Recuerdos de la Mille Miglia
El antiguo comentarista del histórico rally recuerda sus momentos más trepidantes
- Texto de: Simon Kidston
Mi primera participación en la Mille Miglia fue en 2007, aunque eso no es del todo exacto. En realidad, participé por primera vez como copiloto en 1995. O, pensándolo bien, podríamos remontarnos aún más, hasta 1987, cuando vi la carrera por primera vez.
Era estudiante, en el periodo entre que me expulsaron de la universidad y conseguí mi primer trabajo. Había crecido en Italia, así que mi padre me llevó a ver lo que por aquel entonces era la retrospectiva de la Mille Miglia. Era el primer evento de coches clásicos al que asistía, y nunca olvidaré el trayecto hasta allí en un precioso día soleado, cómo encontramos un sitio a las afueras de Siena y esperamos a que aparecieran los coches.

Por supuesto, la Mille Miglia original solo se celebró entre 1927 y 1957. Fundada por aficionados al automovilismo de Brescia, en el norte de Italia, la carrera surgió como respuesta a que la ciudad había perdido el Gran Premio en favor de Monza varios años antes. Consideraban que Brescia aún merecía albergar un acontecimiento automovilístico importante, así que crearon una carrera por Italia.
Debía ser un recorrido circular completo por el país, sin más paradas que las necesarias para repostar y cambiar los neumáticos. La ruta de 1.000 millas ni siquiera estaba totalmente asfaltada, y gran parte del trazado era simplemente tierra compactada. En aquella época, la idea de que un coche pudiera siquiera recorrer semejante distancia, y mucho menos hacerlo de una sola vez, era casi inconcebible. Sin embargo, Francia tenía Le Mans, Inglaterra tenía Brooklands y Alemania acababa de construir Nürburgring. Esta fue la respuesta de Italia.
Aquel primer año, el coche ganador tardó unas 21 horas en completar la carrera. La competición siguió celebrándose, con una breve interrupción durante la Segunda Guerra Mundial, hasta 1957, cuando un terrible accidente acabó con la vida del noble que conducía un Ferrari a 170 mph, de su copiloto y de nueve espectadores. Después de aquello, el Gobierno prohibió la carrera.
Sin embargo, en la década de 1970, un grupo de italianos decidió que la Mille Miglia debía renacer. Tras varias pruebas piloto organizadas por distintos grupos, en 1982 se celebró la primera edición histórica propiamente dicha, aunque esta vez no se trataba de una carrera a toda velocidad. Era una prueba de regularidad en la que había que ajustarse al tiempo fijado por los organizadores. Naturalmente, el cálculo permitía completar la carrera sin superar el límite de velocidad legal, pero por muy poco.
Lo que nos lleva de nuevo a 1987, a las afueras de Siena. Mientras observaba, aquellos coches empezaron a aparecer, uno tras otro. Me quedé absolutamente maravillado. Fantásticos Ferrari clásicos de 12 cilindros, con escapes de megáfono que rugían y voluptuosas carrocerías rojas, casi femeninas. Alfa Romeo de los años treinta, con el estruendo y el silbido de sus motores de ocho cilindros en línea sobrealimentados. Era algo que conmovía el alma.
Y recuerdo ver aparecer un pequeño coche italiano rojo, antes de que algo rápido y plateado surgiera de entre los árboles tras él. Era un Mercedes 300SLR capaz de alcanzar los 290 km/h —posiblemente el coche de mis sueños—, con la bandera británica pintada en la parte trasera y una palanca de cambios que parecía Excalibur. Acto seguido, devoró al pequeño coche italiano. ¿Quién lo conducía? El difunto Sir Stirling Moss. Y era el mismo coche con el que había ganado la carrera en 1955.
Aquella victoria de 1955, una de las dos únicas ocasiones en que la Mille Miglia no la ganó un italiano, marcó el mejor tiempo jamás registrado en la carrera: 10 horas y 7 minutos. Sir Stirling había elegido como copiloto a un motorista para ahorrar peso, quien ideó un sistema parecido a un portarrollos de papel higiénico para ir proporcionándole las notas de ruta durante las 1.000 millas del recorrido. Y, aunque la tinta se corrió cuando empezó a llover y las gafas salieron volando cuando se inclinó por el lateral del coche para vomitar, la pareja logró terminar en un tiempo récord. Sir Stirling llegó a decir que no se dio cuenta de lo rápido que iban hasta que miró hacia arriba y vio que un avión de prensa bimotor tenía dificultades para seguirles el ritmo. Ver a Sir Stirling aquel día de 1987 fue lo que realmente despertó mi pasión por los coches clásicos.

Unos años después de 1987, un cliente italiano me invitó a ser su copiloto en 1995. Tras recogerme en un Ferrari 250 Europa, íbamos por la autopista y le pregunté cuánto había conducido el coche. «Es la primera vez», respondió. Baste decir que tuvimos problemas con el generador y los pasos de rueda traseros, y que el embrague empezó a patinar. Aun así, terminamos en el puesto 70 de 250 coches. Aquella fue mi verdadera introducción a la Mille Miglia, y jamás la olvidaré.
En 2007, volvieron a contar conmigo para comentar la carrera, en la que participaban unos 450 coches. Me colocaba en la rampa de salida, micrófono en mano, y decía unas palabras sobre cada coche. Eran unas horas muy intensas. Muy divertidas, pero absolutamente agotadoras. Después, me subía al coche, salía disparado hacia Roma y hacía lo mismo la noche siguiente, cuando los coches ya llegaban en un orden muy distinto.
Sin embargo, sí que podías hacerlo frente al Castel Sant’Angelo, un precioso castillo medieval. Se congregaban multitudes y disfrutabas de una cena con todos los políticos locales e invitados VIP. El ambiente es realmente emocionante, pero dista mucho de ser lujoso. Uno no participa en la Mille Miglia para que lo mimen, y siempre me divierte ver a estos amos del universo empresarial, acostumbrados a desplazarse en sus aviones privados y alojarse en las suites más grandes de los mejores hoteles, renunciar durante cuatro días a sus exigencias gastronómicas y de hospitalidad y vivir como mochileros en un año sabático.
Y también hay personajes de lo más variopinto. Hemos contado con gente como Daniel Day Lewis, Juan Fangio o Jenson Button. Políticos italianos, ministros del Gobierno y muchos presentadores de la televisión italiana, sobre todo de los más atractivos. Jim Gianopulos, productor cinematográfico estadounidense y actual consejero delegado de Paramount Pictures. David Gandy, Jodie Kidd. Personas muy diversas y fascinantes. Y algunas de hasta 90 años, especialmente los pilotos de carreras retirados. Siempre me ha impresionado la resistencia de estos señores mayores.
Por supuesto, no todos son pilotos de carreras. Hay mucha gente que no tiene ni idea de lo que hace. Por desgracia, se ha puesto de moda alquilar un coche para participar: te presentas el día del evento sin saber absolutamente nada del vehículo. Aunque también hay quienes demuestran tener unos conocimientos sorprendentes. Una vez participaron el alcalde de Moscú y su esposa. Ella era una de las mujeres más ricas de Rusia y muy competitiva. No se saltaron ni un solo punto de control de la ruta.
Y la ruta es fantástica. Mi tramo favorito es el que discurre entre Siena y Florencia, salpicado de cipreses, caminos de tierra blanca y antiguas casas de campo. Pero también suele haber nieve a las afueras de Roma, en los montes Terminillo, y preciosos tramos junto al mar en la costa adriática. En cuanto a velocidad, hay una carretera a la salida de Mantua donde, en otros tiempos, algunos coches alcanzaban una media de 200 millas por hora. Eso sí que es ir rápido.
Así que, naturalmente, se viven momentos de mucha tensión. He visto coches ardiendo. He visto coches volcados. He visto coches sin la parte delantera, como resultado de choques frontales. Algunos olvidan que esto no es una carrera de cuadrigas romanas. Pero todos hemos caído en eso, porque el público es increíble. Desde señoras de 80 años vestidas de negro que te saludan hasta escolares que agitan banderas desde las verjas de sus colegios, el pueblo italiano es el alma de la Mille Miglia.
Pero también pueden hacerte olvidar que tu coche histórico no tiene cinturón de seguridad, airbag ni techo. A menudo tampoco tiene intermitentes, ABS ni frenos de disco. Así que, aunque la Mille Miglia es sin duda maravillosa —cuatro días de euforia, cultura, camaradería e historia—, es importante que los pilotos recuerden que son mortales y que deben respetar tanto las leyes de la carretera como las de la física. Si no lo olvidan, realmente no hay otra carrera igual.
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