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Diversión sin mangas: auge, caída y resurgimiento del estilo «jersey sobre los hombros»

Cargando con el peso

En ciertos rincones del sur de España, el norte de Italia y el oeste de Francia, hay generaciones enteras de hombres que parecen ignorar que sus jerséis tienen un agujero para la cabeza. Ya saben a quiénes nos referimos. Diestros en la petanca. Barriga de boya náutica. Marca del bronceado del polo Lacoste en el torso. Jamás se les ha visto un calcetín. Recorren paseos marítimos y pasarelas arriba y abajo, enfrascados en una conversación o en silencio, de dos en dos, como si el arca de Noé estuviera patrocinada por Vilebrequin. Y allí, sobre los hombros, con las mangas ondeando como la bufanda de un poeta parisino o anudadas sin apretar como un compromiso adolescente, descansa un jersey de cachemira, de lana o de ambas, colocado como si hubiera caído de una nube o de un Gulfstream que pasaba por allí. Es deliberadamente espontáneo. Un encogimiento de hombros en fibras naturales. Llevada exactamente como es debido, la prenda se convierte en símbolo de su propia inutilidad. La mejor forma de dejar claro que uno vive en un lugar demasiado agradable como para necesitar jerséis no es no llevar jersey, sino llevarlo solo un poco.

El icono de estilo Alain Delon con un jersey sobre los hombros

Style icon Alain Delon wearing a jumper on his shoulders is perfectly in keeping with his effortlessly cool Riviera aesthetic

Esta es, creo, una de las razones por las que el look de «jersey sobre los hombros» (JOS, por sus siglas en inglés) está viviendo su «momento», y uno que se percibe muy lejos de Cap Ferret o Sotogrande. Ahora es más habitual verlo que no verlo en los modelos de Drake’s, las sesiones de Ralph Lauren y los paneles de inspiración de Aimé Leon Dore, lo que significa que mañana llegará a Mango Man, Zara y a tu hermano pequeño. Es una piedra angular de la nueva ola del estilo preppy urbano, como las gorras de tenis con traje o las Olympus Mju a modo de collar. Transmite una indolencia continental, la despreocupación de quien viene de familia adinerada, un dolce far niente bañado por el sol; cualidades todas ellas que, como es bien sabido, no son fáciles de conseguir si eres un estresado director creativo de nivel intermedio en Battersea. Siempre cae de pie, como un gato de Loro Piana. Es el primo Greg de las últimas temporadas a bordo de un yate. Es aspiracional de una forma serena, relajada y casi arrogante, aunque detestaría esa palabra. Y es lo que es gracias a la combinación de más de un siglo de ansiedad por el estatus y una estudiada desenvoltura.

En la memoria cultural, todo comienza con Retorno a Brideshead, y con barcas de pértiga, jerséis de críquet, ositos de peluche y Pimm’s. En este contexto, el JOS resulta amanerado, afectado y displicente. Para algunos universitarios, es una prenda con un «estilo de vida» codificado; una señal de «soltería empedernida» y otras cosas. Pero para muchos no es más que un básico deportivo, propio de atletas, y sobre todo una muestra de privilegio adinerado y despreocupado. Desde ahí, la historia salta al otro lado del Atlántico (aunque sin adentrarse demasiado), hasta las universidades de la Ivy League de la Costa Este a finales de los años cincuenta y principios de los sesenta: la época que Take Ivy, el libro de sobremesa japonés omnipresente en los paneles de inspiración, inmortalizó en sus páginas. Poco después, el JOS se convierte en una seña de identidad habitual de los WASP, un emblema de la cultura preppy de rostros regordetes y mejillas sonrosadas, como los pantalones cortos de madrás o los bolsos de LL Bean: a ser posible, apolillados, heredados y antiquísimos. Instantes después, aparece también sobre los hombros de los neoyorquinos de nuevos ricos; en concreto, los discípulos del «la codicia es buena» de Wall Street, como versión de fin de semana de la camisa bicolor y los tirantes rojos. Luego, al acercarnos al fin de la historia en los años noventa y más allá, todo se vuelve condensado, metarreferencial e irónico: el JOS se convierte en un símbolo cambiante utilizado por J Press, Ralph Lauren, J Crew, Abercrombie, Tommy Hilfiger, Jack Wills, Hollister y tantos otros, una y otra vez, con distintos grados de referencialidad, falsa nostalgia y ansiedad de clase importada (Carlton Banks fue uno de los grandes responsables de afianzarlo así en el imaginario cultural).

Durante un tiempo, y hasta hace relativamente poco, esta manida asociación con lo pijo lo hacía manifiesta y célebremente poco cool: un primo desaliñado de los pantalones rojos, los cinturones gauchos y los anillos de sello (Urban Dictionary acuñó en 2010 el término «sweaterdouche» para describir este estilo). En muchos sentidos, el JOS era el pariente con mangas del chaleco sin mangas, y su rápida rehabilitación (¿recordáis cuando el mero intento de pronunciar la «g» suave de gilet bastaba para ser objeto de burla?) ha sido igual de extraordinaria.

Aleks Cvetkovic, escritor de moda y colaborador habitual de HTSI, percibe aquí una influencia nórdica: el aire depurado de la sobriedad sueca de mediados de siglo. «Las elegantes marcas escandinavas como Saman Amel, Rubato y Berg & Berg han apostado por esta tendencia, y yo las tomaría como magníficos ejemplos de cómo llevarla con estilo», afirma. «Suelen superponer los jerséis a otras prendas de punto ligeras o a conjuntos de sastrería desestructurada, en lugar de combinarlos con camisas holgadas o chaquetas tradicionales. Esto hace que el conjunto resulte contemporáneo y discreto, en vez de afectado».

Robert Redford, sin camisa, lleva un jersey sobre los hombros en el rodaje de The Way We Were, Los Ángeles, 1972

A shirtless Robert Redford sports the jumper over shoulders look on the set of The Way We Were, Los Angeles, 1972

Konrad Kay —cocreador de Industry, una serie que presta mucha atención a la ropa que llevan sus personajes, todos ellos banqueros, y a lo que esta significa— afirma que el renacimiento del jersey sobre los hombros se debe en parte a la popularidad actual de Aimé Leon Dore. «Te guste o no la marca, los catálogos de ALD ejercen una enorme influencia: el centro se encuentra con la zona alta». Según explica, la arrogancia del estilo original se ha visto atenuada por el carácter transgresor e igualitario de la moda urbana, fruto, por ejemplo, de los orígenes de ALD en Queens. «Ahora, cuando veo a alguien llevar deliberadamente un jersey sobre los hombros, pienso que es más una señal de que le interesa la #modamasculina que un indicador de clase social». Y, por encima de todo, añade: «Ahora me hace pensar en Tyler, the Creator».

Isaac Marley Morgan, director de arte de Drake’s, percibe una sensibilidad similar que mezcla lo refinado y lo popular, y añade que quizá el JOS pueda llevarse con desenfado precisamente porque, históricamente, está ya muy trillado. «Creo que llevo los trajes con cierta ironía», afirma. «Por ejemplo, con calcetines deportivos y mocasines, o con una gorra. Y creo que echarme un jersey sobre los hombros es una prolongación de eso. Para un chico de clase trabajadora de Ipswich, es una forma de darse aires de señorito». Finlay Renwick, editor de Drake’s, coincide en que el JOS genera sin duda menos ansiedad de clase que hace veinte años. «He visto a hombres de Nueva York, Londres, Venecia y la campiña inglesa reinterpretar el estilo cada uno a su manera. Las tendencias se han condensado», afirma. «Tu ropa no representa necesariamente quién eres en realidad».

«También hay cierta ironía en ello», continúa. «Puede que estés haciendo un guiño a la idea de vestir como en una foto de Slim Aarons». Ah, sí, Slim Aarons. ¿No estarán relacionadas de algún modo todas estas cosas? Durante buena parte de la segunda mitad del siglo XX, las fotografías de sociedad de Aarons no estuvieron especialmente de moda. De hecho, a menudo se consideraban —por su ostentosa exaltación de los ricos, sus luminosos colores primarios y su evidente falta de audacia o peligro— algo anticuadas, demasiado afines al establishment y, desde luego, carentes de la franqueza y la crudeza de los fotógrafos de reportaje o de moda. Una de las mejores operaciones de Getty Images fue comprarle a Aarons todo su archivo poco antes de que muriera en 2006. Dada la repentina popularidad de la que goza hoy, habrán recuperado su inversión miles de veces.

Ahora, esas mismas imágenes que parecían inocuas, escenificadas o demasiado simétricas resultan entrañables y nostálgicas, y evocan de forma conmovedora una época y un esplendor perdidos. Wes Anderson hace algo parecido en la pantalla. Ralph Lauren siempre ha mantenido asombrosamente vivo un mundo determinado. La supremacía de Loro Piana, impregnada de Succession, también está totalmente relacionada con ello.

Estas cosas, al igual que los jerséis sobre los hombros, nos permiten fantasear por un momento con que no vivimos en la época ni de la manera en que lo hacemos; con que no sufrimos ansiedad por el correo electrónico, tipos hipotecarios que se duplican ni carencias de vitamina D. Añoramos el esnobismo sin complicaciones del estilo preppy de los años ochenta o el desenfadado croquet de Brideshead. Es cosplay para el alma, sin (demasiado) riesgo de hacer el ridículo.

Renwick lo resume de una forma bastante gráfica. «A veces me atrae bastante la idea de interpretar el papel de un italiano sexy cuando estoy en Roma o Florencia», dice. «Tres botones desabrochados en la camisa de lino de Brunello, un jersey holgadamente echado sobre los hombros. ¿Por qué no?». Y luego añade: «Enseguida caigo en la cuenta de que, en realidad, no soy un italiano sexy. Soy de Sussex. A veces la vida es muy injusta».

Este artículo se publicó originalmente en el número de verano de 2023 de Gentleman’s Journal. Más información aquí…

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