El mes pasado, Gail’s incorporó a su carta un nuevo «sándwich club César de pollo ahumado», todo un acontecimiento para los aficionados tanto a las «cadenas de comida rápida de alta gama respaldadas por fondos de capital privado» como a los «sándwiches con muy poca integridad estructural», dos grupos en cuyo diagrama de Venn ocupo justo el centro. (Escribo esto con mayonesa en mi jersey de cremallera corta.) Parece que el alimento más pijo del planeta ha llegado por fin al gran público, lo que me hizo añorar algunos de los mejores sándwiches club que he probado a lo largo de los años, del mismo modo que a los cirujanos que cauterizan heridas abiertas de pronto les entran unas ganas irrefrenables de comer beicon.
El sándwich club, ya que estamos con el tema, es una creación curiosa y demasiado poco analizada, algo que, según Anthony Bourdain en un ensayo de 2016, debieron de inventar «los enemigos de Estados Unidos». Bourdain reconoce que la combinación de ingredientes es excelente de por sí. Pero el club «se tuerce», prosigue, «con esa tercera rebanada de pan». Esa tostada triplicada responde únicamente a motivos estéticos, escribe: ayuda al club a alzarse alto y apuesto sobre el plato de un bar, con su palillo erguido, tan triunfalmente estadounidense como la bandera que plantaron en la Luna. (No entremos ahora en todo eso). Pero el resultado es un artilugio incomestible, excesivamente diseñado y resbaladizo que, en términos arquitectónicos, tiende al fallo catastrófico. (Del mismo modo, dos preservativos son mucho peores que uno). Así pues, como es natural, los mejores sándwiches club son los que contrarrestan con astucia este defecto fundamental de diseño: a veces con una rebanada de pan extrafina en el centro, otras con una admirable moderación en el relleno y siempre con patatas fritas de acompañamiento.