Últimamente, me he enamorado de las ciudades francesas. De todos modos, tardé una eternidad en comprender París; no sé por qué. Y luego, cuando tenía treinta y tantos años, llevé a mi hija y ella miró la Torre Eiffel, la señaló y dijo: «Hadas, mamá, hadas». Así que probablemente fue eso, el flechazo en toda regla, el coup de foudre. Pero ahora también me sorprenden y maravillan constantemente otras ciudades francesas. Parece que a todos nos deslumbran las costas y, por supuesto, Niza está ahí mismo, junto a una larga extensión del azul mediterráneo en todo su esplendor. Pero es en las callejuelas donde la cosa se pone realmente interesante: diminutos bistrós que se desparraman por calles empinadas, todo tipo de muros desconchados que esconden pequeños bares. Y Aix-en-Provence es sencillamente maravillosa: la catedral; los edificios del color de los girasoles. Y los mercados, por supuesto, todos esos mercados preciosos, con cucharas atadas con cintas rojas y un sinfín de cestas y antiguos camisones de encaje, y panachés cuando ya no puedes más y necesitas refrescarte a la sombra de los plátanos, junto a los puestos de fruta y verdura.