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La muerte del familiar de Volvo

El icónico modelo ha dejado de fabricarse. ¿No hemos perdido algo más que un maletero más grande?

De todos los estratos de la jungla de la escuela preparatoria —los numerosos y cambiantes escalafones que iban desde «niño con todas y cada una de las cartas Pokémon y dinero para gastar en el quiosco» hasta «chico grandullón que colecciona hojas y sabe mucho sobre los gulags»—, para mí ninguno estaba por encima de este: «niño cuyos padres tienen un Volvo familiar verde bosque con asientos en el maletero orientados hacia atrás». Aquello era el culmen de la elegancia de casa de campo de clase media-alta de finales de los noventa (que, a su vez, es sin duda el culmen de la cultura moderna).

Olvídate de los padres que aparecían los viernes por la tarde en sus Aston de crisis de los cuarenta y con sus Oakley de desesperado; olvídate de los Bullmore, con su vetusto Renault Mégane Scénic, con un solo techo solar (¡uno!) y un radiocasete que solo reproducía la cara dos de Grandes éxitos de Billy JoelLa ranchera de Volvo era lo que uno quería: un moodboard sobre cuatro ruedas de chaquetas enceradas, perros hermosos, bates de críquet bien curtidos, esquís en el techo y madres guapísimas. Era discreta y práctica; cosmopolita, escandinava y pija. Siempre eran los internos, con sus exóticas casas en Wiltshire y sus florecientes problemas de abandono, quienes tenían padres con uno de esos coches; nunca los alumnos externos, sosos, blandengues y mimados como yo.

En la cavernosa parte trasera de un Volvo cabían 72 labradores/alumnas de Downe House, o se podía organizar una barbacoa durante la entrega de premios usando el parachoques trasero. Algunos amigos dieron sus primeros besos en aquellos asientos auxiliares orientados hacia atrás. Algunos modelos incluso tenían pequeños teléfonos para comunicarse desde el maletero con el conductor. Una vez dormí en uno de color dorado después de una fiesta de 21 cumpleaños: los asientos se abatían hasta quedar completamente planos, como la primera clase de Emirates, pero con una intoxicación etílica. Qué curioso que ciertas cosas se te queden grabadas a una edad tan temprana; pequeños símbolos de estatus con unas características muy concretas que acabas persiguiendo inconscientemente durante el resto de tu vida.

Cuando ahora sueño con tener una casa de campo, no es porque quiera una gran mansión con piscina, pista de tenis, invernadero y estanque ornamental. Es porque quiero que un Volvo familiar haga crujir la grava de su amplia entrada y recorra sus sinuosos caminos. A menudo pienso que uno de los pocos consuelos de tener hijos es que son una buena excusa para comprar en eBay un 850 Turbo de 1998. (Eso, y que estaría bien que alguien cuidara de la casa de campo cuando yo ya no esté).

Imagínense, pues, mi decepción cuando el pasado agosto leí que Volvo iba a dejar de vender con efecto inmediato todos sus modelos familiares en el Reino Unido. Los SUV y los «crossover» eran mucho más populares, afirmó un portavoz (al que localicé personalmente), y reflejaban mejor los gustos y estilos de vida actuales. Además, algo sobre los coches eléctricos, etcétera, etcétera, y con toda la razón. Pero sí da la sensación de que se ha perdido algo cuando el rey de los fabricantes de coches familiares deja de fabricarlos, como si Pizza Express retirara la American Hot. Volvo prácticamente inventó el familiar cuando presentó la Serie 200 en 1974: un modelo robusto y de líneas maravillosamente cuadradas que, según se decía, adoraban los anticuarios —sin duda, el público por excelencia— por sus 1.200 litros de maletero. Lo apodaron «el ladrillo» por su diseño macizo, «construido como un aparador danés de mediados de siglo», pero también por su solidez y resistencia: en 1976, la Administración Nacional de Seguridad del Tráfico en las Carreteras lo utilizó como máximo referente de seguridad vial en Estados Unidos. (El apodo evolucionó a «el ladrillo volador» cuando el 240 Turbo ganó tanto el Campeonato Europeo de Turismos como el DTM alemán, para sorpresa, al parecer, incluso de la propia Volvo).

Un anuncio de 1988 del Turbo Wagon muestra el coche reluciente en una carretera futurista. A su lado aparece un Lamborghini remolcando un tráiler para caballos. «La idea básica del Volvo Turbo Wagon», rezaba el titular: en esencia, un superdeportivo con el que podías hacer una mudanza; lo que los aficionados a los coches llaman un «sleeper», por la descomunal potencia que oculta bajo su discreto exterior.

Después llegó el 850 (y, más tarde, el V70, de líneas algo más suaves), que consolidó al familiar de Volvo como un clásico del diseño, sobre todo por su parte trasera casi vertical, recta y sin concesiones, que hacía que, al menos para mi mente de siete años, uno sintiera que no iba sentado en un coche, sino en una especie de salón panorámico modernista, solo que en él podías practicar con los desconcertados conductores que circulaban detrás los nuevos y emocionantes gestos que te había enseñado tu hermano mayor.

En su reciente libro Los noventa, Chuck Klosterman sostiene (con el típico encogimiento de hombros de la generación X) que la década de 1990 fue la última que permanece nítida y bien definida en nuestra memoria cultural, y también el periodo en el que realmente empezó todo lo que ocurre ahora: internet, la polarización política y la fragmentación y difuminación de la cultura. También sostiene que las décadas nunca terminan cuando creemos que lo hacen. Al leer en el libro sobre las primeras salas de chat de internet y los videoclubes Blockbuster, sentí la misma punzada que cuando me enteré de la desaparición del familiar de Volvo. Algo pequeño y esotérico, que quizá distaba mucho de ser perfecto, ha desaparecido en favor de algo más eficiente y atractivo para un público más amplio; más aséptico, más moderno, más impersonal. Los SUV y los crossover son mucho más seguros y respetuosos con el medio ambiente que los antiguos familiares de formas cuadradas. También suelen parecerse mucho entre sí: una especie de curvatura internacional e indistinta. (Un magnífico artículo de 2021 de la revista Road & Track reta a la gente a distinguir entre modelos de Hyundai, Acura, Volvo y BMW a los que se les han quitado los emblemas. No pueden). La seguridad y el respeto por el medio ambiente son ventajas evidentes, por supuesto (aunque he oído el chiste de que, si tienes suficientes hijos como para llenar un familiar de Volvo, tampoco notarás que te falten un par).

Pero en el trato también se pierde algo; algo casi demasiado insignificante como para lamentarlo y, por eso mismo, aún más conmovedor. ¿Acaso la experiencia sensorial de ir a Blockbuster (incluidas las discusiones familiares y aquel aroma artificial a palomitas) no era muy superior al desplazamiento mecánico, la indecisión y la atención dividida entre dos pantallas de Netflix? ¿No resulta más divertido un precario asiento auxiliar orientado hacia atrás que un interior curvilíneo moldeado por inyección? ¿Y habrá hoy algún niño de siete años al que los pilotos traseros de un nuevo Volvo XC90 híbrido enchufable embarquen en un viaje de por vida marcado por la ansiedad por el estatus y el esnobismo estético?

Este artículo se publicó originalmente en el número de invierno de 2023 de Gentleman’s Journal. Más información aquí.

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