Según nos aseguran una y otra vez, el cuerpo humano está compuesto hasta en un 60 % de agua, una proporción que ni se acerca a la de las medusas, pero por algo se empieza. En este momento del capitalismo tardío, marcado tanto por la optimización personal incesante como por unos símbolos de estatus cada vez más exclusivos, resulta sorprendente que las mismas marcas de agua de siempre lleven tanto tiempo en lo más alto de la jerarquía. Fiji. Evian. Badoit. San Pellegrino. Acqua Panna. Perrier. Voss. Es cierto que, de vez en cuando, aparece algo como Liquid Death y revoluciona el segmento medio, pero incluso esa marca perdió algo de popularidad hace un par de años, cuando se supo que había sustituido discretamente sus manantiales de los Alpes austriacos por otros situados en un lugar llamado «Bland, Idaho». Sin embargo, durante el último año aproximadamente, el mercado de la hidratación de alta gama ha experimentado un cambio sutil: nuevas marcas caras, una proliferación de «sumilleres de agua» en las redes sociales, un escándalo relacionado con la pureza de Perrier y un aluvión de aplicaciones que revelan los contaminantes presentes en diversos productos asociados a determinados estilos de vida. Algo hay, podría decirse, en el agua. Y probablemente sea agua un poco más cara. Estas son las cinco que hay que beber.