¿En qué se parece la actuación al críquet?
Por qué ocupar tu posición en el plató es como salir al campo a batear
- Texto de: Henry Lloyd-Hughes
There is a paradox at the heart of cricket. This complex sport is the ultimate team game. And yet it is also a deeply solo venture. In order for the game to function you need a bowler, a wicket keeper, two umpires, a scorer, nine fielders spread in any number of positions, two sets of stumps, two batsmen equipped with pads, and a ball made of specific leather with a specific seam pattern woven into the side of it. And yet, the truth is that all of this collective effort fades into the background as the real battle begins: the battle of the mind.
In few sports is your day’s play brought to such a crushing conclusion with a moment’s lapse in concentration. As a batsman losing your wicket, the slow surrender from the field is soundtracked by the voices in your head telling you how you should’ve played it differently. Over and over: “that wasn’t the one to hit,” or “you should’ve seen that bowler off and waited for the spinner”.
Y ahora, pasemos a mi propia y precaria profesión. No soy, querido lector, jugador de críquet. ¿Juego? Sí: 51 carreras sin ser eliminado, a los nueve años, sigue siendo mi mejor marca. Como jugador de críquet de club en la edad adulta, soy capaz de anotar 10 o 20 carreras a toda prisa, seguidas de dos angustiosos overs de pésimos lanzamientos lentos con el brazo izquierdo. De vez en cuando me regalan un wicket. Pero, más que jugar, estudio este deporte y lo consumo en cantidades ingentes. Examino minuciosamente los detalles, lo macro y lo micro, la indumentaria, la historia, el lento dolor del cambio.

And the more I know, the less I understand. I have precisely the wrong brain-type for this obsession, like a man with no hands fixated upon playing the piano. My ability to grasp figures is woeful. I still do a double or triple take every time I see a scorecard. Fielding positions that should sound familiar leave me perplexed, even if I’ve fielded there before, maybe in the last game, maybe for a whole season. “It’s like gully, but a bit more on the 45,” someone would kindly proffer, only for me to nod, now even more confused than before.
Resulta verdaderamente asombroso que alguien que ha visto todas las modalidades del críquet masculino y femenino, ha jugado en giras y ha leído las obras completas de CLR James (por no hablar de la autobiografía de Phil Tufnell, de la que cuanto menos se diga, mejor) pueda seguir sin entender de forma concreta cómo funciona realmente.
Así que, para mí, el críquet cumple otra función. Es una parábola sublime a través de la cual contemplo mi propia vida. Al hacer televisión y cine, como hago en mi trabajo habitual, yo también formo parte de un enorme equipo polifacético. Cuando entro en un plató de rodaje, me llena de alegría ver a tanta gente remando en la misma dirección. La primera persona que veo es el conductor de producción, frente a mi puerta a las cinco de la mañana, en la penumbra de las farolas. Cuando llego a algún lugar, a menudo remoto, el departamento de localizaciones ya habrá instalado una pequeña caravana dividida en tres compartimentos.
El equipo de catering llevará preparando el desayuno desde las cuatro de la mañana. El departamento de vestuario me proporciona la ropa adecuada para la escena de esta mañana, los ayudantes de dirección se aseguran de que todo vaya según lo previsto, y el departamento de arte y los eléctricos habrán estado montando y colocando una iluminación y unos decorados preciosos para hacer que hasta el espacio más humilde parezca una catedral. Y ahora nos centramos en mi espacio. Encajonada entre los maquinistas y los foquistas del departamento de cámara, junto al técnico de sonido con el micrófono de pértiga, hay en el suelo una tira de cinta naranja de quince centímetros. Esa es mi marca y, después de hablar con el director sobre la complejidad de lo que esperamos conseguir en esta escena, todo queda en silencio y cientos de ojos se vuelven hacia mí y hacia esa tira de cinta naranja de quince centímetros pegada al suelo. Ahí es donde debo colocar los pies, y el ángulo de mi mirada debe ser perfecto al centímetro para captar la luz justo como es debido y transmitir la emoción exacta mediante unas palabras por las que el guionista quizá se haya devanado los sesos durante diez años.

Es en esos momentos, cuando estoy en mi marca, cuando me imagino que soy Jimmy Anderson, en la suya, aislándose de cualquier distracción la mañana de un partido de test cricket. Quizá esté volviendo tras una lesión, con ganas de demostrar al público expectante que abarrota el estadio que mi cuerpo aún responde; que, cuando el terreno de juego conserva algo de hierba y la pelota es nueva, todavía puedo hacer que se cierre, luego que se abra y después que vuelva a cerrarse. Cuando la presión parece una montaña insuperable, me digo que soy Jimmy Anderson y que esos 500 wickets en partidos de test cricket no pueden estar equivocados.
Si no fuerzo las cosas, no voy en busca de wickets y confío en mi técnica, la pelota hará efecto. «¡Corten!», gritan. «Vamos a hacer una más». Así que noto la pelota en la mano, vuelvo a mi marca y rezo para que la siguiente salga bien. La vida en el plató interpretando al mejor lanzador de la historia de Inglaterra está a años luz de la guerra de guerrillas que supone el proceso de audición, que es donde los actores pasan la mayor parte del tiempo. Un actor tiene suerte si pasa la mitad del año o más ejerciendo realmente su profesión. El resto lo dedica a reunirse con directores de casting y productores, y a hacer pruebas para papeles que, con toda probabilidad, nunca conseguirá. Es aquí donde me encuentro equipado con las protecciones y el bate en la mano. Conozco a fondo la angustia que atormentaba a Jonathan Trott en 2015, justo antes de que decidiera apartarse del críquet internacional.
Sé lo que se siente al entrar en una sala y percibir únicamente indiferencia u hostilidad por parte de quienes tienes delante. Las voces de tu cabeza te recuerdan todos los fracasos que te han llevado hasta ese momento. Las frases que te salieron mal. Los defectos de tu técnica de los que todo el mundo habla. Este director de casting me odia, las indicaciones de este director son pésimas. Intenta recordar lo básico. Mira la pelota, no te olvides de seguirla con la vista. Mientras sonríes y estrechas la mano de personas con las que nunca trabajarás, limítate a mirar la pelota. No te compliques: mantén la mirada horizontal y lleva la cabeza hacia la pelota. No te olvides de mover los pies.
Cada escena de una audición es como enfrentarse a un nuevo lanzador al que nunca has visto. Limítate a reaccionar, juega cada bola según venga, confía en tu instinto, no exageres demasiado ni te quedes corto, no te olvides de escuchar ni de parpadear. Por el amor de Dios, hazlo bien. No dejes que te desconcentre el productor que está mirando correos en el móvil. No dejes que te desconcentren las cuatro personas sentadas al otro lado de la puerta que son exactamente iguales que tú. Ya ves que lo tienes todo en contra.

A veces parece que todo el mundo está esperando a que metas la pata. Una sílaba mal articulada, un desliz en el acento… y entonces oyes el golpe de gracia y, al mirar atrás, ves los palos derribados en el suelo. Así que intentas hacer tu mejor partido, darlo todo, incluso cuando tienes la cabeza llena de dudas y parece que lo único que puedes ver y oír es el fracaso.
He sido todos los bateadores, pero sobre todo los más solitarios, los que luchan por recuperar la forma y cuyo brillo parece apagarse. Los que salen al campo para desafiar a los críticos, para demostrarse a sí mismos que aún pueden hacerlo, aunque las estadísticas digan lo contrario.
Mientras escribo esto en una habitación de hotel, garabateo en el reverso de viejas escenas de audiciones. Ni siquiera recuerdo cuánto tiempo llevan estas páginas en mi maleta, ni quién consiguió el papel, ni si la serie era buena. No consigo el noventa por ciento de los trabajos a los que me presento, y eso que soy uno de los afortunados. El fracaso es mi compañero constante; mi cerebro profesional está hecho del tejido cicatricial que dejaron el responsable de programación que no creía que tuviera carisma, los productores que no me consideraban rentable y el guionista que me vetó porque prefería al otro actor. Y, aun así, rindiendo homenaje a la valentía del señor Trott y compañía, sigo adelante para ocupar mi puesto ante el wicket y afrontar otro over de un lanzador rápido desconocido. «Al centro, por favor, árbitro».
¿Quieres saber más sobre Henry Lloyd-Hughes? Lee aquí nuestra entrevista con el actor…
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