La historia del juego de pared
El insólito regalo de Inglaterra al mundo del deporte, desde dentro
- Texto de: Sam Leith
Todo juego tiene que empezar de alguna manera. El rugby, por ejemplo, nació, según la célebre historia, en 1823, cuando un colegial llamado William Webb-Ellis cogió el balón y echó a correr con él durante un partido de fútbol. Es fácil imaginar que el golf tuvo su momento de inspiración cuando un caminante aburrido mandó de un porrazo un trozo de excremento de oveja a una madriguera de conejo con su bastón de caza. Pero ¿el Eton Wall Game? Ese sí que desafía la imaginación. ¿Acaso un futbolista cogió el balón, salió corriendo del campo hasta el muro de ladrillo más cercano —en este caso, uno concreto del Eton College—, se arrodilló sobre él y animó a sus compañeros a ponerse guantes de jardinería y formar encima de él una melé semivertical antes de empezar a farfullar sobre el «furking»?
Digámoslo así: puede que no sea del todo casualidad que el partido más importante del año del Wall Game se celebre el día de San Andrés, en plena temporada de setas alucinógenas. Y, sin embargo, este estrambótico juego —que se practica desde 1766, por lo que es anterior al rugby (al que, según Wikipedia tiene la desfachatez de afirmar, se parece)— es el mayor, más excéntrico y menos exportable regalo del Eton College al mundo.
Bien, las reglas. No será fácil explicarlas en el espacio del que disponemos. De hecho, no son fáciles de explicar, y punto. Pocos jugadores, si es que hay alguno, pueden afirmar sinceramente que las dominan. Pero, a grandes rasgos, hay un gran muro de ladrillo, ¿de acuerdo? Mide unos 100 metros de largo. En uno de sus extremos hay otro muro perpendicular con una puerta; en el otro hay un árbol (o lo había, hasta que unos vecinos con poco espíritu deportivo lo quemaron por completo hace unos años). Ah, y hay una línea blanca trazada en el suelo, perpendicular al muro, a unos cinco metros de este. La zona comprendida entre esta línea y el muro es el terreno de juego y se denomina «surco».
El juego comienza cuando un miembro del equipo se arrodilla sobre el balón junto al muro y todos los demás se abalanzan sobre él; perdón, «forman una melé». Entonces empieza el juego: todos empujan, forcejean y golpean a sus adversarios en la cara con los nudillos o, si no alcanzan a ninguno, a un miembro de su propio equipo. Estos golpes con los nudillos están permitidos, pero un árbitro escudriña el interior de la melé con la esperanza de poder amonestar a alguien por propinar un puñetazo de verdad o por cometer una oscura infracción llamada «furking». (La propia página web del Colegio de Eton afirma, no sin orgullo, que «pocos deportes ofrecen menos al espectador»).

En cualquier caso, en algún momento la pelota puede salir despedida de este turbulento hervidero de violencia; entonces, el «lines», un jugador que merodea fuera del «bully», intentará darle un patadón para hacerla avanzar por el surco, y el «bully» volverá a formarse más adelante. La idea es que, combinando este método con empujones a la fuerza bruta, al final vuestro equipo se haga con la pelota y el «bully» llegue al «calx» del extremo rival. El «calx» es una zona delimitada —algo así como el área de penalti— en la que ya se puede marcar.
Alguien tiene que levantar la pelota del suelo con el pie y mantenerla contra la pared (todo ello en medio del ya mencionado torbellino de violencia), mientras otro miembro de su equipo la toca con la mano y grita: «¡La tengo!». Si el árbitro da su aprobación —«¡Concedido!»—, entonces ¡bien!: acaban de anotar un «shy». Es algo bastante poco frecuente.
Además, se desata el caos, porque justo después el equipo que acaba de anotar tiene derecho a lanzar el balón hacia —dependiendo del extremo en el que se encuentre— esa puerta o ese árbol con la esperanza de marcar un gol. Esto es aún menos frecuente. De hecho, la última vez que se marcó un gol en el partido del muro del día de San Andrés fue en 1909.
Michael Beloff QC, antiguo alumno de Eton que ha llegado a convertirse en una de nuestras principales autoridades en derecho deportivo, recuerda el juego con una característica mezcla de cariño y perplejidad: «Presencié seis encuentros anuales destinados a resolver la eterna cuestión de si un cerebro bien entrenado, con la ventaja de jugar en casa, podía vencer a la fuerza bruta sin entrenar», afirma. «Por desgracia, durante mi etapa no se obtuvo respuesta alguna, ya que todos los partidos terminaron con cero puntos para ambos bandos. Para mí, el momento culminante era la marcha que, la víspera del partido, realizaba el grupo de alumnos becados alrededor de la estatua de Enrique VI mientras cantaban para pedir la bendición del fundador…»
Este partido del día de San Andrés es el gran acontecimiento: se juega bastante temprano por la mañana y enfrenta a College (la residencia de los becarios) con los Oppidans (todos los demás; es decir, los paletos que pagan matrícula). College solo cuenta con una cantera de 70 chicos (unos treinta en los dos últimos cursos), frente a los cerca de 1.250 Oppidans. Si no reciben una paliza es porque a) casi nadie suele anotar un «shy», y mucho menos un gol, y b) el muro pertenece a College, por lo que el equipo de los Oppidans tiene que pedir permiso para entrenar, algo que normalmente son demasiado orgullosos y perezosos para hacer.

Eton finds itself in the throes of an identity crisis — caught between tradition and wokeness
La desventaja de los Collegers, eso sí, es que suelen tener resaca. En la residencia de los becarios, la víspera de San Andrés se celebra una pequeña fiesta en la que se subvierten las normas: a los alumnos de los cursos superiores que juegan al Wall Game se les ofrece una espléndida «sock supper», durante la cual beben a sus anchas antes de regresar a sus habitaciones para levantar la moral aterrorizando a los de primer curso. (Por tradición, el Master-in-College se retira a sus aposentos privados y se encierra bajo llave por seguridad).
A estos alumnos de primer año se les obliga a subirse a una mesa de la sala común de los mayores y a cantar de memoria en latín las distintas estrofas de la Oración del Fundador (dirigida al rey Enrique VI), mientras les arrojan cojines y otros objetos menos agradables. Después, todos entonan con entusiasmo cánticos obscenos de fútbol y pullas en latín («globulos defrangete» [«machacadles las pelotas»] era el estribillo que se coreaba con fervor en el madrigal compuesto por un estudiante de música de mi generación.
Es, en otras palabras, un juego que honra con fervor su pasado. Cada año, en la cena de los socks, se brinda «In Piam Memoriam J.K.S.» en honor de J. K. Stephen, poeta del siglo XIX que fue guardián del College Wall en la década de 1870 y que, según se cuenta, en una ocasión mantuvo a raya él solo a todo el equipo del Oppidan Wall cuando sus compañeros se quedaron dormidos. Entre otras distinciones, JKS, que murió en un manicomio cuando apenas superaba los treinta años, ha sido señalado como posible candidato a haber sido Jack el Destripador.
Otro antiguo guardián del College Wall, al que no se ha relacionado con los asesinatos de Jack el Destripador, es el actual primer ministro. Me da la impresión de que quizá haya trasladado consigo parte del espíritu del juego.
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