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¿Neil Diamond o diamantes de verdad?

Investigamos las virtudes de las piedras brillantes y los cantautores

SOBREVALORADOS: Los diamantes

Neil Diamond o diamantes de verdad: cuál es mejor, Sam Leith

¿El mejor amigo de una chica? Y un jamón. Los diamantes no son más que pedazos de carbón con ínfulas, y la presión que se ejerce sobre todo joven pretendiente para que obsequie a su amada con un ejemplar solitario constituye uno de los grandes engaños publicitarios perpetrados en el mundo moderno. La idea de que el anillo de compromiso de diamantes es obligatorio no se remonta, por si les interesa saberlo, a los faraones ni a los reyes medievales. Es incluso más reciente que el tartán escocés, esa tradición inventada a finales del siglo XIX.

La idea de regalar un brillante de diamantes al prometerse fue popularizada, en realidad, por el departamento de marketing de De Beers a partir de la década de 1930. Habían puesto en marcha una mina de diamantes y necesitaban algunos incautos a quienes vendérselos. «Un diamante es para siempre» fue un eslogan publicitario de 1947. Unos ingeniosos anuncios de televisión, el emplazamiento de producto y un oportuno guiño de Ian Fleming hicieron más o menos el resto.

Históricamente, los diamantes grandes han sido muy apreciados —aunque los mogoles preferían las piedras de colores, porque ¿quién no?—, pero los de gran tamaño casi siempre traen mala suerte, estén malditos por fuerzas sobrenaturales o no. Los diamantes han alimentado innumerables guerras africanas y sostenido más de una sangrienta dictadura.

Neil Diamond o diamantes de verdad: ¿qué es mejor? Sam Leith

¿Y para qué? Para tener algo en un dedo que (a menos que lo dejes toda la noche en un vaso de ginebra, lo cual es un desperdicio absoluto de ginebra) resulta más o menos indistinguible del circón o del vidrio bajo cualquier luz normal y a cualquier distancia. Es más, son el regalo que no deja de quitarte cosas. Como el tonto que soy, cuando nos prometimos me gasté más meses de sueldo de los que quiero recordar en comprarle un anillo de diamantes a la que ahora es mi mujer. ¿El resultado? Es casi imposible contratar un seguro de hogar que cubra mis pertenencias: en cuanto menciono la mera existencia del anillo, los actuarios triplican el precio y exigen cerraduras propias de una habitación del pánico, una alarma antirrobo que no desentonaría en la guarida de supervillano de Elon Musk y una caja fuerte empotrada en hormigón en el sótano. «Ah», digo yo. «Pues no aseguren el diamante; nos arriesgaremos». No, responden: ahora que saben que existe, tienen que subir tanto la prima por si algún ladrón entra expresamente para robarlo y, yo qué sé, de paso se lleva mi tele.

Mi mujer, sentimental como es, cree que deberíamos vender de una vez la dichosa cosa y usar el dinero para pagarnos unas buenas vacaciones, y estoy empezando a darle la razón.

INFRAVALORADO: Neil Diamond

Neil Diamond o diamantes de verdad: ¿cuáles son mejores? Sam Leith

¿Neil Diamond? Eso ya es otra cosa. De hecho, sigue vivo; acabo de comprobarlo. Aunque nadie lo diría, viendo cómo los idiotas de los periódicos no paran de hablar de Stormzy, Lady Gaga y demás. Neil Diamond es uno de los grandes de todos los tiempos, y su álbum de 1978 20 Golden Greats es de oro y, bueno, una maravilla. No hay ni una sola canción que falle, y los más de 100 millones de discos que ha vendido a lo largo de sus seis décadas de carrera demuestran que, aunque ahora los críticos lo ignoren, hay muchísima gente que está de acuerdo conmigo.

La mayoría de los artistas comerciales menos modernos de la segunda mitad del siglo pasado —piensen en unos pazguatos como John Denver y Neil Sedaka— suenan aún más pasados de moda hoy en día. Pero, aunque Diamond vendiera discos al mismo público que esos artistas, lo suyo era algo completamente distinto. Es Tin Pan Alley. Es góspel. Es country. Es trovador ambulante. Es rock and roll. Tenía, si me permiten el juego de palabras, facetas y aristas. Era cañero. Uno podía imaginarse a los Ramones o a Sonic Youth versionando una canción de Neil Diamond. No tanto una de Neil Sedaka.

Neil Diamond o diamantes de verdad: cuál es mejor, por Sam Leith
Neil Diamond o diamantes de verdad: ¿qué es mejor? Sam Leith

Pensemos en el swing atemporal y la frescura melódica de «Sweet Caroline», en la aspereza de su voz cuando da paso —«Aaah…»— a la frase inicial de «Cracklin’ Rosie», en el insistente boogie de «Kentucky Woman», en el fraseo nítido de «Cold Water Morning», «New York Boy» o «Brother Love’s Travellin’ Salvation Show», en la quebrada melancolía de «Mr Bojangles» o en la operística grandeza existencial de «I Am, I Said».

De hecho, «I Am, I Said» es una buena canción para analizar. Escucha el cristalino punteo de guitarra de la introducción y, después, cómo entra la voz. Fíjate en las modulaciones del tono, en cómo serpentea entre una suerte de blues hablado y un gran trino melódico; en la astucia con la que encabalga los versos y se abre paso por la trenza de asonancias y rimas llanas («lay back»… «way back»; «became one»… «same one»); y luego en cómo se expande en la última estrofa, marcando los acentos y precipitándose ágilmente hacia ese gran crescendo que da paso al estribillo final: «Y no soy un hombre al que le guste maldecir / Pero nunca soporté / El sonido de la soledad».

La composición es sublime; la voz y la maestría musical están más que a la altura. Neil Diamond es realmente eterno.

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