marcaría su abdicación.

Lo cierto es que la Laver Cup siempre ha tenido algo de evento novedoso, una exhibición disfrazada de torneo. Supone una cuantiosa recompensa para unos jugadores acostumbrados a cobrar sumas enormes, es muy divertida para todos los implicados y, además, ofrece momentos de tenis excelente; pero, en realidad, ¿a quién le importa si Europa o América vencen a esa alianza por defecto conocida como el Resto del Mundo? El hecho de que esta fuera a ser la despedida de Roger le confería un atractivo muy superior al de la propia competición nominal, incluso cuando —sobre todo cuando— quedó claro que no iba a poder disputar los partidos individuales. Esto, a su vez, propició el que acabaría siendo el desenlace más memorable y, en muchos sentidos, perfecto: formaría pareja con Rafael Nadal en dobles.

Rafa había sido su rival durante más tiempo. Se habían enfrentado en algunos de los mejores partidos de tenis de la historia. En muchas ocasiones, se habían llevado mutuamente al límite de sus capacidades. Había sido una rivalidad a la altura de cualquiera en el mundo del deporte. Pero, mientras que los combates de boxeo entre Muhammad Ali y Joe Frazier eran la expresión formal de una antipatía más profunda —un odio eterno, al menos por parte de Frazier—, la ferocidad de la competición entre Roger y Rafa iba acompañada de una extraordinaria caballerosidad.

Eran sobrehumanos, no solo por cómo jugaban, sino también por cómo se comportaban. Sí, sí, el tenis no es boxeo (como señaló Joyce Carol Oates, se juega al fútbol, al tenis o a lo que sea, pero no se juega al boxeo), pero la intensidad del esfuerzo y la concentración elevaban lo que estábamos viendo a cotas sin precedentes.

«El revés a una mano representa un ideal de belleza»

As was the case with other aspects of Roger’s career, this only became fully apparent in retrospect. Consider the distasteful third-round match at Wimbledon this year between Nick Kyrgios and Stefanos Tsitsipas and you get a sense of how high had been the standards set by Roger and Rafa, while playing for far bigger stakes. It’s a reminder that while we enjoy watching sporting excellence, what we love is sportsmanship (Sport without sportsmanship is not even sport.) As a boy besotted by cricket in Trinidad, C. L. R. James gave himself unquestioningly to ‘the code’ of behaviour embodied by cricket.

Más tarde, comprendió que este código era indisociable de un proceso más amplio de dominio imperial y sometimiento racial, pero, incluso ya convertido en un radical maduro, mantuvo su fe en el críquet como ideal: una forma de jugar y un modelo de conducta y moralidad. Para muchos de nosotros, Roger representaba un ideal comparable en el tenis, tanto por su comportamiento como por su estilo. El revés a dos manos puede ser más eficaz y fiable, pero el revés a una mano encarna un ideal de belleza. El tenista perfecto debe tener un revés a una mano.

And it wasn’t just the backhand, of course. Every shot Roger played, every move he made, was elegant, gorgeous and exciting. He was never boring, not for a moment. For a while we took this for granted, when he was winning everything in sight (out of sight, actually, since the US Open triumphs tended to be reported in the papers rather than watched live on TV). But I think we only began to fully appreciate the beauty of his game when we saw that it was also fragile. And the first to expose this fragility was, of course, Nadal, who relentlessly targeted Roger’s susceptibility to top-spin balls hit high to his backhand.

Con el tiempo, se hizo evidente que el revés podía convertirse en un punto débil. Parecía que aquello se había convertido en un lastre permanente hasta que, tras recuperarse de una primera operación de rodilla, Roger encontró la respuesta en 2017: no solo venció a Rafa en la final del Abierto de Australia (y de nuevo, unos meses después, en Indian Wells), sino que logró lo imposible: conectar golpes ganadores de revés ante la implacable derecha de Rafa. Fue una apoteosis gloriosa.

“Djokovic’s rivalry with Federer in particular was prolific”

Photography by @slgckgc (Flickr)

Pero aquello no fue el final. Novak Djokovic había demostrado en varias ocasiones su capacidad para desgastar a Federer y, para muchos de nosotros, la trayectoria de Roger en Wimbledon pareció terminar simbólicamente no en 2021 ante Hubert Hurkacz (una tibia derrota en tres sets, tras la cual se resignó a someterse a otra operación), sino el año anterior, cuando no logró aprovechar dos puntos de campeonato contra Djokovic. ¡Ojalá aquellos dos puntos hubieran acabado de otra manera! Pero no fue así, el circuito siguió adelante y, para abreviar esta parte de la historia, todas las miradas estaban puestas en Roger en el O2 Arena.

Saltó a la pista en aquel recinto tan poco propio de Wimbledon —más discoteca que cancha de tenis— y hasta eso resultó asombroso: el ritmo, el aplomo y la naturalidad. Habíamos alcanzado tal grado de adoración y reconocimiento que todo cuanto hacía —un saludo al público— parecía revestido de gloria. Jugó junto a Rafa. El partido siguió su curso. Perdieron, lo que al menos demostró que no estaba amañado, que no era una mera ceremonia. No importaba. Nada importaba salvo ver a Roger por última vez.

Ahora bien, aquello siempre iba a ser emotivo para él, y fue estupendo que estuviera allí acompañado de un nutrido grupo de jugadores y exjugadores, porque a Roger le encantaba formar parte del circuito. Se llevaba bien con todo el mundo y era, como bien se sabía, invariablemente amable con todos. Pero debemos valorar la buena opinión que sus compañeros de profesión tenían de él desde otra perspectiva más importante. Yo me hago una idea de lo grande que fue Roger. Tú también. Todo el mundo. Pero quienes de verdad lo saben, quienes valoran todo lo que hizo, son sus compañeros. Y nadie lo vio con más claridad que Rafa.

«Saltó a la pista en este escenario tan poco propio de Wimbledon, más parecido a una discoteca que a una cancha de tenis»

Así que sí, más que el tenis, lo que se convirtió en una imagen icónica fue ver llorar no solo a Roger, sino también a Rafa. Fue extraordinariamente emotivo, pero aún quedaba más. La imagen —la instantánea que dio la vuelta al mundo— de Roger agarrando la mano de Rafa mostró lo mucho que habían significado el uno para el otro, cuánto se apreciaban. Lo bueno de una imagen fija es que nos permite obviar el hecho de que el gesto parecía haberlo provocado una canción cursi interpretada por alguna superestrella cuyo nombre no me dice nada. Esa fotografía perdurará para siempre, pero, en realidad, hay otra imagen de aquel momento que recuerdo con mayor nitidez.

Todo esto, como dije al principio, ocurrió tras la muerte de la reina Isabel. Con una rapidez encomiable, la revista deportiva francesa L’Equipe publicó un número con una foto de Roger en la portada y el siguiente lema, en inglés: «God Save the King!»

*Conocida como la «Ryder Cup» del tenis, la Laver Cup se disputa en elegantes pistas completamente negras y lleva el nombre del legendario Rod Laver, quien ganó dos veces a lo largo de su carrera el Grand Slam en un mismo año natural.

El libro de Geoff Dyer «Los últimos días de Roger Federer» está publicado por Canongate.

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