Porque quizá, ya sabes, Brooklyn Beckham no sea simplemente la excepción risible de este momento del capitalismo tardío, sino que, de hecho, no sea ni más ni menos que uno de nosotros: un ser frágil, obligado por fuerzas mucho mayores que nosotros mismos a mercantilizar nuestra vida y nuestras relaciones al servicio de una caja de Pandora que no solo pretende vendernos productos, sino convertirnos también en ellos, de modo que toda vida privada sea ahora propiedad pública, toda experiencia sea mero material y todos los hijos sean poco más que subcontratistas de alguna marca en expansión de autenticidad sintética, comercializada por unos padres tan perdidos, desconcertados y aterrados como ellos. O, ya sabes, podría volver a intentar lo de ser chef.