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Panecillos y multimillonarios: los locales de moda de Nueva York para almuerzos de poder

Siete hombres de mundo eligen las mesas más influyentes de Nueva York

En Elaine's Restaurant, en Manhattan, aquel refugio de famosos de los años setenta que sirvió de escuela preparatoria para Studio 54, su irascible propietaria, Elaine, indicó una vez a un cliente cómo llegar al baño con la frase inmortal: «Gire a la derecha al llegar a Michael Caine». Probablemente nunca ocurrió; entre otras cosas, la flor y nata que frecuentaba Elaine's solía estar terriblemente borracha y hasta arriba de cocaína (se podía comprar detrás de la barra, algo tan práctico como espantosa solía ser la comida). Pero, de algún modo, la anécdota resulta verosímil. Esa es la fórmula secreta de todo buen restaurante de poder: mitos y Montrachet; pantomima y cóctel de gambas. Y en ningún sitio se dominan los restaurantes de poder como en Nueva York. Se rumorea que la covid, la col rizada y esos búnkeres para comensales que han instalado en todas las cunetas han acabado con el glamour de sus salones. Por suerte, parece que las noticias sobre su muerte —al menos según los siete profesionales del almuerzo que aparecen a continuación— han sido muy exageradas.

Jeremy King (restaurador): The Grill

99 East 52nd Street

The Grill

El almuerzo de negocios en Nueva York fue, en realidad, fruto del desayuno de negocios, y el origen de este término debe atribuirse a Bob Tisch y a los desayunos que organizaba en el hotel de la familia —el Loews Regency— allá por la década de 1970, cuando Nueva York necesitaba resurgir tras haber estado al borde de la bancarrota.

El lugar que siempre consideré digno de ostentar el título de templo neoyorquino de los almuerzos de negocios tenía que ser el Grill del Four Seasons. Era el escenario donde se cerraban acuerdos, sobre todo en el mundo editorial y periodístico, aunque también en los ámbitos de la política, la publicidad y la banca. Siempre me cautivaron tanto la clientela como la absoluta sencillez de los interiores diseñados por Philip Johnson. En un principio, el Pool Room contiguo se consideraba el espacio más importante, pero eso había cambiado para la década de 1980. Tras cierta polémica, el propietario, Aby Rosen, ha recuperado ahora el local, que está gestionado por Major Food Group. Conocido simplemente como The Grill, sigue atrayendo a un tipo de público que rara vez se ve en Londres. Es menos sobrio, pero cuando se trata de impresionar, cumple a la perfección.

A veces disfruto de una versión del almuerzo de negocios en Fasano, pero para mí The Grill sigue siendo el rey.

Charles Finch (editor de A Rabbit's Foot): Cipriani, Kappo Masa y otros

Varias direcciones

Kappo Masa

Maxwell’s Plum (cerrado desde 1988) era una embriagadora mezcla de poder y sexo. El local vivió su época dorada a principios de los años 80 y estaba dirigido por un elegante lord inglés llamado Robin Hollis. Robin conocía a todos los magnates, y en aquella época sí que había magnates. En 1979 iba a trabajar con cuello duro y enviaba estos cuellos a Londres para que los lavaran como era debido. Riguroso con las formas y dotado de un inmenso encanto, dirigía el local como si fuera su propio regimiento. También es probable que fuera, o hubiera sido, un agente de inteligencia de cierta relevancia.

Era un restaurante grande, con una estética que evocaba Hello, Dolly! o My Fair Lady. El almuerzo de los domingos era toda una institución. Enormes bandejas de plata repletas de marisco y martinis y cócteles Bloody Mary aún más grandes, con gigantescos tallos de apio y aceitunas del tamaño de pelotas de tenis. Camareros de frac y un pianista de pelo cardado amenizaban aquel caos coreografiado de glamour.

Allí tomé mi primer bullshot con mi madre y un industrial italiano al que ella había cogido cariño. Mi madre, por supuesto, se mantuvo fiel al champán. Copa tras copa de espumoso champán. El primer plato era siempre la mariscada, servida con gran ceremonia: los camareros de chaqueta roja retiraban al unísono las campanas con remate de plata, dejando al descubierto langostas y almejas gigantes. Qué divertido. Me encantaba. A todos nos encantaba. Jimmy Goldsmith y Gordon White eran clientes habituales, al igual que muchos otros. Henry Kissinger y Diana Vreeland. Harry Belafonte, George Bush y Nancy Reagan. «Todo el que es alguien», como suele decirse.

Otros restaurantes frecuentados por la gente influyente de Manhattan en aquella época eran, por supuesto, el 21 Club, Mortimer’s y Gino’s, famoso por su papel pintado de cebras rojas. El personal de estos locales solía estar sindicado y no podía ser despedido, lo que significaba que te atendían los mismos camareros durante décadas y acababan convirtiéndose en amigos: a veces eran unos cabrones amargados y malhumorados, y otras, encantadores y competentes. En ocasiones eran groseros y, desde luego, bruscos, pero formaban parte del lugar. Recuerdo que, después de que muriera mi padre [el actor Peter Finch], que se había convertido en un icono de Nueva York por su famosa diatriba «No voy a seguir soportándolo» de Network, la película por la que ganó el Óscar, los camareros de Gino’s no me dejaban pagar.

Hoy las cosas son un poco distintas. El poder en Nueva York está más repartido, y lo mismo ocurre con los restaurantes donde se concentra. Los Cipriani del centro y de Midtown, así como Casa Cipriani, junto al río, atraen a una clientela adinerada y de altos vuelos. Los diminutos restaurantes japoneses de omakase, prohibitivamente caros, también se han hecho un hueco, al igual que Kappo Masa (976 Madison Avenue), el restaurante japonés de Larry Gagosian. Le Bernardin, de Eric Ripert (155 West 51st Street), acoge almuerzos de negocios entre gente influyente, al igual que Michael’s (24 West 55th Street), frecuentado por el mundo editorial y de los medios de comunicación. The Grill, en la calle 52, también recibe a una buena parte de la élite y probablemente haya sustituido al maravilloso Post House de The Lowell.

Zach Weiss (director de marca de Outerspace): The Polo Bar

1 East 55th Street

The Polo Bar

No hay ningún otro restaurante para el que prepare conjuntos o vaya de compras expresamente como lo hago para The Polo Bar. Solo la delicada danza que supone conseguir una reserva ya merece cierta pompa y ceremonia, por no hablar de los interiores, con todos los detalles distintivos de RL: las paredes revestidas de madera y adornadas con obras de temática ecuestre, las lámparas de mesa de luz tenue que centellean sobre la contundente cubertería de plata y los bancos corridos de cuero con la pátina perfecta.

Visitar The Polo Bar es una oportunidad para adentrarse en un mundo idealizado donde te reciben como a uno más de la familia y las preocupaciones por una factura abultada se dejan para otro momento. Aquí, el mundo es del señor Lauren y nosotros solo vivimos en él.

Michael Hainey (subdirector de Air Mail): Via Carota

51 Grove Street

Via Carota

¿Qué es en 2024 un restaurante para almuerzos de negocios? Algo muy distinto de lo que era a principios de siglo, cuando yo acababa de empezar en GQ y mi jefe de entonces, Art Cooper, tenía una reserva fija en el restaurante Four Seasons de Midtown. Durante quizá 50 o 60 años, el Four Seasons encarnó a la perfección lo que era un restaurante para almuerzos de negocios en Nueva York. Allí se veía a los auténticos Amos del Universo: desde Henry Kissinger hasta Barbara Walters, pasando por Bill Clinton y Philip Johnson. Un lugar donde se fraguaban, proponían, cerraban y celebraban acuerdos. Un lugar donde tres martinis eran realmente lo habitual y todo se cargaba a la cuenta de gastos.

Todavía hay mucho poder concentrado en Midtown, pero ya antes de la pandemia empezó a cambiar quién tenía el poder y dónde le gustaba sentarse a comer. No digo que yo sea una persona influyente, pero cuando tengo una comida para hablar de negocios, o al menos quiero causar una buena impresión, voy a Via Carota. Para empezar, tiene la mejor comida italiana de la ciudad y, además, es difícil conseguir mesa, así que, cuando invitas allí a alguien, empiezas la comida con un punto a tu favor. ¡Uf! Por último, es un local muy frecuentado por la élite creativa del Downtown, a la que le gusta proyectar cierto poder blando. Ah, mira, ¿son Greta Gerwig y Noah Baumbach? Sí, son ellos. Y esa es la otra razón de ser de un restaurante para comidas de negocios: si te rodeas de gente poderosa, quizá tú también acabes siéndolo.

Shawn McCreesh (redactor de New York Magazine): The Lowell

28 East 63rd Street

The Lowell

Vivo en el Upper East Side, así que me gusta quedar con mis fuentes en el bar de The Lowell, entre Madison y Park. Los cócteles son letales y el ambiente, sofisticado y suntuoso, pero no es un parque temático de TikTok como Bemelmans Bar, ni tiene ese aire hortera de nuevos ricos europeos del Mark Hotel, ni es sencillamente vulgar como el Regency Bar. Es un lugar digno para tratar los asuntos de uno, y observar a la gente nunca decepciona: señoras del East Side con aspecto de pterodáctilo envueltas en pieles, políticos gorroneando a sus donantes y algún que otro literato de la vieja escuela de la zona alta. Ah, y allí siempre huele de maravilla, con un aroma vagamente ambrosíaco.

Ben Elliot (cofundador de Quintessentially): Coco's at Colette

767 de la Quinta Avenida, planta 37

Coco's at Colette

El lugar de moda por excelencia para almorzar en Manhattan es, sin duda, Coco’s. Desde las vistas de Central Park, tan típicamente neoyorquinas, hasta el encantador personal, el servicio excepcional, los sofisticados interiores, los elegantes socios y la deliciosa ensalada César, Coco’s siempre tiene un ambiente inigualable.

Will Woodhams (consejero delegado de Fitzdares): Cipriani

376 West Broadway

Cipriani

La magia de Cip’s en Nueva York reside en su constancia. Cipriani siempre consigue atraer a gente nueva, con una buena mezcla de personas divertidas, y siempre logra hacerte un hueco. Tiene esa luz difusa que te hace pensar que la gente está fumando, otro punto a favor. Además, te llevan vitello tonnato y pollo al curry a la habitación del hotel a medianoche si no te apetece un sándwich club reseco.

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