En su excelente y reciente libro «The Haves and the Have Yachts», Evan Osnos explica que el superyate es «el objeto más caro que nuestra especie ha conseguido concebir como propiedad». Lo que significa que por fin hemos completado el capitalismo, y mucho antes que cualquiera de esas otras especies supuestamente inteligentes, como los elefantes, los delfines o las ballenas azules, que de todos modos rara vez se molestan en ir a Porto Cervo. Por su parte, el FT describió en una ocasión el mantenimiento de un superyate como «tener una pila de diez Van Goghs, solo que la sostienes por encima de la cabeza mientras intentas mantenerte a flote y evitar que se moje». Pero, en cualquier caso, ¿quién quiere unos Van Goghs? ¿Acaso no es famoso únicamente por cortarse una oreja? Eso ocurre constantemente en aguas internacionales; basta con pagarle un poco más al artista y asegurarse de que después todo el mundo borre los vídeos.
Sin embargo, si alguien va a encontrar una solución a los desafíos irresolubles que plantea tener un superyate hoy en día, tienen que ser los multimillonarios tecnológicos de inteligencia galáctica, que ya han resuelto otros grandes problemas de la humanidad, como «no poder recibir actualizaciones personales periódicas de tu profesor de Geografía del colegio privado» y «tener dificultades para conseguir que te entreguen un cable de carga nuevo en menos de una hora en una zona rural de Surrey». Para celebrar esta pionera asignación de capital, presentamos los cinco superyates más destacados de los tecnobros.