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Cruzar el Atlántico: ¿por qué Nueva York no sabe hacer clubes privados?

Robin Birley va a abrir un nuevo club privado para socios en Manhattan, lo que, para los veteranos de Shepherd Market, es un poco como enterarse de que están planeando un partido de críquet de cinco días en Marte. ¿Quién iba a decir que allí arriba tenían siquiera la atmósfera necesaria? Mientras tanto, en el Upper East Side, el ambiente es más bien de curiosidad; incluso de coqueteo. Un financiero con el aspecto de Bill Gates (y casi su saldo bancario), que vive en un lujoso dúplex encima del futuro club, me cuenta que sus amigos y socios no paran de atosigarlo para que les dé novedades sobre este nuevo local, por mucho que intenten mostrarse distantes e indiferentes. «Les ha picado el gusanillo, eso seguro», dice, y con ello se refiere a la enfermedad inglesa. Esa dolencia de por vida que consiste en querer sentarse en sofás mejores y más exclusivos; ese angustioso salto de la escuela preparatoria al internado, de ahí a Pop, al Bullingdon, a Hertford Street, a White’s, al Hurlingham, al MCC y a la Cámara de los Lores; y así una y otra vez, cada vez más arriba, con un aire cada vez más tenue y refinado, rumbo a la tumba más hermosa del cementerio más distinguido.

Robin Birley in 1980. Image: Getty.

Quizá no sea tan sorprendente. Últimamente se ha producido una fusión transatlántica de mentalidades. Ahora las grandes estrellas de Estados Unidos son inglesas, y los Cotswolds están llenos de estadounidenses descarriados. Las colinas resuenan con los sonidos de Montauk. Así que es lógico que nuestros primos neoyorquinos también se hayan lanzado a hacer lo último que los ingleses aún hacen mejor que nadie: gestionar clubes exclusivos. Sí, allí siempre han tenido clubes como los de Harvard y Yale. Sí, se les dan bastante bien los clubes de campo, si no te molesta tanta licra turquesa. Sí, durante la década de 2010 proliferaron locales rompedores con curiosos elementos diferenciadores —se permitía la cocaína; se permitían los bebés—. Y sí, ahora hay Soho Houses por todas partes, lo cual, como habrás observado, equivale a que Soho House ya no esté en ninguna parte. La exclusividad no puede ser ubicua.

El auténtico club privado de socios —el ideal platónico del concepto; la condición sine qua non para esa clase de persona que dice cosas como «condición sine qua non»— ha sido, al menos hasta ahora, una criatura esquiva para los habitantes de Manhattan. Últimamente ha habido algunos intentos interesantes. «Todos mis amigos ya son socios de Zero Bond, y probablemente también de Casa Cruz», dice el Bill Gates de Hacendado, en referencia a esas dos incorporaciones relativamente recientes y llamativas a la escena. Pero da la impresión de que ofrecen algo bastante distinto de sus homólogos de St James’s o Mayfair. Se puede reservar mesa en Casa Cruz (la comida es excelente) aunque no se sea socio, y una vez un tipo de las finanzas me propuso echar un pulso para pasar una noche con su novia. Muy divertido, pero no es exactamente un club de verdad, querido amigo.

Zero Bond, que suena como la décima entrega de una franquicia de Jason Statham, es mucho más una discoteca que un club privado, aunque exige el pago de una cuota y somete a sus socios a un proceso de selección meramente nominal. (Cuesta 3.850 dólares al año, más una cuota de ingreso de 1.000 dólares). Un neoyorquino entendido en estos asuntos me lo describió como «muy sin más». Zero Bond se utilizó como localización para el rodaje de Succession, y al alcalde Eric Adams le encanta: celebró allí su victoria electoral de 2021 y se sienta casi todas las noches en la zona del club a la que se accede mediante un escáner láser de huellas dactilares. En el Garrick, eso causaría estragos entre quienes padecen gota.

Zero Bond

Entre los otros aspirantes está Sartiano’s, un club «principalmente para socios» (ejem) que lleva el apellido de Scott, el fundador de Zero Bond: todo muy de tomar caviar a cucharaditas y esperar a que aparezcan las Kardashian. También está el aterradoramente enorme hotel Aman, donde me alojé el año pasado y que, básicamente, pretende engañarte para que creas que estás en cualquier lugar menos en Manhattan. Nunca había visto semejantes dentaduras. El hotel y spa más caro de la ciudad ha encajado recientemente en su inmensidad hueca una zona privada para socios que cuesta 15.000 dólares al año (más 200.000 de entrada). ¿Puede la crioterapia curar la ansiedad por el estatus? En cualquier caso, un amigo mío que vive entre Londres y Nueva York me dice que ese precio desorbitado probablemente no sea más que un gancho publicitario, una patraña. Según cuenta, unos meses después de que abriera el club del Aman, le ofrecieron ser socio de pleno derecho por una fracción del precio anunciado.

¿Qué está pasando aquí? ¿Por qué Nueva York no consigue dar con la fórmula para este tipo tan concreto de hostelería? Hablé con Dana Brown, que escribió una crítica especialmente mordaz de Casa Cruz para Air Mail en diciembre. En la introducción —un rápido repaso a la historia del asunto— explicaba que «a principios del siglo XX había casi 120 clubes de este tipo en Nueva York. Algunos siguen existiendo, aunque hace décadas que dejaron de ser una parte esencial del tejido social neoyorquino». Atribuye ese lento declive —y la diferencia con la escena londinense— a dos factores. En primer lugar, al hecho de que Londres tenía históricamente una oferta gastronómica pésima en comparación con una ciudad como Nueva York, lo que significaba que, si querías ir a algún sitio a comer un buen filete, tendías a ceñirte a lo conocido noche tras noche; es decir, a tu club. Esto dio a los clubes una función esencial y estable (además de ingresos) durante los cambios culturales del siglo XX. Sin embargo, aún más importante es el hecho de que «en Londres todo cierra increíblemente pronto», afirma Brown. En Nueva York, nos recuerda, hay «restaurantes abiertos las 24 horas y bares que sirven copas hasta las cuatro o cinco de la madrugada». Básicamente, puedes quedarte fuera hasta la hora que quieras. La ciudad que nunca duerme, etcétera, etcétera. En Londres, sin embargo, cuando llegan las 23:30, las opciones son apiñarse hasta las tres de la madrugada alrededor de la mesa de centro OKA de alguien en un piso compartido de Chelsea o ir a un lugar encantador, con cojines mullidos, donde saben cómo te llamas y puedes fumar en la azotea, sin ninguno de los molestos inconvenientes (ruido; botellas gigantes de Grey Goose) de una discoteca de verdad. En Nueva York, sencillamente, nunca se dio esa necesidad de «¿y ahora adónde vamos?».

Casa Cruz

Una tercera y última razón, quizá, podría ser la singular ansiedad que caracteriza la mentalidad británica: una predilección por organizar y establecer distinciones, de la que solemos bromear al hablar de nuestra afición a hacer cola, pero que se manifiesta de forma más sutil en nuestro interés por los clubes. Esto sencillamente no existe de la misma manera en Estados Unidos. Para empezar, el país es demasiado grande, mientras que Gran Bretaña tiene un tamaño lo bastante manejable como para mantener un esnobismo de ámbito nacional. Tendemos a encasillar a la gente. Nos gusta saber a qué colegio fue alguien. Sabemos lo que el acento revela de una persona. Tenemos un olfato muy fino para detectar la clase social y a quienes fingen pertenecer a una distinta de la suya. En Londres, sobre todo, nos gustan las tribus, los procesos de admisión y los obstáculos: bancos privados que no quieren entre sus clientes a Nigel Farage; clubes de tenis a los que solo se puede acceder por matrimonio; pubs que sirven una Guinness decente y en los que es imposible conseguir mesa. En el fondo de su espíritu constitucional, los estadounidenses creen que hay que celebrar el ascenso social, no burlarse de él; valoran la meritocracia social, no el amiguismo impenetrable. (Es una de las razones por las que conceden tanta importancia al deporte.)

«Me interesará ver cómo le va al club de Birley», dice Brown. «Quizá consiga que funcione donde otros han fracasado». El nuevo local ocupa una manzana entera de Madison Avenue, entre las calles 69 y 70. Tendrá dos plantas y se llamará Maxime’s, en honor a la tía de Birley, Maxime Le Bailly, condesa de La Falaise, que fue una estrella del cine «underground» en los años sesenta. Pierre Rougier se encarga de las relaciones públicas, aunque dudo que él lo llamara así. Es el gurú de la comunicación de los círculos más exclusivos que suele representar a Balenciaga, Louis Vuitton y Versace. Esto ya no es Shepherd Market. Darius Namdar, anteriormente en Mark’s Club y The Twenty Two de Londres, y todo un experto en puros, ha sido enviado expresamente para dirigir el cotarro.

Namdar, un detalle crucial, es inglés. «Los clubes son prácticamente lo único que vosotros, los británicos, hacéis mejor que nadie», dice Billy Gates. «De hecho, es lo único que se os da bien». Entretanto, un londinense asiduo a numerosos clubes (5HS, Annabel’s, Oswald’s, Maison Estelle, etcétera) me cuenta con orgullo que ya ha conseguido ser socio del «club transatlántico de Birley». Para él, era un trofeo mucho más reluciente que otra simple afiliación a un club londinense. «Allí pasan muchas más cosas», afirma; además, siempre le ha atraído la idea de tener una esposa estadounidense. Si muchos más siguen su ejemplo, sería una evolución interesante. A veces se dice de Nantucket que es «más inglesa que los propios ingleses». Del mismo modo, en un juego de prestidigitación muy propio de estos círculos, el club privado más codiciado de Londres podría estar pronto en Nueva York.

Este artículo se publicó originalmente en nuestro número de primavera de 2024. Más información aquí.

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