Con optimismo
¿Cómo llegó un pequeño pub de Oxfordshire a convertirse en el que posiblemente sea el mejor (y el más frecuentado por famosos) del país?
- Texto de: Joseph Bullmore
Durante el Wilderness Festival del verano pasado, buscando refugio de la lluvia y de los exalumnos de Radley que estaban en el escenario de karaoke de hip-hop, unos amigos y yo nos dirigimos a un pub en Charlbury, el pueblo de al lado. No necesitábamos gran cosa. Solo un techo, unas cervezas y que no sonara «Mom’s Spaghetti». Nos habría bastado un Wetherspoons. O un Londis de tamaño mediano. Pero, en cuanto cruzamos el umbral de The Bull, fue como si hubiéramos muerto y entrado en un paraíso hecho a nuestra medida. O como si siguiéramos vivos y hubiéramos entrado en un pub bastante decente. Que, en realidad, viene a ser lo mismo cuando tienes los pies mojados y las velas te iluminan así desde detrás de las ventanas bajas. Nos tomamos un buen pastel de carne y una pinta de algo oscuro y de la zona. Empezamos a sentirnos normales. Echamos un vistazo a la clientela. Había un Clarkson junto a los braseros y una princesa en la barra. Una modelo de la alta sociedad charlaba con un ex primer ministro junto a las hogueras. Si no sabías gran cosa de The Bull, podías pensar que seguías alucinando. Si lo conocías, te limitabas a encogerte de hombros y decir que era sábado.
El pub, que reabrieron en julio de 2023 James Gummer y Phil Winser —la pareja detrás de The Pelican, en Notting Hill, Londres, y que se criaron cerca de Charlbury—, es un lugar de moda dentro de otro lugar de moda. Se ha granjeado una clientela fiel y selecta. A las celebridades del pueblo y a las celebridades de verdad se las trata por igual. No vienen para ver ni para dejarse ver, sino porque The Bull es un pub muy bueno. Es moderno, en el sentido de que sabe que, para sobrevivir, también tiene que ser un restaurante. (La comida es extraordinaria y tiene un precio razonable). Y también es tradicional, con sus antiguos suelos de losas de piedra, sus numerosos whippets, sus techos bajos y sus chimeneas encendidas, y una iluminación casi exclusivamente a base de velas. Todo parece muy sencillo: enormes costillares de ternera, Guinness en vasos sin adornos, pequeños taburetes alrededor de mesas de madera y un personal muy amable. Pero, casi con toda seguridad, conseguirlo es muy difícil. Podrían llamarlo The Swan, si no hubiera ya tantos por la zona: naturalidad en la superficie; bajo la línea de flotación, un intenso torbellino de actividad y energía.
Habría sido fácil equivocarse: caer, por un lado, en lo cursi y recargado o, por otro, en lo lustroso y ostentoso. Creo que el acierto aquí —y he reflexionado mucho sobre ello, sobre todo junto al fuego y, a menudo, con un rollo de salchicha— es que el equipo ha sabido llegar a la esencia misma de lo que debería ser un pub en 2024; de lo que es un pub hoy en día.
Cuando era pequeño, un pub era un sitio con máquinas tragaperras, patatas fritas con sabor a langostinos y Carling. Un par de ellos hacían hamburguesas aceptables. Había algunos agradables junto al mar. La mayoría tenía unos baños espantosos. Y, aun así, nos enorgullecíamos desmesuradamente de estas instituciones. (Irlanda, por cierto, siempre ha sabido hacer pubs de verdad excepcionalmente bien, y sigue haciéndolo). Tim Hayward sostiene, en su reseña de The Bull para el FT, que los pubs son nuestras brasseries y trattorias. Y lo cierto es que, visto así, durante muchísimo tiempo rara vez fueron buenos. Sin embargo, sus edificios, sus ideales democráticos, su legado como posadas del siglo XVIII y la calidez de aquellos establecimientos situados en las rutas de diligencias eran únicos y merecía la pena conservarlos. Lo que ha hecho The Bull, creo, es unir lo bueno de un pasado lejano con lo bueno de la actualidad. Ha llegado al tuétano de la cuestión y luego ha servido ese tuétano con col hispi.
Eso en cuanto a lo más reconfortante: tan suave y envolvente que uno podría recrearse en ello durante días. (Los puerros, aderezados con queso Lincolnshire Poacher, producen una sensación parecida). Ahora, los datos concretos. La mejor mesa, en mi opinión, está escondida en la esquina que queda justo a la izquierda al entrar: se disfruta del bullicio del pub con la misma excelente carta del restaurante. La mejor habitación es la número seis, que tiene un pequeño baño abuhardillado con una estufa de leña a los pies de la bañera exenta con borde redondeado. La mejor cerveza rubia es la Pilsner de Clifty’s. La mejor época para venir es a principios de diciembre (con un tiempo fresco y despejado, y una ruta circular excepcional por Cornbury Park) o en pleno verano inglés. El mejor pastel es el de ternera y Guinness. Y la mejor forma que se me ocurre de resumirlo todo, la verdad, es decir que The Bull es probablemente el mejor pub de todo el país en estos momentos.
Este artículo se publicó originalmente en nuestro número de primavera de 2024. Más información aquí.
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