Skip to content

Habitaciones con encanto

Por qué no decae el deseo de asomarse al interior de las casas de los ricos y (medio) famosos

«¡Hola, AD, pasad!». ¿Hay alguna frase tan increíblemente reconfortante como la que sueltan con entusiasmo las estrellas de segunda fila de Hollywood en la serie Open Door de Architectural Digest? A continuación, un montaje de impolutos sofás Cloud, encimeras de mármol, cuencos con cítricos y bares a medida en sótanos iluminados con una luz tenue, todo ello al ritmo de una canción genérica de base contundente, antes de que la celebridad de turno («en su tiempo libre», con maquillaje efecto cara lavada, vaqueros desgastados y una impecable camiseta blanca) se deslice por su casa deshaciéndose en elogios sobre el papel pintado a mano y los suelos de piedra recuperada.

Yo (y muchos otros, cabría añadir: el recorrido por la casa de Wiz Khalifa acumula actualmente 54 millones de visualizaciones) estoy fascinada. Esperamos con impaciencia el estreno de cada nuevo vídeo, relamiéndonos antes de devorar con deleite hasta el último detalle, desde lo que despierta nuestra envidia (la casa de campo del siglo XVI con tejado de paja de Sienna Miller) hasta lo absolutamente estrambótico (la capilla de Sheryl Crow, repleta de parafernalia religiosa). ¿Por qué no podemos apartar la mirada? ¿Se debe a cierta sensación de regodeo ante las disparatadas decisiones decorativas de unos ricos de fortuna absurda? ¿Es otra forma de evasión en un mundo cada vez más convulso?