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«Deja la pistola, llévate los cannoli»: las lecciones de vida que podemos aprender de El padrino

«Deja la pistola, llévate los cannoli»: las lecciones de vida que podemos aprender de El padrino

With the colder months drawing in, now's the time to set up camp in front of the TV. With this in mind, we look at one of cinema's finest works and examine what we can truly take away from the seminal masterpiece

Ve El padrino, la excelsa obra cinematográfica de Francis Ford Coppola, y disfrutarás de tres horas de las oscuras y clandestinas maquinaciones del submundo neoyorquino de posguerra; de los pausados movimientos de la mandíbula de bulldog de Don Vito Corleone; y del que está ampliamente considerado como el diálogo con más referencias y matices de los últimos cincuenta años de cine.

Hay frases memorables a espuertas y suficientes heridas de bala como para hacer que hasta el más ferviente defensor de la Segunda Enmienda se lo piense dos veces. Coppola —y su equipo— supieron elevar la novela homónima de Mario Puzo a cotas aún más altas gracias a la magia de la gran pantalla.

Sin embargo, pese a su ritmo pausado y magistral, su violencia implacable y su banda sonora teñida de nostalgia, para sus más fieles seguidores, El padrino es, en su esencia más pura, una reflexión filosófica, una historia sobre Estados Unidos —su política, sus complejidades, su proverbial sueño— y un crisol en el que se exploran temas de enorme calado, como la justicia, la traición, la lealtad, la familia y la tradición.

Sin embargo, dado que las manidas citas del guion —«Voy a hacerle una oferta que no podrá rechazar»— están omnipresentes y se repiten sin cesar, socavando así la autenticidad de sus mensajes más profundos, a menudo resulta difícil discernir el significado que Coppola quiso transmitir.

De hecho, con la recepción de la boda —la icónica escena inicial, entre cuyos momentos más destacados se cuentan Clemenza, el caporegime de los Corleone con forma de nevera, bebiéndose de un trago una jarra de vino tinto, bailando a su propio ritmo, con el pelo revuelto y el botón superior desabrochado; gabagool volando por los aires; y miles de dólares en billetes pequeños introducidos en el bolso de novia de seda—, quizá podríamos sostener que El padrino es una fuente de inspiración, por básica que sea, para entregarnos a los placeres desenfrenados y disolutos de la vida.

Tom Hagen, el abogado principal de la familia y su consigliere de confianza, es la diligencia y la lealtad personificadas; y aunque su consejo de que la familia se planteara entrar en el negocio de los estupefacientes —«[es] cosa del futuro»— se adentraba de lleno en la ilegalidad, sin duda demostró, cuando menos, las virtudes de planificar con antelación.

También estaban esas frases lapidarias que ahora se han convertido en clichés —«Un hombre que no pasa tiempo con su familia nunca puede ser un hombre de verdad»— y esas otras que conviene tomarse muy en serio: «No te olvides de los cannoli».

La búsqueda de Clemenza de dieciocho colchones limpios sin duda ensalzaba los beneficios de un buen descanso; Jack Woltz, el productor de cine que despertó y encontró la cabeza ensangrentada de Khartoum, su caballo de competición valorado en 600.000 dólares, quizá aluda a la idea de no hacer demasiada ostentación de las posesiones más preciadas; y el retroceso de la línea del cabello de Fredo es, con absoluta certeza, una alegoría de cómo el hombre siempre debe rendirse ante la naturaleza.

Y luego están las naranjas, la fruta cuya piel rugosa, surcada de protuberancias, encierra gajos dulces y jugosos; la fruta que se ha convertido en un símbolo popular de fertilidad, longevidad y luz solar.

Yet, throughout The Godfather, they pose as a signal of death. There are oranges that are stacked into a centrepiece during Woltz and Hagen’s business dinner, the evening prior to Khartoum’s ill-fate; there are oranges that are streaked across the street as Vito Corleone is gunned down at the market; and there are oranges that the don cuts up, seconds before his fatal heart attack. Was this Coppola’s message – that the fruits of your labour can be delightful and deadly in equal parts? Perhaps.

Pero probablemente baste con decir que la forma en que Coppola yuxtaponía hábilmente las escenas —pasando de una toma de una inquietante negociación en la trastienda a una inocente imagen de Michael, el personaje de Al Pacino, haciendo compras navideñas con su pareja de toda la vida, antes de fundirse con Luca Brasi, el sicario de Vito, calzando un 50 y enfundándose un chaleco antibalas— constituía el comentario definitivo sobre la vida y sobre cómo esta puede oscilar entre contrastes desagradables y hermosas contradicciones.

Al fin y al cabo, la vida es un mosaico: breves lecciones, sencillas y profundas, ensambladas unas veces a la perfección y otras de forma irregular en un todo único y complejo.

Si te atreves a leer detenidamente entre líneas, quizá ese fuera el mensaje definitivo de Coppola.

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